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Grey Arkhane

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Me gustan los lugares solitarios y tranquilos, los bosques de mi tierra, allí donde, rodeado de vida y niebla, yo soy sólo yo.
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<[-[ El Bastión de los Ahsuui ]-]>

Más allá de lo que podemos ver o imaginar,hay ojos y oidos pendientes de nuestros actos...
May 30

Lo que había perdido


 

"¿Dónde cojones la habré puesto...?" -el susurro irritado surgió de sus labios, mezclándose con la fallidamente silenciosa cacofonía de papeles revueltos, pisapapeles desplazados, cajones abiertos, cajones cerrados, cajones vueltos a abrir, llaves encajando en cerraduras y montones de documentos llevados suavemente de una silla a otra.

Las manos de Anselmo rebuscaron en viejas cajas y revolvieron papeles que levantaron una pequeña nube de polvo al ser sacados de su eterno descanso en lo alto de la gran estantería que ocupaba toda una pared del confortable despacho doméstico. La única luz de la estancia era la proveniente de la lámpara del escritorio. Sombras danzantes, como de burlescos diablillos hechos de oscuridad, se escabullían por rendijas y rincones, huyendo del débil pero persistente halo para ir a esconderse en los lugares más insospechados.

Anselmo no les prestaba atención. Eran las cuatro y diez de la madrugada cuando despertó alterado por un funesto presagio, de esos que uno sabe que no le dejarán pegar ojo hasta ser resueltos, urgiendo inmediatamente a la acción. En cualquier otro momento, compartiendo un café entre amigos en cualquier bar, quizá se le hubiera ocurrido compararlo con el ruido de un mosquito, capaz de generar la suficiente tensión en el candidato a durmiente como para hacerlo permanecer despierto hasta consumar su caza y captura. Pero en aquel momento, Anselmo sólo podía pensar en encontrar el objeto de su repentina obsesión nocturna.

Asaltado por las dudas, se había evadido del abrazo de su esposa y levantado de la cama en un prodigioso alarde de sigilo, había pasado por el servicio y por la cocina(visitas obligadas en toda expedición nocturna que se precie) y, dirigiendo una mirada entre pensativa y somnolienta a la noche de Madrid, se puso a cavilar sobre el paradero de tan valioso bien: ¿En la habitación? Sí, sería lo más probable, pero no quería despertar a Elvira...Miraría en el salón primero, en el despacho...no la habría guardado en la caja fuerte con los documentos del piso, ¿verdad?

Cuarenta minutos después, revisaba por segunda vez el escritorio y las estanterías del pequeño habitáculo, sintiéndose cada vez más frustrado con la situación. "Tiene que estar en la habitación, no puede ser de otra manera..." -asiendo el mango de la linterna como si fuera el pomo de una espada, Anselmo dirigió sus pies descalzos por el pasillo, de vuelta a la habitación.

Minimizando el ruido emitido por sus movimientos, miró primero en los cajones de la mesita de noche y en las estanterías, atento a posibles cambios en la respiración sosegada de su esposa, que aún dormía en la cama. Nada, allí tampoco...¿no la habría perdido? El repentino temor cruzó por su corazón como una descarga de alto voltaje, haciendo brotar gotitas de sudor frío en su piel, que se condensaron en una única porción de humedad que bajó reptando por su espina dorsal, provocándole un escalofrío. Olvidándose del sigilo, abrió las puertas del armario y empezó a apilar montones de ropa en un rincón.

"Cariño...¿qué haces? Son las cinco de la mañana..." -dijo una voz de mujer a su espalda, recién salida de verdes paisajes y recuerdos antiguos, balbuceando las palabras entre ronroneos somnolientos. En quince segundos, se convertirían en rugidos de ira.
"La busco..."
"¿El qué?" -diez.
"Mi alma. No sé donde la puse. La busqué por toda la casa y no está."
"Claro que no, amor... Te la pidieron prestada hace unos días..." -Anselmo detuvo el entrópico traslado de ropa. ¿Había oído bien?
"¿Prestada? ¿Quién?"
"Madrid. Se la llevó mientras estabas con el papeleo..."
"Oh, las cuentas de producción..."
"Esas."
"Cago en diez..."

A la mañana siguiente(apenas un par de horas y media después), Anselmo se despidió de Elvira con un beso, correspondido con un desganado golpe de almohada, y salió a la ciudad dispuesto a recuperar lo que había perdido.

Grey Arkhane
March 17

Time Stand Still...


  

"Morgoth salió, subiendo lentamente desde el trono profundo, y el sonido de sus pisadas era como un trueno bajo tierra. Y salió vestido con una armadura negra; y se erguía ante el Rey como una torre coronada de hierro y el vasto escudo, negro y sin blasón, arrojaba una sombra de nubes tormentosas. Pero Fingolfin brillaba debajo como una estrella; porque la cota de malla era de hilos de plata entretejidos, y en el escudo azul llevaba cristales incrustados; y desenvainó la espada, Ringil, que relució como el hielo." - El Silmarillion, J.R.R. Tolkien

"Tres veces cayó el Rey de rodillas y tres veces se volvió a levantar con el escudo roto y el yelmo mellado." - El Silmarillion, J.R.R. Tolkien
 



Light fails at dawn
The moon is gone
And deadly the night reigns

Deceit

Finally I've found myself
In these lands
Horror and madness I've seen here
For what I became a king of the lost?
Barren and lifeless the land lies

Lord of all Noldor
A star in the night
And a bearer of hope
He rides into his glorious battle alone
Farewell to the valiant warlord

The Fate of us all
Lies deep in the dark
When time stands still at the Iron Hill(2x)

I stand alone
Noone's by my side
"I'll dare you
Come out
You coward
Now it's me or you"

He gleams like a star
And the sound of his horn's
Like a raging storm
Proudly the high lord
Challenges the doom
Lord of slaves he cries

Slowly in fear
The dark lord appears
"Welcome to my lands"
"You shall be damned"

Lord of all Noldor
A star in the night
And a bearer of hope
He rides into his glorious battle alone
Farewell to the valiant warlord

The Fate of us all
Lies deep in the dark
When time stands still at the Iron Hill
(2x)

The iron crowned
Is getting closer
Swings his hammer
Down on him
Like a thunderstorm
He's crushing
Down the Noldor's
Proudest king

"Under my foot
So hopeless it seems
You've troubled my day
Now feel the pain"

Lord of all Noldor
A star in the night
And a bearer of hope
He rides into his glorious battle alone
Farewell to the valiant warlord

The Fate of us all
Lies deep in the dark
When time stands still at the Iron Hill(2x)

The Elvenking's broken
He stumbles and falls
The most proud and most valiant
His spirit survives
Praise our king
Praise our king
Praise our king
Praise our king


Con cada amanecer, todo ser humano se enfrenta a sus propios miedos, oscuros y terribles. Y así, día tras día, cada uno de nosotros toma la misma decisión: Sucumbir al oscuro manto de la desesperación, o convertirse en la diminuta luz que le plante cara.

¿Qué has elegido tú hoy?

Grey Arkhane


March 07

La Espada y la Piedra

 

 

El hombre llamó a su hijo mayor,
mientras el hermano pequeño y la madre de ambos partían por el estrecho camino hacia el pueblo cercano. El sol comenzaba a descender con resplandor de oro viejo, arrojando sus rayos sobre la superficie del viejo lago enclavado entre montes cubiertos de pinos. Una suave brisa primaveral hacía ondular la superficie del agua, agitando las ramas de las coníferas en un sordo rumor.

Lannach, apenas un rapaz de dieciséis años, de ojos claros y cabello oscuro, se acercó a su padre con porte serio, abandonando las tareas de cepillar y ensillar al inquieto caballo negro que habría de llevarle al día siguiente al mismísimo palacio del Señor de Ardin. Un pequeño hato descansaba a pocos pasos del animal, el humilde equipaje que el chico había decidido llevar consigo.

Los ojos moteados de verde permanecieron tranquilos, mientras un reflejo treinta años más viejo de si mismos los evaluaban desde aquel rostro sereno, curtido con las marcas de una vida larga y ardua. Una sonrisa brilló en ellos, aunque los labios del hombre apenas se movieron.

“Estoy orgulloso de ti”, dijo Adfayrn. El chico sonrió abiertamente, sin reparar en el apenas perceptible matiz de tristeza que tintaba la voz de su padre.

Hacía unos días, Lannach había escuchado gritos mientras deambulaba por el bosque cercano. Cuando se acercó al lugar del que provenían se encontró con una joven dama, un par de años más pequeña que él, que sollozaba en el recodo de una senda mientras se aferraba la pierna con ambas manos. Cuando se dejó ver, apareciendo entre los arbustos, el rostro de la chica se iluminó como si se hubiera encontrado con un ángel guardián. Entre hipidos le explicó lo que había ocurrido: se llamaba Elaide y era la hija de Derrin, Señor de Ardin. Su caballo la había arrastrado consigo y finalmente tirado al suelo en un arrebato de locura mientras paseaba por las tierras de su padre. Había perdido a su escolta, la caótica carrera la había desorientado y al caer se había torcido el tobillo, impidiéndole andar. Sin pensárselo dos veces, el chico la subió a la espalda y caminó hacia el lugar habitado más próximo que recordaba, una pequeña aldea cercana. Para cuando llegaron, toda la zona estaba llena de ajetreados hombres de armas, quienes los llevaron a presencia del intranquilo padre de la muchacha.

Unas horas más tarde, Lannach llegaba a su hogar con un caballo negro, regalo de Elaide, y una carta escrita del puño y letra de Derrin de Ardin, nombrándole primer escudero de su primogénito Drallan. La noticia fue acogida con una mezcla de sorpresa, orgullo y temor, pero nada se discutió al respecto: era una decisión irrevocable. Y no sólo por parte de Lord Derrin: en la mirada de Lannach se podía entrever ese brillo cauto de quién se sabe a punto de emprender grandes tareas.

“Ven, siéntate a mi lado”, añadió Adfayrn, dejándole sitio en el viejo banco de madera que él mismo había fabricado hace tiempo. Desde allí se contemplaba todo el lago, rodeado de montañas, así como las aldeas cercanas y el sendero que venía desde una de ellas a morir a la humilde casa del guardabosques. “Mañana será el primer día de una vida nueva para ti, Lannach. Te enfrentarás a muchas cosas nuevas y sorprendentes, algunas maravillosas, otras terribles...” Adfayrn hizo una pausa y miró a su hijo. “Pasará mucho tiempo antes de que vuelvas, si alguna vez llegas a hacerlo...pero me gustaría que te llevases algo de este lugar, algo que siempre te recuerde al hogar en el que naciste.”
“¿Qué, padre?”
“Una historia...”


 
 

El grupo de jóvenes escuderos se escabulló por las callejuelas vacías de Kaer Luthein. Las cuatro figuras embozadas en capas se apresuraron de portal en portal, aprovechando los recodos y nichos envueltos en sombras para esconderse de las patrullas de la milicia que rondaban la vieja ciudad.

“¡Vamos, Athrwys!”, apremió entre susurros una de las figuras a la última de ellas, algo retrasada con respecto a sus compañeros. Cuando llegó a su altura, una disculpa salió de las profundidades de la capucha de tela, bajo la cual se dejó entrever el rostro de rasgos aniñados, pelo pajizo y profundos ojos azules del más joven de los escuderos.

Dagonet, el instigador de aquella aventura nocturna, le dedicó una sonrisa, a medias tranquilizadora y a medias feroz, propia de su carácter despreocupado hasta el extremo de la insensatez pero en el fondo amable. “Ya queda poco”, dijo, “la plaza se encuentra a un par de manzanas.”

El prudente Bedwyr y el cuarto escudero cruzaron sendas miradas sombrías. Se habían escapado del barracón donde habían alojado a la servidumbre que acompañaba a los participantes del prestigioso torneo de Luthein, celebración que desde hacía años se llevaba a cabo con motivo del Caregan Swyn, el Ritual de la Piedra, al que acudían numerosos caballeros y nobles de todos los feudos cercanos. Si les cogían fuera de las dependencias que tenían asignadas, el castigo sería terrible. Dagonet, con un largo historial de peripecias similares, lo sabía bien, y sin embargo parecía ser al que menos le aterraba tal posibilidad.

Tras esquivar a un par de grupos más de guardias, los cuatro escuderos llegaron a su destino. El cielo nocturno estaba despejado y plagado de estrellas, pero la luna nueva les proporcionaba una cobertura idónea. La plaza era amplia, como si la aglomeración de casas que constituía la ciudad hubiera decidido respetarla por alguna razón desconocida. En el ambiente se respiraba una sensación de quietud impropia de la urbe que los rodeaba, como si en el corazón de aquella encrucijada habitase el recuerdo imperecedero del profundo bosque que una vez cubrió aquel lugar, custodiado por los pocos y ancianos árboles que todavía crecían en el jardín de su centro. Entre ellos aún se conservaban las gastadas ruinas de un olvidado templo, los restos de columnas y altares desperdigados entre los setos, cubiertos de hiedra y enredaderas. La neblina nocturna flotaba a su alrededor, acabando de perfilar la atmósfera mágica que parecía impregnar en todo momento la vieja plaza.

Los cuatro adolescentes se contagiaron del silencio reinante, y con expresiones de muda expectación en sus rostros contemplaron su objetivo. En mitad de los árboles y las viejas ruinas, alzándose entre jirones de niebla, se encontraba la roca del Caregan Swyn, un oscuro bloque irregular de poco más de metro y medio de altura. Y clavada en él, destellante aún en la noche oscura, rodeada de un halo propio, se encontraba la Espada.

Según la tradición, el misterioso druida Myrllin Emrys, principal consejero del antiguo Rey Uthyr, el Monarca Dragón, había clavado la espada del rey en aquella roca a su muerte, profetizando el fin de los largos conflictos fratricidas que asolarían el Reino durante los siguientes años con el momento en el que el heredero legítimo del trono lograse desenfundarla de nuevo. Desde aquel día, todos los nobles de la región, e incluso otros llegados de tierras lejanas, trataron de hacerse con ella. No obstante, el arma se había aferrado tercamente a la roca durante años, sin que ninguno de los que intentaron extraerla lograse explicar cómo.

Con el paso de los años, aquella costumbre se había convertido en una festividad anual, en la que numerosos caballeros se enfrentaban a la espada en la piedra en una ceremonia vigilada por los sacerdotes de la ciudad, y participaban en torneos y banquetes organizados para distender la frustración de aquellos eternos aspirantes. Los cuatro escuderos se habían conocido en uno de aquellos banquetes, y rápidamente habían hecho buenas migas. La noche anterior, Dagonet les había revelado su plan: “La noche antes de partir hacia Kaer Luthein, una visión del futuro se me reveló mientras dormía. Contemplé al Viejo Reino unificado de nuevo, gobernado por un rey sabio y poderoso, tan brillante como el legendario Uthyr. En el sueño, una voz me decía: Dagonet, tú habrás de propiciar la llegada de esta nueva era de paz...en tus manos reside la responsabilidad de que la Espada sea blandida de nuevo. Entonces supe que debía intentarlo...debía tratar de tomar la espada de la piedra. Pero ni los sacerdotes ni Sir Cryowan me permitirán jamás acercarme a ella...así que tendré que intentarlo cuando nadie pueda impedirlo.” 

La seriedad y la convicción con la que Dagonet pronunció aquellas palabras, tan impropias de su carácter normalmente juerguista y disperso, encendió un fuego en el corazón de sus tres compañeros, que prometieron acompañarle a pesar del evidente riesgo. Ahora, los cuatro se encontraban frente al objetivo de su alocada empresa.

Como sombras, se deslizaron hacia el centro de la plaza, traspasando las gruesas cadenas que cercaban el pequeño jardín y acercándose al centro de las ruinas, con todos sus sentidos alerta para detectar la menor presencia de posibles guardias.

“Una noche agradable para pasear, ¿no es cierto?” La voz les hizo pegar un brinco. Bedwyr dejó escapar un corto grito de terror. Un anciano de largos cabellos, envuelto en una túnica grisácea, se había materializado a su espalda de forma repentina, surgiendo desde detrás de una vieja encina. Dagonet soltó una maldición. Los cuatro zagales intentaron escabullirse a la carrera, pero de algún modo el anciano los agarró a todos, sentándolos bruscamente en el césped húmedo. Aterrados, se encontraron frente a frente con los rasgos severos del anciano.
“¿Pero por qué precisamente por aquí, digo yo, eh...?” Ninguno de ellos logró articular palabra. Todos miraban boquiabiertos a la terrible figura que, apoyada en su bastón, les taladraba con una escrutadora mirada. “Vamos, responded, alguno...¡tú, por ejemplo!”, dijo, señalando al inquieto Bedwyr.
“Yo...esto...nosotros...” miró alternativamente a un lado y a otro, como queriendo escapar de los terribles ojos del anciano.
“Los dioses nos han encomendado la tarea de tomar la Espada de la piedra, y restituir la gloria del Reino.” Todos miraron a Athrwys. Una expresión decidida se reflejaba en el rostro del discreto escudero a la escasa luz del lugar. Con aquellas palabras, su voz transmitió la fe en la nobleza de la misión en la que se habían embarcado que aquellos cuatro chicos albergaban en sus corazones, de manera sencilla y orgullosa, como retando a aquel anciano a ponerla en duda.

Durante un largo instante, las miradas del viejo y del delgado joven se enfrentaron. Los otros tres podían sentir la magnitud del silencioso duelo tras aquellas miradas, del juicio que tenía lugar en la mente del anciano sobre la sinceridad de aquellas palabras y sobre qué debería hacer con ellos a continuación...

Algo apenas perceptible cambió en el rostro del anciano tras ese momento, y su mueca de enfado se transformó en un gesto de introspección, de reflexión. Uno a uno, volvió a mirar a los cuatro escuderos. Todos sin excepción sintieron como sus almas quedaban expuestas ante aquellos ojos grises y antiguos, cargados de una sabiduría insondable como un pozo profundo.
“Ya veo...”, susurró pensativo, “en tal caso, adelante, futuros sires... si tal es vuestro derecho, reclamad el destino que os corresponde.”

Con un gesto de la mano, se apartó a un lado, dejando el camino libre frente a ellos hasta el arma que yacía encerrada en la roca. Los cuatro se levantaron, aún indecisos sobre las intenciones de aquel extraño personaje, y poco a poco se acercaron al objeto. Dagonet fue el primero en acercar sus manos a la espada. Sus dedos temblaban al acercarse. Rodeó la empuñadura de la misma, y apoyó firmemente los pies, tomando aire.

Cuando se impulsó hacia arriba, su cuerpo se dobló en un quiebro extraño. La espada no se movió un ápice, pese al tremendo tirón. Dagonet lo intentó otro par de ocasiones, hasta caer abrazado a la piedra, ahogando un sollozo. Una mano se posó en su hombro, y al girarse pudo ver a Bedwyr a su lado.
“Todo era un sueño, nada más que un sueño...”
“Aún no lo sabes, Dagonet... nos has traído contigo, quizá tu visión aún tenga sentido, y tu presencia un propósito...” Bedwyr sonrió a su amigo, y miró hacia las otras tres figuras que los rodeaban.

“Inténtalo tú, Adfayrn...”, dijo, dirigiéndose a una de ellas.

El joven Adfayrn se sacudió las manos, y se acercó al arma. Vista de cerca, hacía justicia a su leyenda: Era un arma sólida y recia, cuya hoja, de una palma de grosor, brillaba plateada a la luz de las estrellas, resaltando el intrincado grabado de su filo: “Scalyburn”. Una fuerza invisible hizo que se le pusieran los pelos de punta cuando las yemas de sus dedos rozaron el cuero de la empuñadura, como si la propia espada tuviese voluntad propia y estuviera midiendo la de aquel que se atrevía a posar sus manos en ella. Adfayrn sintió un tirón en su mente cuando cerró sus manos alrededor del mango, una garra invisible aferrando su espíritu, estudiándolo, valorándolo... Durante una fracción de segundo, sintió miedo. Luego, simplemente dejó que aquella fuerza observara libremente lo que había en su interior: La vida de un simple chico de las montañas, sencillo, honrado y laborioso, sin nada que esconder o rehuir.

Al instante siguiente el arma se hizo más liviana, y Adfayrn tuvo la terrible certeza de que la roca la había liberado.

Su mente se proyectó repentinamente hacia el futuro, hacia lo que ocurriría si extraía aquel arma de su lecho de piedra. Contempló todo el poder y la gloria de un reino brillante y majestuoso, ganados en el clamor de la batalla, con el favor de los dioses y de los hados. Vio al Reino unido bajo una sola corte, bajo un único estandarte, bajo la tutela de un único rey, tan grande como lo había sido el legendario Uthyr. La figura de aquel monarca, noble e imponente, vestida en blanco y oro, se giró hacia él, mostrándole sus propios rasgos en un futuro al alcance de su mano. Las manos enfundadas en guanteletes dorados le ofrecieron el arma que ahora empuñaba en las suyas propias. “Tómala”, dijo una voz muy parecida a la suya en su mente, “tómala y cumple con tu destino”.

El joven escudero contempló la espada que le ofrecían, y luego el rostro de aquella versión futura de si mismo. Y, de repente, supo que no era aquel el futuro que deseaba. De su corazón desapareció un peso en el que hasta ahora no había reparado, y se dirigió a si mismo una sonrisa sincera.

Las manos de Adfayrn se separaron de la espada, abandonándola en su pétrea prisión.
“No...no puedo...”, dijo, volviéndose a sus compañeros y a aquel misterioso anciano, que parecía sonreírle de manera cómplice y un tanto extrañada, como si averiguase lo que en realidad había ocurrido y respetase su decisión, sin ser capaz de entenderla completamente.

El siguiente en intentarlo fue Athrwys. Y lo que ocurrió a continuación se convirtió en la mayor leyenda del Reino...


 

 

“¡P...Pero...! ¿El Adfayrn de tu relato...?” El hombre sonrió ante el estupor de su hijo.
“Si, fui yo...”
“¿Y Athrwys...?¿Fue...?¿Tú...?”
“Aquel joven escudero se convirtió en Athrwys el León, el reconocido heredero de Uthyr, aquel que blandiendo su espada Scalyburn unificó el Reino bajo la corte de Camloth, acabando con largos años de guerras entre casas nobles y pequeños feudos. Dagonet finalmente tuvo razón, llevando a aquel muchacho a su destino... Yo serví a su lado durante los años que siguieron a aquella noche, fui nombrado caballero y combatí en muchas de las batallas que Athrwys hubo de librar para traer la paz al Reino. Y cuando llegó el momento, cuando otros más entregados, más valientes y brillantes que yo estuvieron allí para apoyar al nuevo rey, me retiré a Ardin, donde conocí a tu madre...”
“...”

Lannach se sumió en sus propios pensamientos, contemplando cómo el sol poniente bañaba en cálidas llamas el horizonte. A su lado, Adfayrn cerró los ojos para sentir la última brisa del día sobre su rostro. A lo lejos, las siluetas de su esposa y su otro hijo se acercaban por el camino, de vuelta a casa, acompañados por un pequeño grupo de personas. Aquella noche celebrarían con un pequeño banquete la partida de Lannach, una última despedida por parte de aquellos a quienes dejaría atrás a la mañana siguiente...

“Padre...”
“Dime”
“Tú pudiste... pudiste haber gobernado el Reino.” Lannach le miró a los ojos. Adfayrn esperó en silencio a que su hijo formulase la pregunta. “¿Por qué no tomaste la Espada?”
El hombre se tomó un momento para meditar su respuesta. Desde el camino, su esposa les vio y les saludó con la mano. La alegre risa del hermano de Lannach podía oírse desde allí. Adfayrn sonrió y devolvió el saludo a los recién llegados, antes de volverse hacia su hijo y abarcar con un gesto la pequeña cabaña al pie del lago bajo el ocaso.

“Lannach... No quiero ni necesito más Camloth que aquel sobre el que ya gobierno...”

Grey Arkhane

January 01

Sobrevivir al fin del mundo


[Stream of Consciousness]

Athan se limpió la frente cubierta de ceniza con un gesto de la mano enguantada, contemplando el desolador paisaje que se extendía ante él. La tímida luz del sol se colaba pálida por entre la perenne capa de deshilachadas nubes grises que a jirones colmaban el cielo y parte de la tierra, como una omnipresente niebla musgosa y enfermiza. Hacía frío, pero el joven de ropas grises ya estaba acostumbrado: Últimamente todos los días eran así, iluminados por aquel sol helado y enmascarado, cuyos rayos no dejaban calidez alguna en la piel de su rostro al deslizarse perezosos por ella.

Bajo aquel desapacible clima se extendía lo que había sido la ciudad de Matteram, uno de los pocos centros urbanos de gran tamaño del país y capital del mismo. Hasta hace dos semanas, cerca de cinco millones de personas habitaban sus atestadas calles, llenando de frenética vida sus rascacielos, sus monumentales plazas y sus amplias avenidas. Incluso desde la distancia, Matteram rugía como una bestia mecánica con el rumor de miles de coches que circulaban como sangre por sus arterias, envuelta en el hálito pardo de su nocivo aliento.

Ahora, por lo que Athan sabía, no debían de quedar más de mil almas en toda la ciudad, y los dioses sabrían cuántas de ellas seguirían pudiendo considerarse humanas... Desde donde se encontraba, sólo las nubes bajas e insanas rodeaban la metrópoli, secundadas por un silencio sepulcral. El joven de la capucha gris alejó los funestos presagios de su cabeza murmurando una breve plegaria, se ajustó las gruesas gafas, recogió el bastón de avellano y prosiguió su camino por la abandonada autopista.

Habían pasado catorce días desde el Suceso.

*****

Todo fue peor en las grandes ciudades, donde ya antes, bajo el sordo murmullo del discurrir constante de la gran maquinaria colectiva que formaba la sociedad urbana, podía respirarse el sutil aroma del odio, emergiendo a la superficie en pequeñas volutas de violencia, de barbarie, a veces tan claras (“joven muere asesinada por su pareja”, “detenidos cuatro adolescentes en relación con el homicidio de varios sin techo”...¿cuántas veces se habían visto titulares como aquellos?) y en otras ocasiones más sutiles (esas veladas ruindades que siempre supe encontrar en los ojos de los que me rodeaban, y que traicionaban la corrupción bajo sus brillantes fachadas). Todos esos pequeños indicios deberían habernos avisado, deberían habernos hecho ver... pero como de costumbre estuvimos ciegos, y quienes debieron ser nuestros ojos se habían ido convirtiendo, con el paso de los siglos, en la peor de las vendas que nos impedían mirar.

Y entonces, ocurrió. El Suceso, se lo llamó, como si darle un nombre más claro le diera aún más poder, lo hiciera aún más terrible...como si hubiéramos podido eludir las consecuencias de lo sucedido evitando recordarlo o hablar de ello...pero ocurrió, y lo ocurrido vino a cambiar nuestra visión de todas las cosas, desde las más pequeñas en nuestro entorno inmediato a las más grandes, como nuestra historia, nuestro concepto del progreso y los pilares en los que habíamos decidido construir nuestra sociedad.

El Suceso vino a despojarnos de cualquier venda, y con los ojos claros colocó un espejo ante cada uno de nosotros, obligándonos a mirar.

Pocos pudieron soportar lo que vieron.

*****

El mundo se había derrumbado. La civilización había sucumbido de un solo golpe bajo el peso de lo que se había negado a querer ver desde hacía siglos. Pero las ciudades habían permanecido intactas, como cuidadas necrópolis, testigos mudos de una gloria ya extinta.

Athan penetró en las calles de Matteram, sigiloso y atento. Ignoró la destrucción evidente a su alrededor, así como la multitud de cadáveres que yacían desperdigados por los rincones. En su largo viaje había tenido tiempo para acostumbrarse a aquel dantesco espectáculo. Hace un año hubiera paseado despreocupadamente por aquellas plazas que ahora evitaba, refugiándose en soportales y callejones, estudiando atentamente cada lugar antes de decidirse a transitar por él. Inconscientemente, jugueteaba con el silbato que llevaba colgado al cuello. Experiencias recientes le habían enseñado que las jaurías de perros callejeros podían llegar a ser muy peligrosas, y aquel silbato de ultrasonidos resultó útil en más de una ocasión.

Conocía bien aquella zona, había vivido en ella unos cuantos años. Recordando lo que sabía del lugar, evitó los centros comerciales. Había cosas peores que perros merodeando, y no eran tan sencillas de ahuyentar. Ni siquiera se molestó en regresar a su vieja residencia. Era un lugar conocido, un refugio seguro...en otro tiempo. Las Universidades habían sido en todos lados el foco de auténticos baños de sangre tras el Suceso, y Athan sabía que no encontraría descanso en su viejo cuarto.

Golpeteó suavemente el aparato de radio que colgaba de su cinturón y se puso uno de los auriculares. Las frecuencias de radio se habían convertido en el bote salvavidas de los supervivientes, la manera de encontrarse unos a otros, perdidos en aquella gran isla desierta en la que se había convertido el mundo de la noche a la mañana.

Captó una frecuencia débil, un estertor inconexo en un mar de estática. Siguió moviéndose, tan atento a la señal como a lo que le rodeaba, siempre en busca de esos sutiles signos que delatasen la presencia de alguna amenaza.

<<khzgghh...Ars Mobilzhxjj Lupus Sanctzzzkhhh...Akjhhhbile Lupzzzhh...>>

“Ars Mobile Lupus Sanctum”

Era un lugar. Deducir cuál no le llevó demasiado tiempo, tras consultar sus mapas y descartar un par de opciones fruto de las referencias cruzadas. Se dirigió hacia allí, paseando en silencio por las calles impregnadas del olor de la muerte.

*****

El Suceso...Nadie sabe en qué consistió realmente. No hubo un gran destello, ni una lluvia de fuego y sangre, ni el sonido de trompetas celestiales.

Simplemente, despertamos. Nos dimos cuenta de todo en lo que nos habíamos equivocado, como individuos y como sociedad. Del poco bien que habíamos obrado. Y de todo el mal que habíamos causado.

Todo el mundo (¡hasta el último de nosotros!) supo de repente lo que éramos, lo que podríamos haber sido y en qué nos habíamos convertido en lugar de ello.

Hubo gritos de rabia por todo el planeta, que ahogaron cualquier otro sonido durante largas horas, en las que todo el mundo se convirtió en una marea de emociones desatadas, descarnadas, que engulleron como una gran ola  las mentes, los corazones y las almas de toda la humanidad.

Yo también grité. Y lloré. Y miré con ojos vacíos el mundo mientras trataba de asimilar todo lo que entonces supe, tratando de encontrar una razón, una justificación, un sentido...pero no lo encontré. No lo había. Simplemente había ocurrido. Las reglas habían cambiado, pero yo seguía en el juego. Podía quedarme allí encogido, esperando a que el mundo volviese a ser algo conocido, a que algo me despertase de aquella aterradora pesadilla, o levantarme y aprender a vivir de nuevo...

Transcurrieron largas horas antes de que pudiese reducir todo lo que azotaba mi mente a esa simple elección, largas horas navegando entre la razón y la locura. Sin embargo, una vez fui capaz de plantearla, la elección fue sencilla de tomar, pues ya me había enfrentado a ella hace años.

Lo primero que vi al salir de mi cuarto fue a mi padre, sentado en el suelo de la cocina, con el cadáver de mi madre entre los brazos. La sangre formaba un charco a su alrededor mientras murmuraba entre sollozos algo acerca de mentiras y vidas que no nos pertenecían. Sus últimas palabras me resultaron ininteligibles, y sólo recuerdo el desconsuelo aterrador y enloquecido que encontré en su mirada cuando con un cuchillo se rebanó su propio cuello. Horrorizado, salí a la calle, y contemplé el fin del mundo.

Sin saber muy bien cómo, sobreviví a las primeras horas. Y a los primeros días. Aprendí a contemplar el mundo de nuevo, bajo las nuevas circunstancias que lo regían, pero hubo una verdad que adquirió un terrible peso en mis futuras acciones:

El Suceso nos había transformado a todos. Pero no de la misma manera.

*****

El viejo teatro de la calle San Francisco había sido un edificio elegante en uno de los barrios céntricos de Matteram, un recuerdo de la época floreciente del cine. Athan cruzó la fastuosa entrada del edificio hasta el vestíbulo principal, asegurando la zona con un rápido vistazo. El lugar estaba vacío. Totalmente vacío. No había ni un solo cadáver, ni restos de violencia. Alguien se había encargado de retirar los cuerpos de las víctimas.

El muchacho sonrió. Había conocido sitios como aquel en su ciudad natal, puntos de encuentro para los refugiados, donde los supervivientes eran recogidos por miembros de ciertos grupos que se habían formado a raíz del Suceso, y que trataban de encontrar una manera de sobrevivir al caos reinante, de buscar un modo de adaptarse a las circunstancias, de vivir bajo los nuevos tiempos que el cambio había traído a la fuerza.

Athan se adentró en el edificio, cruzando el hall y dirigiéndose a la sala principal. Lo recibió una penumbra densa, débilmente iluminada por unas pocas luces de emergencia. Cuando sus ojos se adaptaron a la escasa luz, pudo ver que estaba tan vacía como el resto del edificio. Avanzó entre las filas de asientos hacia el escenario, extrañado de no encontrar a nadie. ¿Sería este el punto de reunión adecuado? Quizá hubiera algún mensaje en el escenario, o en la sala del proyector...

Un repentino chasquido sacó a Athan de sus pensamientos, obligándole a mirar hacia el escenario.

Un cadáver colgaba de una soga, balanceándose obscenamente delante de la pantalla. El joven se dio cuenta con horror de la macabra sonrisa que había sido forzada en el rostro del muerto. Un siseo animal se escuchó en las sombras a su alrededor, y Athan comprendió que había caído en una trampa.

El resplandor de la bengala que encendió iluminó a una veintena de siluetas humanoides, de rasgos contraídos y ojos vidriosos, que detuvieron bruscamente su avance, cegadas de manera repentina por la intensa luz. El muchacho aprovechó entonces para lanzarse hacia la puerta de incendios, huyendo a la carrera por las calles de Matteram.

*****

¡No! ¡No puedo dejar que me atrapen, todo depende de...!

Tras él, la calle se llenó de gritos salvajes, llenos de furia, en los que se mezclaban reminiscencias de voces humanas con alaridos propios de bestias. El joven corrió hacia un parque cercano. Allí podría despistarlos, tratar de confundirlos entre la maleza y los árboles, quizá encontrar un refugio...con algo de suerte, podría perderlos.

Algo golpeó el suelo junto a él, pero Athan no se volvió a mirar qué le habían arrojado, traspasando a la carrera la alta verja negra del olvidado parque. Los pensamientos golpeaban inconexos su mente, recordándole todo lo que estaba en juego.

El Suceso trajo un nuevo orden, la forma de concebir el mundo que teníamos hasta entonces se volvió inútil, errónea...porque ahora sabemos algo más, algo que trastoca todos los esquemas que conocíamos...

Una mirada fugaz le reveló que apenas cinco de aquellos seres le seguían por la amplia avenida de entrada al parque. Apenas cinco, pero le ganaban terreno. En un rápido quiebro, se adentró entre los árboles sin reducir la velocidad.

Son necesarias ideas nuevas, conocimientos nuevos...¡Es imprescindible abandonar lo que ya no sirve, aprender a vivir según lo que ahora nos rodea! ¿Por qué? Nadie comprendió el Suceso, por qué razón vino a cambiar nuestras vidas...pero ocurrió...¿Por qué no pudisteis aceptarlo?

Athan escuchó un grito tras de sí, casi a su lado. Se detuvo en seco y barrió el aire con su bastón. El ser emitió un gruñido al caer derribado. Sus ojos se encontraron con los de Athan. Era una mujer, de unos treinta años y cabello castaño rojizo. Le miró con odio, dejando escapar un siseo de ira entre sus labios. Un resplandor intenso nubló de repente sus ojos, y Athan sintió el violento impacto a centímetros de su rostro cuando su voluntad se condensó para defenderlo del agresivo ataque, haciendo rielar el aire con un destello dorado. Asustado, la noqueó con el bastón y siguió huyendo, escabulléndose entre la vegetación.

Pretendeis...seguir igual, aferraros a las viejas reglas de nuestro mundo...¿No os dais cuenta de que no sobreviviremos así, de que ya no se puede volver atrás, de que repetir los mismos errores ahora sólo nos conduciría a la extinción...?

Los sonidos de la persecución habían cesado, pero Athan siguió corriendo. Se detuvo durante unos instantes, recuperando el aliento en el nicho de un viejo palacete de música. Nada se oía, pero el joven sabía que aquellas criaturas estaban al tanto de su presencia. Lo mejor sería encontrar un lugar donde esconderse hasta que todo se hubiera calmado...

La vieja capilla...no está lejos, y puede que sea un buen lugar...

Athan salió a toda prisa por otra de las entradas del parque, en dirección hacia la antigua iglesia, mientras su mente aún pensaba en el reciente encuentro.

¿A qué nos conducirá esto? Vosotros no sobreviviréis sin nosotros...

Su sombra se alargó bajo sus pies, súbitamente rodeada por una potente aura anaranjada. El inhumano rugido, como un temblor surgido de las entrañas de la tierra, le hizo estremecerse, y antes de volverse supo que la persecución había concluido... El aire rieló en torno a su cuerpo con tenues destellos dorados, reaccionando a la intensidad del odio que surgía de aquel ser. Athan lo miró por un instante, directamente a aquellos ojos que en otro tiempo habían sido humanos.

El aire estalló en furiosas llamas a su alrededor, venciendo con violencia su protección y calcinando su cuerpo, mientras en sus ojos pudo leerse un último pensamiento:

...ni nosotros contra vosotros...

Grey Arkhane

December 10

...y no la guerra


[Bocanegra]

Los primeros rayos de sol surgieron de entre las nubes, tiñendo de oro pálido la escena que acontecía en la llanura.

Al pie de las colinas que bordeaban la entrada al valle de Aibhn Làidir, único paso hacia las montañas de Àrd Adhar, al otro lado de las cuales se hallaban las tierras de Saorsbenn, se congregaban miles de hombres. Armados con hachas y espadas, con tachonados escudos de madera de roble y cortas lanzas de avellano, los cuadros y las rayas de sus pantalones, camisas y capas formaban un colorido mar en el que se respiraba la tensión de lo ineludible. El nerviosismo podía palparse en las respiraciones agitadas, que enviaban nubes de vapor a la fresca mañana bajo los protectores de los sencillos cascos, y en el sudor que bañaba los torsos tatuados con espiralados motivos azules de quienes habían elegido ir a la batalla sin más armadura que su propio coraje.

El pueblo libre de Saorsbenn, la gente de los clanes de las Marcas Altas, había decidido plantar cara a la violenta ola de sangre y fuego que avanzaba desde el sur. Los bardos y los escaldos cantaban canciones tradicionales de guerra, aunando sus enardecidas voces al retumbar de las gaitas y los tambores, que parecían vibrar con el poder mismo de aquellas tierras cuyos habitantes habían morado desde el principio de los tiempos, y que ahora veían en peligro ante el terrible poder de sus enemigos. "Saorsbenn no se rendirá, Saorsbenn no caerá sin sangre", parecía decir la sonora y contundente melodía ante los oídos extranjeros, desconocedores de las palabras que surgían de las bocas de aquellos guerreros salvajes.

Un silencioso murmullo metálico, adornado con el ocasional relincho de los caballos, era la única respuesta que se escuchaba desde el otro lado de la llanura, aquella que descendía en suave pendiente hacia los recónditos puertos bañados por el fogoso mar del norte. El tintineo de las corazas y las cotas de malla bajo los tabardos blancos era lo único que se escuchaba en las disciplinadas cohortes de la Iglesia del Profeta, cuyas filas de infantería y caballería se extendían a lo largo y ancho de la planicie, hasta donde la vista de los valerosos hombres de las montañas alcanzaba. Aquella era la Séptima Legión de la Ciudad Sagrada, enviada a las tierras del norte para someter bajo el yugo del Sacro Imperio a los pueblos bárbaros que aún renegaban de la Verdadera Fe. Oro y plata brillaban bajo la luz del amanecer, transmitiendo con su reflejo la luz de Dios a los salvajes que pretendían frenar su avance.

Pero Theos es misericordioso, y su palabra ha de ser transmitida antes con la compasión que con la espada. Athaneos, el respetado comandante de la Séptima Legión, era consciente de ello, así que, tras disponer las tropas y entregar las órdenes a sus subalternos, espoleó su caballo, en solitario, hacia las líneas enemigas. Una voz se alzó entonces desde las primeras filas, y a ella se le sumaron las cercanas, y luego las próximas a estas otras, así hasta que un único salmo de miles de voces se alzó sobre las colinas como la misma voz del Creador. Athaneos iba desarmado, enarbolando el estandarte blanco de parlamento sobre su brillante armadura. Al llegar a la mitad del terreno que separaba a ambos ejércitos, detuvo a su fiel corcel y desmontó, clavando el asta del pabellón junto a él. Y entonces esperó, bajo el estremecedor canto de sus templarios, inflamados de la voluntad divina.

La propia Ceid de los hombres del norte salió a su encuentro. Vino caminando, despacio, sin apresurarse, dejando que el largo manto de piel que cubría sus hombros acariciase la verde hierba embriagada en rocío a su paso. Dos recias espadas cortas descansaban sobre sus caderas, moviéndose con el suave vaivén de estas, y numerosos colgantes tallados en plata y piedra danzaban en los pliegues de su ligera y elegante armadura de cuero. Eynidh de Baile Deàrrsadh, Falt nan Oidhche, la dama guerrera de Aibhn Làidir, señora de las tierras del valle que los norteños guardaban a sus espaldas. Falt nan Oidhche... "Cabello de la Noche"... Athaneos comprendió el porqué de tal nombre al contemplar la sedosa cabellera, negra como ala de cuervo, que caía sobre la espalda y los hombros de la mujer. Esquirlas y adornos de plata se prendían en ellos, y al andar se balanceaban serenos, como movidos por la marea. La melena de aquella guerrera era un halo robado a la misma noche, cubierto de pequeñas estrellas. Sus ojos castaños, profundos y afilados, se clavaron silenciosos en el comandante invasor cuando finalmente se detuvo ante él, regia, soberbia, desafiante...

Athaneos se quitó su pesado yelmo y echó hacia atrás la capucha de malla, dejando al descubierto su propio rostro de facciones sobrias, tranquilas, rematado por una mata de pelo castaño y una descuidada barba entre las que brillaba una escrutadora mirada gris. Con el casco bajo el brazo, avanzó al encuentro de la joven reina.

Su mirada se posó sobre aquellos pozos oscuros que le contemplaban desde el hermoso rostro, y percibió en ellos un brillo repentino, agitado, que bullía entremezclado con la tensión del enfrentamiento, con la incertidumbre del destino que correría su pueblo y con la regia tranquilidad de quién se debe a éste. El joven comandante reconoció ese destello, y su espíritu se removió inquieto. En aquellos ojos castaños se hallaba algo nuevo, algo tan simple como terrible que lo cambiaba absolutamente todo. Y supo que ella había descubierto lo mismo en su propia mirada.

Athaneos olvidó las palabras de su Dios, las razones de su parlamento, y dejó caer el yelmo sobre el fresco prado. Eynidh ignoró el temor que sentía por su pueblo, y soltó la larga y pesada capa que frenaba su paso. Y ambos, sin dejar de mirarse, dejaron que sus brazos se atrapasen mutuamente y que sus labios, guiados por aquella inesperada certeza, se encontrasen durante un largo momento en el que toda la llanura a los pies de las montañas de Àrd Adhar guardó absoluto silencio.

Y así fue como la Batalla de Aibhn Làidir, el primer paso de la sangrienta conquista de las tierras de Saorsbenn por parte de la Iglesia del Profeta, nunca llegó a tener lugar...

Grey Arkhane
November 26

El Doctor Insomnio - Acto VIII: El camino de vuelta a casa


[Null Moon]

“Una ardilla con sombrero”, “¡un oso en bicicleta!”, “un coche de carreras”, “...no sé...parece un hombre con gabardina...¿un detective?”, “un barco...¡y otro! Papá, ¿por qué siempre hay barcos en las nubes?”
“Quién sabe, Paula, igual el cielo es un buen lugar para navegar”
“¡Sí!”, la niña sonríe de oreja a oreja, dejando ver los dientes nuevos que comienzan a nacer en los huecos dejados por los de leche. “Y los pájaros son como los peces...”

Miguel y Sara quedan en silencio, disfrutando de la brisa de media tarde mientras contemplan las nubes pasar y Paula medita, concentrada en como sería la vida en alta mar...en alto aire...bueno, eso... Mira a sus padres de repente, como para comprobar que siguen allí. Le gusta que estén con ella, tumbados en la hierba...qué verde...si mira bien, puede ver hormigas entre ella. Se pregunta si las hormigas sabrán que hay barcos en el cielo...

El sol también brilla por ahí arriba, entre las nubes, y se oyen pájaros en la arboleda cercana. “Es un sitio bonito”, reflexiona Paula. “Podríamos quedarnos aquí a vivir, y construir una casa entre los árboles...y hacerle señales a los barcos del cielo, ¡igual lográbamos invitar a algún capitán a tomar limonada!” La idea vuelve a pintar una sonrisa desdentada en su cara, y un capricho comienza a inquietarla.

“Mamá, ¿podemos volver a casa?”
“¿Qué te pasa, no estás bien aquí?”
Paula duda... “Si, pero...se me apetece tomar limonada”
Sara pone cara de pensárselo y dice “de acuerdo. Pero sólo si tú me ayudas a hacerla”

Antes de que puedan darse cuenta la niña ya está de pie, dando saltos a su alrededor. Sara besa en la mejilla a Miguel, y ambos se levantan. Paula se detiene un momento, confusa, y se vuelve a mirarles con el ceño fruncido.

“No sé por donde se va”, comenta enfurruñada. Sus padres se ríen. Miguel le revuelve el pelo antes de subirla a caballito y bajar los tres juntos la suave ladera de la colina, hasta la arboleda. Allí dentro se está fresquito, a la sombra de las ramas. Después de caminar durante diez minutos llegan a un claro, en un extremo del cual hay un arco de piedra, con extrañas letras pintadas en él. No, no están pintadas...están arañadas...

Su padre la hace desmontar, y le da la mano. “Vamos”, dice.
Paula no las tiene todas consigo. No puede ver lo que hay al otro lado del arco, y le da algo de miedo. “¿Por ahí?”
“Si”, dice su madre. “Es el camino”
“Tengo miedo”, reconoce Paula. Miguel le aprieta la mano, y Sara se agacha y le da un abrazo.
“Estamos contigo, no te pasará nada”, dice su padre, y le sonríe. Eso hace que se sienta mejor. Pero esa puerta... Su madre ya camina hacia allí.
“Venga, vamos, ¡que si no no nos dará tiempo a preparar la limonada!”
Miguel y Paula la siguen, atravesando el arco de piedra. La niña sonríe, feliz... Siempre le gustó estar con sus padres.

*****

El sonido de la máquina se vuelve monótono, repetitivo, estridente, cuando el corazón de Paula deja de latir.

Antes de que los enfermeros entren corriendo en la habitación, el hombre que está sentado a su lado acaricia su pelo una última vez, dejando que un par de lágrimas escapen de sus ojos. Sin mirar atrás, a la cama de sábanas verdes, recoge de la mesilla una máscara blanca y desaparece en la noche de Aquillan, a través de la ventana...

Grey Arkhane

November 24

El Doctor Insomnio - Acto VII: Su verdadero rostro


[Pulsating Ambience]

Su cara era como la de un niño. Alberto dormía feliz, arropado en su cama, junto a su mujer. Una respiración sonora pero suave escapaba de sus labios, curvados en un atisbo de sonrisa. Sus sueños parecían ser felices, un reflejo de su vida: Los retratos colgados en la habitación lo mostraban sonriente junto a su familia y amigos, abriendo una botella de champán en la inauguración del bufete o llevando con orgullo la toga el día de su graduación, hace ya varias décadas. Su rostro apenas sí se había arrugado, y pocas canas habían teñido su pelo rojizo de blanco. A sus cuarenta y cinco años, seguía teniendo el mismo rostro brillante y bondadoso de ojos claros que tuviera en su juventud.

Los otros recuerdos que poblaban la habitación hablaban de una vida plena y satisfactoria, que todo el mundo envidiaría. Varios premios y placas se distribuían por la estancia, desde conmemoraciones hasta trofeos deportivos, algunos suyos, otros de sus hijos, el mayor de los cuales ya seguía los pasos de su padre en Derecho. Los muebles resultaban discretos, funcionales, prácticos, llenos de libros acumulados tras décadas de lectura empedernida y de archivadores con documentos de casos que se habían cerrado hace años, pero cuyo recuerdo seguía encerrando una lección.

El rostro del durmiente parecía reflejar todo esto, conforme a sus propios sueños, conforme a su propia vida.

Una almohada se hundió repentina y salvajemente contra su cara, empuñada por una mano enguantada.

Los gritos empezaron casi al instante, apenas audibles a través de la densa almohada, un zumbido sordo y distante que nadie salvo el hombre de la máscara oía. Alberto comenzó a patalear y a dar manotazos, intentando librarse de la presa que lo agarraba férreamente, pero el enmascarado no aflojó la presión.

Al cabo de unos segundos, los gritos cesaron, al acabarse el aire que los alimentaba, y los violentos movimientos del hombre se transformaron en los discretos espasmos de los moribundos.

El Doctor levantó la almohada, dejándola a un lado, para revelar un rostro desfigurado en una horrenda mueca de ira y terror, con los ojos azules abiertos, mirando fijamente al espejo de la muerte. Así era su verdadero rostro, su otra cara...El Doctor sabía mejor que nadie la naturaleza que escondía el alma humana tras su apariencia de bondad e inocencia, y había ocasiones en las que la Justicia no podía limitarse a los sueños. El Doctor había visto los sueños de Alberto, su verdadera naturaleza, y sabía que tenía que pagar por ello...pero...otros tenían que saberlo también.

*****

Esa noche, Ana tuvo una pesadilla horrible. Vio miedo y sufrimiento, viejos trasteros en los que lloraban niños encerrados, desnudos y magullados, que se apretaban contra las esquinas, gritando de puro terror, cada vez que se abría la puerta. Algunos de ellos simplemente permanecían en un rincón, abrazados a sí mismos, mirando a algún lugar que nadie más veía con ojos vacíos, perdidos...inhumanos...pero su destino era el mismo que el de los demás. Vio corredores húmedos y sucios, y habitaciones con colchones viejos y ajados, y mesas sobre las que había correas, pinzas, cadenas, y otros aparatos de los que no supo averiguar su utilidad. Y sintió terror, el mismo terror que aquellos niños, cuando en la habitación entró un hombre trajeado.

Un hombre trajeado, de ancha sonrisa, pelirrojo como el fuego y ojos claros que, de algún modo enfermizo, dejaban traslucir la más pura y sincera felicidad...

Grey Arkhane
November 22

El Doctor Insomnio - Acto VI: Vox Populi


[Maternal Heart]

SORPRENDENTE RESULTADO EN EL PLENO

Rechazada la nueva Directriz de Infraestructuras y Utilización del Terreno

Tras una inusualmente breve asamblea en el Ayuntamiento de Aquillan, la Directriz de Infraestructuras y Utilización del Terreno ha sido finalmente rechazada por el voto en contra de los partidos de la oposición y una sorprendente abstención del partido gobernante, sin la presencia del Alcalde, “fuertemente indispuesto” desde hace varios días, como aseguran fuentes cercanas.

La polémica ley, amparada en las carencias infraestructurales de la urbe, añadiría más de 100 km2  al terreno edificable de la ciudad, permitiendo así su expansión estructural. Diversos grupos y asociaciones ecologistas han protestado enardecidamente en contra de esta ley desde su proposición por parte del partido del gobierno, ya que esta expansión del mapa urbanístico supondría un recorte de diversas zonas naturales cercanas, de considerable valor medioambiental, generando un impacto ecológico que los representantes de dichas organizaciones tildaban de “gravísimo”.

Los concejales de la oposición se pronunciaban al respecto. “Lo que han hecho es impensable a nivel político, de una moralidad intachable e inaudita”, dice Francisco Cantina. “Es una locura...una bienvenida locura”, opina, atónito, el portavoz del Partido Advantista Eduardo Castellano. Los miembros del partido de la alcaldía se negaron a prestar declaración alguna, achacando su inesperada posición al respecto a “decisiones de partido”.

Tampoco ofrecen demasiada información acerca del estado del Alcalde, dejando la explicación de su ausencia para una rueda de prensa que se espera pueda dar en unos días. “Su vida no corre peligro, pero ha sido un molesto contratiempo...para todos”, dice al respecto la secretaria Soledad Jiménez. “En breve volverá a retomar su agenda pública”, asegura.

Eduardo Arconte, Agencia Hermes.

*****

Sentado en su escritorio, a oscuras excepto por la luz de la pequeña lámpara que ilumina su superficie, Ernesto Hernán tiembla, con la mirada fija en algún punto de la pared de su despacho, mientras aferra con ambas manos el asiento de la incómoda silla de madera en la que está, la cual ha sustituido al sillón de cuero que normalmente ocupaba.

Tazas de café, cajas de pastillas e incluso una jeringuilla usada se confunden sobre la desordenada mesa con agendas, papeles oficiales y estilográficas, revueltos en un amasijo caótico. Un reflejo luminoso y sonriente de si mismo le mira desde un portarretratos con el cristal astillado. Una risita histérica sale de sus labios resecos al reconocerse tras unos instantes en él.

Su despacho se encuentra en el mismo estado que el escritorio que forma parte de él. Los cuadros torcidos, algunos en el suelo, comparten los rincones oscuros con el sillón rechazado, que agoniza roto y destripado en un rincón. El suelo está lleno de papeles y documentos, hechos trizas, garabateados, arrugados, quemados o simplemente caídos. El ambiente es húmedo y cargado, y un olor fuerte, a medio camino entre el sudor y la enfermedad, impregna el ambiente.

Pero Ernesto no se da cuenta. Tan sólo es capaz de agarrarse a su silla, como si fuese su última oportunidad de supervivencia, y de soltar un aterrado alarido cuando una ráfaga de viento abre la ventana, haciendo ondear las desgarradas cortinas. Sollozando como un niño, Ernesto suplica piedad, le pide al vacío clemencia, y entre lloros infantiles ruega a la muerte que venga a por él, mientras el cansancio de los últimos tres días se acumula sobre su persona, enturbiando su percepción, invitándolo a cerrar los ojos... “No, no...”, susurra entre lágrimas, “antes la muerte que volver allí...”. Pero es en vano. Su cuerpo sucumbe frente al agotamiento, incapaz de hacerle frente pese a las drogas que saturan su sangre.

Lo último que ve, antes de dormirse, es una figura enmascarada junto al marco de la ventana, que parece susurrarle: “has tomado la decisión correcta, Ernesto...buenas noches”. 

Y, por primera vez en muchos días, Ernesto Hernán, Alcalde de Aquillan, duerme...sin soñar.

Grey Arkhane
November 19

El Doctor Insomnio - Acto V: Nunca olvides


[Melancholy Requiem]

La mañana de domingo era perfecta. El sol brillaba sin apretar, en un cielo azul repleto de nubes blancas y algodonosas, mecidas por la brisa. Sus pulmones arden por el cansancio y el sudor recorre su frente y sus brazos, pero Carlos no piensa en ello, sumergido en la música de sus auriculares mientras recorre el último tramo de su tercera vuelta al Parque del Sur.

Se detiene junto a la fuente, delante de una de las cuatro puertas enrejadas que dan entrada al parque, para refrescarse y descansar durante unos instantes. Hace un par de estiramientos, rellena el botellín de agua y cambia de disco en el mp3, sin apenas preocuparse por la gente mayor que comienza a llegar a esa hora al parque, los grupos de niños ruidosos que corretean de aquí para allá en un alocado frenesí o de los otros que, como él, aprovechan esas horas del fin de semana para hacer algo de ejercicio.

Silbando el estribillo de lo que suena en sus oídos, se pone de nuevo en marcha por la calle de tierra que rodea el perímetro del parque, entre la verja negra y la espesura de castaños y abedules. Son las once de la mañana, y el parque empieza a llenarse de gente. Sin detenerse, Carlos abre el botellín y bebe un trago.

El sabor fuerte y amargo del alcohol arde al bajar por su garganta, haciéndole sentirse bien.

“¿Qué?”, Carlos mira extrañado el botellín, encontrando en sus manos una botella de cristal, de etiqueta negra, en cuyo interior se balancea un líquido tostado. “¿Qu...” De repente, sus piernas dejan de responder, como si nunca hubieran estado allí, y Carlos se precipita hacia el suelo. Lo último que siente son los trozos de cristal contra su cara y sus brazos, antes de perder el conocimiento.

*****

Es la una de la madrugada. La carretera se extiende ante él, iluminada por los faros del Ford, envuelta por las sombras de los árboles que se mecen con el viento nocturno. En una hora estarán de nuevo en la Capital, en casa, después de una larga noche de fiesta en Alcaudón de la Torre. Sus compañeros de faena ríen despreocupadamente a su alrededor, menos Pablo, que duerme en un rincón del asiento trasero. A Carlos le toca conducir.

“Estás muy serio, Carlitos...” le dice Lucía, con un tono siseante que delata las copas que se ha tomado, mientras saca de la guantera una de las botellas de ron que han sobrevivido a la noche. “¿Seguro que no quieres un poco?”
“Me toca conducir, ya lo sabes”
“¿Y desde cuándo te importa eso?”, dice Manuel, desde atrás. “Además, ya llevas unas cuantas copas encima”
“Será desde el accidente”, añade Lucía, entre carcajadas.

Carlos la mira de repente, asaltado por un recuerdo que no sabía que tenía. “¿Accidente?” musita, paralizado por el horror. Sus amigos están cubiertos de sangre y trozos de cristal, Pablo está empalado por una barra metálica, y todos ellos le miran con el mismo rostro: una máscara blanca con un reloj de arena en la frente. Lucía alza un brazo, que se dobla por más de un codo, y señala hacia la carretera.

Dejando escapar un largo alarido de horror, la mirada de Carlos se encuentra con el quitamiedos de la curva, demasiado cerca. Intenta frenar, pero sus pies no responden, no puede sentirlos. “No olvides lo que hiciste”, le susurra una voz de muerta en su oído. Carlos intenta no imaginar el rostro destrozado y sanguinolento bajo la máscara blanca, y lo último que siente son los trozos de cristal contra su cara y sus brazos, al atravesar la luna delantera.

*****

El alarido despierta a Pedro, que entra corriendo en la habitación de su hermano.
“Carlos, ¿qué pasa?”, grita en la oscuridad, antes de encender las luces y encontrarle abrazado a si mismo en el suelo, gimoteando como un niño, a los pies de su silla de ruedas.

Grey Arkhane

November 17

El Doctor Insomnio - Acto IV: Depredadores


[Ashes and Ghosts]

Los ojos de Javier eran apenas dos rendijas azuladas, imperceptibles entre el verde de la foresta. Permanecía tenso, en un silencio jadeante, con cada uno de sus músculos alerta y el fusil preparado. Su cara, camuflada con manchas verdosas, más parecía de piedra que de carne. Javier era un depredador, un asesino de instinto y aplomo felinos. Había nacido para ello, se había educado para ello, le habían entrenado para ello. Matar era su vida.

Era un depredador. Un depredador acorralado.

El chasquido de las hojas veinte metros al sudoeste es como un pistoletazo de salida: En un salto elástico y potente, Javier cae a la calzada y corre al otro lado, hacia el río, mientras la guarnición atónita de milicianos armados ve pasar al espectro verde de la muerte ante ellos, sin darles tiempo a reaccionar.

Cuando los disparos empiezan a volar por encima de su cabeza, desconchando árboles y abatiendo helechos, sólo cinco metros separan a Javier del embarcadero. Con dos quiebros expertos los dos centinelas caen bajo sendos machetazos, sin que puedan hacer nada para evitarlo, y otro más libera una de las barcas amarradas, el salvoconducto a la libertad.

Los primeros milicianos lanzados en su persecución llegan al embarcadero demasiado tarde, mientras Javier rema a toda velocidad río abajo. Cualquiera podría pensar que había sido cosa de suerte, de que la fortuna había jugado todas las bazas a su favor. Pero Javier sabía la verdad: Su vida era ese juego, entre la vida y la muerte, en el que sólo él o su enemigo podían vivir...pero nunca los dos. Era un depred...

Destensándose como un arco, soltando el remo casi después de agarrar de nuevo el cuchillo de su cinturón, Javier se gira en un salto hacia atrás, lanzándolo hacia la máscara blanca del inesperado ocupante de su embarcación...y lo pierde. Antes de que el instinto deje paso a la razón y pueda preguntarse quién era, de qué bando y cómo había llegado allí si la barca estaba vacía cuando la cogió, un empujón lo lanza a las frías aguas... 

La última parte de su sueño aún permanece confusa cuando Javier despierta en su cama. La sensación de confusión le acompaña mientras su mente empieza a recordar. Son las seis, aún no es hora de ir al instituto. Asco de instituto...sólo le hace perder tiempo, la vida real no tiene nada que ver con matemáticas, o literatura. La vida real, más allá de esa hipocresía en la que viven los ciudadanos de a pie, es pura supervivencia: si eres una presa, mueres. Si eres un depredador, matas. Matas.

Javier recuerda entonces lo que hizo ayer, mientras nota la costra seca en su ropa. Un vistazo rápido a la cocina confirma sus sospechas. Los cuerpos descuartizados de sus padres y su hermana aún permanecen allí, tiñéndolo todo de un tono rojo cada vez más oscuro. Iban a enviarle a un psicólogo. Querían que aceptase sus mentiras, que viviese según esa hipocresía que atrapaba a todos aquellos demasiado débiles para enfrentarse a la realidad. Pero él no es así. Él es un depredador, y ellos eran presas. Las primeras. Javier sonríe.

“Mala elección”, dice una voz triste y oscura, que guía sus ojos hasta el hombre apoyado en el marco de la ventana de la cocina. Javier coge el mismo cuchillo con el que asesinó a sus padres y se lo lanza, pero él lo rechaza con la misma facilidad que en su sueño. “Bienvenido a la realidad, Javier”, dice antes de dejarse caer por la ventana.

Es entonces cuando los golpes suenan en la puerta, y Javier recuerda el resto del sueño. Capturado, atado, el depredador se convierte en trofeo, y es apresado, juzgado, por sus enemigos, por las presas. Él, el asesino perfecto, es enrejado y aislado, y durante años se pudre en soledad, impotente, hasta que, de nuevo libre, ya no es sino un despojo, tan distinto a la máquina de muerte que fue, tan parecido a uno de esos ancianos débiles y enfermos a los que esa sociedad hipócrita permite existir...

Javier llora de rabia. Los golpes siguen sonando, cada vez más insistentes.

“¡¡Policía, abran la puerta!!”

Grey Arkhane

 
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