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    1월 1일

    Sobrevivir al fin del mundo


    [Stream of Consciousness]

    Athan se limpió la frente cubierta de ceniza con un gesto de la mano enguantada, contemplando el desolador paisaje que se extendía ante él. La tímida luz del sol se colaba pálida por entre la perenne capa de deshilachadas nubes grises que a jirones colmaban el cielo y parte de la tierra, como una omnipresente niebla musgosa y enfermiza. Hacía frío, pero el joven de ropas grises ya estaba acostumbrado: Últimamente todos los días eran así, iluminados por aquel sol helado y enmascarado, cuyos rayos no dejaban calidez alguna en la piel de su rostro al deslizarse perezosos por ella.

    Bajo aquel desapacible clima se extendía lo que había sido la ciudad de Matteram, uno de los pocos centros urbanos de gran tamaño del país y capital del mismo. Hasta hace dos semanas, cerca de cinco millones de personas habitaban sus atestadas calles, llenando de frenética vida sus rascacielos, sus monumentales plazas y sus amplias avenidas. Incluso desde la distancia, Matteram rugía como una bestia mecánica con el rumor de miles de coches que circulaban como sangre por sus arterias, envuelta en el hálito pardo de su nocivo aliento.

    Ahora, por lo que Athan sabía, no debían de quedar más de mil almas en toda la ciudad, y los dioses sabrían cuántas de ellas seguirían pudiendo considerarse humanas... Desde donde se encontraba, sólo las nubes bajas e insanas rodeaban la metrópoli, secundadas por un silencio sepulcral. El joven de la capucha gris alejó los funestos presagios de su cabeza murmurando una breve plegaria, se ajustó las gruesas gafas, recogió el bastón de avellano y prosiguió su camino por la abandonada autopista.

    Habían pasado catorce días desde el Suceso.

    *****

    Todo fue peor en las grandes ciudades, donde ya antes, bajo el sordo murmullo del discurrir constante de la gran maquinaria colectiva que formaba la sociedad urbana, podía respirarse el sutil aroma del odio, emergiendo a la superficie en pequeñas volutas de violencia, de barbarie, a veces tan claras (“joven muere asesinada por su pareja”, “detenidos cuatro adolescentes en relación con el homicidio de varios sin techo”...¿cuántas veces se habían visto titulares como aquellos?) y en otras ocasiones más sutiles (esas veladas ruindades que siempre supe encontrar en los ojos de los que me rodeaban, y que traicionaban la corrupción bajo sus brillantes fachadas). Todos esos pequeños indicios deberían habernos avisado, deberían habernos hecho ver... pero como de costumbre estuvimos ciegos, y quienes debieron ser nuestros ojos se habían ido convirtiendo, con el paso de los siglos, en la peor de las vendas que nos impedían mirar.

    Y entonces, ocurrió. El Suceso, se lo llamó, como si darle un nombre más claro le diera aún más poder, lo hiciera aún más terrible...como si hubiéramos podido eludir las consecuencias de lo sucedido evitando recordarlo o hablar de ello...pero ocurrió, y lo ocurrido vino a cambiar nuestra visión de todas las cosas, desde las más pequeñas en nuestro entorno inmediato a las más grandes, como nuestra historia, nuestro concepto del progreso y los pilares en los que habíamos decidido construir nuestra sociedad.

    El Suceso vino a despojarnos de cualquier venda, y con los ojos claros colocó un espejo ante cada uno de nosotros, obligándonos a mirar.

    Pocos pudieron soportar lo que vieron.

    *****

    El mundo se había derrumbado. La civilización había sucumbido de un solo golpe bajo el peso de lo que se había negado a querer ver desde hacía siglos. Pero las ciudades habían permanecido intactas, como cuidadas necrópolis, testigos mudos de una gloria ya extinta.

    Athan penetró en las calles de Matteram, sigiloso y atento. Ignoró la destrucción evidente a su alrededor, así como la multitud de cadáveres que yacían desperdigados por los rincones. En su largo viaje había tenido tiempo para acostumbrarse a aquel dantesco espectáculo. Hace un año hubiera paseado despreocupadamente por aquellas plazas que ahora evitaba, refugiándose en soportales y callejones, estudiando atentamente cada lugar antes de decidirse a transitar por él. Inconscientemente, jugueteaba con el silbato que llevaba colgado al cuello. Experiencias recientes le habían enseñado que las jaurías de perros callejeros podían llegar a ser muy peligrosas, y aquel silbato de ultrasonidos resultó útil en más de una ocasión.

    Conocía bien aquella zona, había vivido en ella unos cuantos años. Recordando lo que sabía del lugar, evitó los centros comerciales. Había cosas peores que perros merodeando, y no eran tan sencillas de ahuyentar. Ni siquiera se molestó en regresar a su vieja residencia. Era un lugar conocido, un refugio seguro...en otro tiempo. Las Universidades habían sido en todos lados el foco de auténticos baños de sangre tras el Suceso, y Athan sabía que no encontraría descanso en su viejo cuarto.

    Golpeteó suavemente el aparato de radio que colgaba de su cinturón y se puso uno de los auriculares. Las frecuencias de radio se habían convertido en el bote salvavidas de los supervivientes, la manera de encontrarse unos a otros, perdidos en aquella gran isla desierta en la que se había convertido el mundo de la noche a la mañana.

    Captó una frecuencia débil, un estertor inconexo en un mar de estática. Siguió moviéndose, tan atento a la señal como a lo que le rodeaba, siempre en busca de esos sutiles signos que delatasen la presencia de alguna amenaza.

    <<khzgghh...Ars Mobilzhxjj Lupus Sanctzzzkhhh...Akjhhhbile Lupzzzhh...>>

    “Ars Mobile Lupus Sanctum”

    Era un lugar. Deducir cuál no le llevó demasiado tiempo, tras consultar sus mapas y descartar un par de opciones fruto de las referencias cruzadas. Se dirigió hacia allí, paseando en silencio por las calles impregnadas del olor de la muerte.

    *****

    El Suceso...Nadie sabe en qué consistió realmente. No hubo un gran destello, ni una lluvia de fuego y sangre, ni el sonido de trompetas celestiales.

    Simplemente, despertamos. Nos dimos cuenta de todo en lo que nos habíamos equivocado, como individuos y como sociedad. Del poco bien que habíamos obrado. Y de todo el mal que habíamos causado.

    Todo el mundo (¡hasta el último de nosotros!) supo de repente lo que éramos, lo que podríamos haber sido y en qué nos habíamos convertido en lugar de ello.

    Hubo gritos de rabia por todo el planeta, que ahogaron cualquier otro sonido durante largas horas, en las que todo el mundo se convirtió en una marea de emociones desatadas, descarnadas, que engulleron como una gran ola  las mentes, los corazones y las almas de toda la humanidad.

    Yo también grité. Y lloré. Y miré con ojos vacíos el mundo mientras trataba de asimilar todo lo que entonces supe, tratando de encontrar una razón, una justificación, un sentido...pero no lo encontré. No lo había. Simplemente había ocurrido. Las reglas habían cambiado, pero yo seguía en el juego. Podía quedarme allí encogido, esperando a que el mundo volviese a ser algo conocido, a que algo me despertase de aquella aterradora pesadilla, o levantarme y aprender a vivir de nuevo...

    Transcurrieron largas horas antes de que pudiese reducir todo lo que azotaba mi mente a esa simple elección, largas horas navegando entre la razón y la locura. Sin embargo, una vez fui capaz de plantearla, la elección fue sencilla de tomar, pues ya me había enfrentado a ella hace años.

    Lo primero que vi al salir de mi cuarto fue a mi padre, sentado en el suelo de la cocina, con el cadáver de mi madre entre los brazos. La sangre formaba un charco a su alrededor mientras murmuraba entre sollozos algo acerca de mentiras y vidas que no nos pertenecían. Sus últimas palabras me resultaron ininteligibles, y sólo recuerdo el desconsuelo aterrador y enloquecido que encontré en su mirada cuando con un cuchillo se rebanó su propio cuello. Horrorizado, salí a la calle, y contemplé el fin del mundo.

    Sin saber muy bien cómo, sobreviví a las primeras horas. Y a los primeros días. Aprendí a contemplar el mundo de nuevo, bajo las nuevas circunstancias que lo regían, pero hubo una verdad que adquirió un terrible peso en mis futuras acciones:

    El Suceso nos había transformado a todos. Pero no de la misma manera.

    *****

    El viejo teatro de la calle San Francisco había sido un edificio elegante en uno de los barrios céntricos de Matteram, un recuerdo de la época floreciente del cine. Athan cruzó la fastuosa entrada del edificio hasta el vestíbulo principal, asegurando la zona con un rápido vistazo. El lugar estaba vacío. Totalmente vacío. No había ni un solo cadáver, ni restos de violencia. Alguien se había encargado de retirar los cuerpos de las víctimas.

    El muchacho sonrió. Había conocido sitios como aquel en su ciudad natal, puntos de encuentro para los refugiados, donde los supervivientes eran recogidos por miembros de ciertos grupos que se habían formado a raíz del Suceso, y que trataban de encontrar una manera de sobrevivir al caos reinante, de buscar un modo de adaptarse a las circunstancias, de vivir bajo los nuevos tiempos que el cambio había traído a la fuerza.

    Athan se adentró en el edificio, cruzando el hall y dirigiéndose a la sala principal. Lo recibió una penumbra densa, débilmente iluminada por unas pocas luces de emergencia. Cuando sus ojos se adaptaron a la escasa luz, pudo ver que estaba tan vacía como el resto del edificio. Avanzó entre las filas de asientos hacia el escenario, extrañado de no encontrar a nadie. ¿Sería este el punto de reunión adecuado? Quizá hubiera algún mensaje en el escenario, o en la sala del proyector...

    Un repentino chasquido sacó a Athan de sus pensamientos, obligándole a mirar hacia el escenario.

    Un cadáver colgaba de una soga, balanceándose obscenamente delante de la pantalla. El joven se dio cuenta con horror de la macabra sonrisa que había sido forzada en el rostro del muerto. Un siseo animal se escuchó en las sombras a su alrededor, y Athan comprendió que había caído en una trampa.

    El resplandor de la bengala que encendió iluminó a una veintena de siluetas humanoides, de rasgos contraídos y ojos vidriosos, que detuvieron bruscamente su avance, cegadas de manera repentina por la intensa luz. El muchacho aprovechó entonces para lanzarse hacia la puerta de incendios, huyendo a la carrera por las calles de Matteram.

    *****

    ¡No! ¡No puedo dejar que me atrapen, todo depende de...!

    Tras él, la calle se llenó de gritos salvajes, llenos de furia, en los que se mezclaban reminiscencias de voces humanas con alaridos propios de bestias. El joven corrió hacia un parque cercano. Allí podría despistarlos, tratar de confundirlos entre la maleza y los árboles, quizá encontrar un refugio...con algo de suerte, podría perderlos.

    Algo golpeó el suelo junto a él, pero Athan no se volvió a mirar qué le habían arrojado, traspasando a la carrera la alta verja negra del olvidado parque. Los pensamientos golpeaban inconexos su mente, recordándole todo lo que estaba en juego.

    El Suceso trajo un nuevo orden, la forma de concebir el mundo que teníamos hasta entonces se volvió inútil, errónea...porque ahora sabemos algo más, algo que trastoca todos los esquemas que conocíamos...

    Una mirada fugaz le reveló que apenas cinco de aquellos seres le seguían por la amplia avenida de entrada al parque. Apenas cinco, pero le ganaban terreno. En un rápido quiebro, se adentró entre los árboles sin reducir la velocidad.

    Son necesarias ideas nuevas, conocimientos nuevos...¡Es imprescindible abandonar lo que ya no sirve, aprender a vivir según lo que ahora nos rodea! ¿Por qué? Nadie comprendió el Suceso, por qué razón vino a cambiar nuestras vidas...pero ocurrió...¿Por qué no pudisteis aceptarlo?

    Athan escuchó un grito tras de sí, casi a su lado. Se detuvo en seco y barrió el aire con su bastón. El ser emitió un gruñido al caer derribado. Sus ojos se encontraron con los de Athan. Era una mujer, de unos treinta años y cabello castaño rojizo. Le miró con odio, dejando escapar un siseo de ira entre sus labios. Un resplandor intenso nubló de repente sus ojos, y Athan sintió el violento impacto a centímetros de su rostro cuando su voluntad se condensó para defenderlo del agresivo ataque, haciendo rielar el aire con un destello dorado. Asustado, la noqueó con el bastón y siguió huyendo, escabulléndose entre la vegetación.

    Pretendeis...seguir igual, aferraros a las viejas reglas de nuestro mundo...¿No os dais cuenta de que no sobreviviremos así, de que ya no se puede volver atrás, de que repetir los mismos errores ahora sólo nos conduciría a la extinción...?

    Los sonidos de la persecución habían cesado, pero Athan siguió corriendo. Se detuvo durante unos instantes, recuperando el aliento en el nicho de un viejo palacete de música. Nada se oía, pero el joven sabía que aquellas criaturas estaban al tanto de su presencia. Lo mejor sería encontrar un lugar donde esconderse hasta que todo se hubiera calmado...

    La vieja capilla...no está lejos, y puede que sea un buen lugar...

    Athan salió a toda prisa por otra de las entradas del parque, en dirección hacia la antigua iglesia, mientras su mente aún pensaba en el reciente encuentro.

    ¿A qué nos conducirá esto? Vosotros no sobreviviréis sin nosotros...

    Su sombra se alargó bajo sus pies, súbitamente rodeada por una potente aura anaranjada. El inhumano rugido, como un temblor surgido de las entrañas de la tierra, le hizo estremecerse, y antes de volverse supo que la persecución había concluido... El aire rieló en torno a su cuerpo con tenues destellos dorados, reaccionando a la intensidad del odio que surgía de aquel ser. Athan lo miró por un instante, directamente a aquellos ojos que en otro tiempo habían sido humanos.

    El aire estalló en furiosas llamas a su alrededor, venciendo con violencia su protección y calcinando su cuerpo, mientras en sus ojos pudo leerse un último pensamiento:

    ...ni nosotros contra vosotros...

    Grey Arkhane