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    January 12

    Catedral

    Podía sentirlos tras de si, en la oscuridad que envolvía a los siniestros árboles que lo rodeaban. Podía sentir el eco sordo de su respiración agitada, y los ansiosos gruñidos que se cruzaban entre los espinosos matorrales. Eran ecos de instinto, hambre y muerte. No sabía qué hacía allí, qué buscaba...pero no podía volver a la espesura, donde ávidos ojos rojizos parecían relumbrar cuando no los miraba. Así que volvió a mirar hacia delante.
     
    Sólo podía ver la puerta de madera vieja, oscura, con una de sus enormes hojas abierta hacia adentro, ofreciéndole una remota posibilidad de cobijo y refugio ante las sombras que lo acosaban. Un refugio tan tenebroso como esas mismas sombras. Contrafuertes de piedra, hechos con rocas más grandes que él mismo, rodeaban la puerta, integrados en una pared repleta de salientes y nichos, cuyos extremos se perdían entre la niebla y la oscuridad a una docena de metros en cada dirección. Sin nada que perder, recorrió la amplia pero baja escalinata que conducía a la puerta, y una vez allí alzó la vista para encontrar su final, sin lograrlo. Tuvo la sensación de que rostros sin ojos lo contemplaban desde las alturas, y reprimiendo un escalofrío entró.
     
    Dentro brillaba la misma luz grisácea, como de luna, que iluminaba tenuemente la fachada, esa luz enfermiza e indeterminada que le permitía ver en lo que parecía un lugar hecho de sombras. Grandes pilares de piedra sin final visible se alzaban en hileras a ambos lados, y en el espacio central entre ellas, dos columnas de largos bancos de madera avanzaban hacia la negra oscuridad del final de la sala, con un pasillo entre ellas. Tras comprobar que nada parecía estar allí dentro, volvió a mirar a través de la puerta, afuera. Una sensación de horror le recorrió electrizante por la espina dorsal: Cientos de pares de diminutas luces rojizas se agolpaban entre las angulosas ramas frente al claro que precedía a las escaleras, como si aquellas criaturas que lo perseguían temiesen a aquel lugar, aquella especie de catedral. Como si temiesen a lo que había en aquel lugar, y dudasen si su presa merecería el riesgo de enfrentarse a ello.
     
    Antes de que pudiesen decidirse, empujó con todas sus fuerzas la hoja de madera. Para su sorpresa, se movió sin esfuerzo, cerrándose con un golpe que pareció retumbar en cada columna y cada banco, y más allá... mucho más allá. Un pasador de madera, grueso y largo como un árbol, servía de cierre. Para asegurarse, lo corrió con esfuerzo, dejando sellada la gigantesca puerta. Y entonces, se enfrentó a lo que había encontrado tras ella. Mirando fijamente adelante, aún tenso por lo que pudiera encontrar, avanzó por la nave central. No podía ver el final de la misma, o las naves laterales. De no ser por la quietud del aire y la ausencia de corrientes o sonidos(salvo el eco de sus pasos), hubiera jurado que se encontraba en un espacio abierto.
     
    Caminó durante un cuarto de hora, antes de que algo apareciese ante él. Las hileras de bancos finalizaron abruptamente y las columnas dejaron de aparecer impasibles a sus lados, dejando un inmenso espacio abierto, en el centro del cual había un pequeño altar. Movido por una extraña sensación de fatalidad, se acercó paso a paso a la estructura circular, hecha de la misma piedra que el resto del lugar, y subió los escalones que le llevaban a la parte superior de la misma, donde se alzaba la pila bautismal. Desde allí ya no podía ver nada, los bancos y las columnas habían quedado atrás, y el suelo se había sumergido en la misma oscuridad que parecía habitar más allá de donde él estaba, como si le rehuyese a su paso. Movido por la sed, se acercó al borde de la pila. Como respondiendo a sus deseos, estaba llena de agua, que bajo aquella extraña luz resultaba densa y plateada. Sumergió sus manos en ella, y acercó su rostro a su superficie para beber.
     
    Y se hizo la luz, brillante y ardiente, y campos y bosques de piedra se extendieron en los cuatro puntos cardinales a su alrededor, refulgiendo imbuidos en el calor de la luz sobre la roca, en la santidad del agua sobre el silencio, reviviendo la casa de un dios muerto hace tiempo, y resucitado por su mera presencia.
     
    Pero él no lo vio, pues tres rostros aparecieron junto al reflejo del suyo en el agua, uno a cada lado y otro frente a él, rodeados de esa luz dorada que ahora lo inundaba todo. Un parpadeo a su derecha le hizo fijar la vista en el primero de los tres rostros.
     
    Era el Equilibrio. Enmarcada su figura en la inmensa vidriera que iluminaba el brazo derecho del templo, sostenía un inmenso libro abierto frente a él, encadenado a su mano izquierda y encuadernado en cuero, con una cruz de núcleo circular labrada en plata en su tapa: La Fe Construida. En su mano derecha empuñaba una espada llameante, la Virtud, cuyas lenguas de fuego abrazaban los pliegues de la túnica blanca y parda que cubría su cuerpo, reforzada por plateadas piezas de armadura. Su rostro era limpio y claro, y sus ojos brillaban con el mismo fulgor dorado que el fuego de su espada. Enmarcando su rostro, había un sol dorado. Aquellos ojos de cristal hicieron que el hombre sintiese miedo. Sin embargo, no le miraban a él, sino que permanecían fijos en algún lugar lejano frente a su figura.
     
    Siguió esa intensa mirada de resolución hasta su destino, girándose completamente a la izquierda.
     
    Allí estaba el Cambio. Su figura no parecía encajar totalmente en su nicho de luz y cristal, como si rehuyese el brillo de sus rayos. El brazo derecho del templo era igual de luminoso, pero había algo sombrío en la figura que le daba luz. También cubierta con una túnica, ésta era verde y gris, de una tonalidad oscura que le hizo recordar al hombre la penumbra que reinaba cuando entró en el lugar. En su puño derecho sostenía unas cadenas de color negro, rotas y manchadas de sangre: La Libertad. Su otra mano se escondía entre los pliegues de su túnica, dejando entrever unos dedos largos, deformes, acabados en monstruosas garras, las garras de una Bestia. Su rostro se escondía bajo una amplia capucha: su mitad derecha era pálida y delgada, y su mirada, de color gris, se posaba distraida sobre el centro de la Catedral. Su mitad izquierda estaba en sombras, salvo un destello plateado en su ojo, como el de un animal nocturno. Sobre su cabeza brillaba una luna plateada.
     
    El hombre no pudo mantener la mirada de tan inquietante imagen, posada sobre él, así que miró al frente, a la cabecera del templo.
     
    Allí donde reinaba la Razón. Lo primero que vio fueron sus ojos, verdes, intensos, cuyas pequeñas pupilas lanzaban su penetrante mirada directamente sobre él, desnudándole, analizándole por completo. Sin lograr separarse de su mirada, pudo darse cuenta de que los pliegues de la túnica gris que envolvía su frío cuerpo, desnudo de cintura para arriba, estaban perfectamente ordenados, así como cada uno de los bucles de la oscura melena que caía sobre sus hombros, como si cada uno tuviese un determinado propósito, una determinada causa. Su mano derecha sujetaba firme una guadaña, cuya hoja plateada brillaba sobre su cabeza, dispuesta a cercenar todo aquello que se interpusiese en su camino: La Verdad. Su mano izquierda sostenía un corazón encadenado, atado y sometido a su voluntad, que Ella había arrancado del oscuro agujero que lucía junto a su pecho izquierdo, sin decidirse si dejarlo escapar o aplastarlo en su puño: El Sentimiento.
     
    Y atrapado por esa mirada, lo entendió todo, pero algo en su interior le advirtió de que algo faltaba, de que el Destino que le había llevado hasta allí se escapaba escurridizo por entre sus dedos, porque aún no estaba completo... Y entonces notó el calor de la luz a su espalda, y sintió la presencia de una cuarta figura tras de si.
     
    Con el corazón en un puño, dio lentamente media vuelta para poder contemplarla...
     
    Grey Arkhane
    January 03

    El Barrendero de Sueños

    "Cuando se han acabado los sueños, cuando te has despertado y has dejado el mundo de locura y gloria por el yugo mundano y diurno, a través de los escombros de tus fantasías abandonadas camina el barrendero de sueños.
     
    ¿Quién sabe lo que era cuando estaba vivo? O si, en realidad, estuvo vivo alguna vez. Seguro que no contestará tus preguntas. El barrendero habla poco, con su voz áspera y gris, y, cuando habla, es más que nada sobre el tiempo o las perspectivas, victorias y derrotas de ciertos equipos deportivos. Desprecia a todo el que no es él.
     
    Justo cuando te despiertas viene a ti y barre y recoge reinados y castillos, y ángeles y búhos, montañas y océanos. Barre la lujuria y el amor y los amantes, los sabios que no son mariposas, las flores de carne, el correr de los ciervos y el hundimiento del Lusitania. Barre y recoge todo lo que dejaste en tus sueños, la vida que llevabas puesta, los ojos por los que mirabas, el examen que nunca pudiste encontrar. Uno a uno los barre: la mujer de dientes afilados que te hundió los dientes en la cara; las monjas de los bosques; el brazo muerto que salió del agua tibia del baño; los gusanos escarlata que te recorrían el pecho cuando te abriste la camisa.
     
    Lo barrerá y lo recogerá: todo lo que dejaste al despertar. Luego, lo quemará, para dejar el escenario limpio para tus sueños de mañana.
     
    Trátale bien, si le ves. Sé educado con él. No le hagas preguntas. Aplaude las victorias de sus equipos, dile cuánto sientes sus derrotas, dale la razón respecto al tiempo. Tenle el respeto que él opina que se le debe.
     
    Porque hay personas a las que ya no visita, el barrendero de sueños, con sus cigarrillos liados a mano y su dragón tatuado.
     
    Las has visto. Les tiembla la boca y sus ojos miran fijamente, y farfullan y lloriquean y gimotean. algunos recorren las ciudades vestidos con andrajos, sus pertenencias bajo los brazos. Otros están encerrados en la oscuridad, en lugares donde ya no pueden hacer daño, ni a ellos mismos ni a otros. No están locos, o mejor dicho la pérdida del juicio es el menor de sus problemas. Es peor que la locura. Te lo dirán, si les dejas: son los que viven, cada día, en los escombros de sus sueños.
     
    Y si el barrendero de sueños te abandona, nunca volverá."
     
    -El Barrendero de Sueños, extraído de Humo y Espejos, de Neil Gaiman
     
    Grey Arkhane