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10월 27일 El corazón de la torre[Pork Parts] El Archimago contemplaba la escena desde lo alto de su torre. Su figura envuelta en una túnica blanca y gris se recortaba contra el oscuro cielo nuboso. Una vez más, las fuerzas de reinos vecinos se habían aliado para atacar su pequeña fortaleza en el elevado risco que permanecía engarzado entre las fronteras de los Tres Reinos, como una molesta piedra en la bota del ansia de conquista de los sucesivos descendientes de sus dinastías gobernantes, y su dueño había subido al mirador de su torre para observar el transcurrir de la escaramuza. Pequeños contingentes avanzaban hacia el pequeño bastión de estructura anillada, pelotones comandados por grandes héroes de los Tres Reinos, formados por hombres y mujeres aguerridos y determinados, feroces en su empeño de traspasar las defensas mágicas del torreón, guiados por el impulso innegable de sus campeones. El Archimago admiró la bravura de Ethenhart Lowenstein, el paladín de Silvercrown, que, junto a sus caballeros, derribaba docenas de los sirvientes cadavéricos que defendían la torre a cada barrido de su legendario martillo. También pudo localizar a Carethenn de Ventiss, la dama guerrera de los pastos del Este, al frente de la salvaje acometida que sus hermanos de tribu lanzaban contra otra de las entradas de su hogar. El muro exterior, al ser alcanzado por las fuerzas del templo de Peh-Veskal, crujió sonoramente, y las piedras se recolocaron para dejar salir afiladas púas que provocaron numerosas bajas entre los monjes guerreros, dejando tendido en el suelo a Aneo, el ancestral Guardián de las puertas del templo. Rayos relampagueantes surgieron de las púas metálicas, largas como lanzas de caballería, y recorrieron todo el campo de batalla, fulminando indiscriminadamente a atacantes y defensores, diezmando en gran parte ambos grupos. Raeth de Vaell, hechicero de las tierras de Baerbia, redirigió el hechizo hacia su propia fuente, provocando numerosas y profundas brechas en el muro, por las que los supervivientes iniciaron su ofensiva final. El Archimago contempló con curiosidad el giro de los acontecimientos, y deseó haberse encontrado frente a frente con Raeth en otras circunstancias. Estaba demostrando ser un hábil practicante del Arte. Los atacantes entraron en el anillo exterior. Apenas alcanzaban el centenar, y la mayoría se encontraban heridos o fatigados. Las raíces del jardín se movieron repentinamente, atrapándolos en duros nudos de madera y tallos que se cerraron en torno a sus cuerpos, provocando sonoros crujidos. Carethenn cayó inconsciente tras ser golpeada por una rama gruesa como su propio torso, y los pocos de sus compañeros que habían sobrevivido huyeron desmoralizados, llevándosela tras liberar su cuerpo del ataque repentino de la foresta. El Archimago sonrió tristemente, y se dedicó a verlos perderse en el horizonte mientras la escasa docena de supervivientes alcanzaba el muro interior. Meneó la cabeza cuando las gárgolas cobraron vida y despedazaron a Raeth, lamentando el brutal desperdicio de tanto talento, y se volvió hacia las escaleras que bajaban hacia sus aposentos, sin quedarse para contemplar el exterminio del resto de las fuerzas que habían enviado a asaltar su refugio. Descendió por ellas, iluminado por el tenue y acogedor fuego de las lámparas que iluminaban toda la torre, y al llegar a su dormitorio se sentó frente al escritorio, con la mirada perdida. En el exterior, los arbustos y el muro se regeneraban solos, guiados por los poderosos hechizos que el Archimago había entretejido en ellos cuando construyó su refugio, y los cadáveres recientes se levantaban y se dirigían en lentas hileras a las torres de guardia del anillo exterior, animados por esa fuerza protectora que todo el lugar irradiaba, como un hormigueo en la base del cráneo. El Archimago suspiró, con los ojos puestos en un punto indefinido del horizonte. Ninguno de aquellos héroes había podido atravesar sus defensas, ninguno de ellos había llegado al interior de la torre, al igual que había ocurrido en todas las ocasiones anteriores. Ninguno se mostró digno de alcanzar su sanctasanctórum, ninguno había llegado a contemplar su rostro, a tratar de medir su poder cara a cara con el de aquel inquietante juez de las tres fronteras. Ninguno de ellos había llegado a darse cuenta del tremendo hastío que afligía al Archimago, ni de que el único deseo que colmaba su anciano corazón era poner fin a su soledad. Ninguno había llegado a comprender que el Archimago vivía atrapado por su propia magia, prisionero del refugio que él mismo había construido. Grey Arkhane 10월 22일 Una razón para prevalecer[M.B.] La caída fue breve, y la mordedura del frío océano se repartió sobre su piel morena y ensangrentada como cien mil alfileres helados. Pero todo aquello ya lo conocía, y su mente, hecha al mar desde los siete años, cuando se dedicaba a conseguir perlas en su remota isla natal del otro extremo del mundo, no acabó de comprender lo terrible de su situación hasta un instante después de notar la presión del agua sobre su rostro. Un tirón lo arrastró hacia atrás, bajo las aguas, hacia el implacable avance del Providencia, el galeón desde cuyo mascarón de proa había sido arrojado. Su capitán había muerto el día anterior, durante el motín. Athrian no había tenido tanta suerte. De manera inconsciente trató de alcanzar la superficie, pero la soga que aprisionaba sus pies y sus manos sólo le permitió un frustrado espasmo antes de que un nuevo tirón hiciese que su espalda impactase dolorosamente contra la quilla de la embarcación. Las afiladas conchas pegadas al casco desgarraron su ropa y su carne. El agua se enturbió a su alrededor de un color escarlata, y una nube de burbujas rodeó su rostro cuando no logró reprimir del todo un grito de dolor. Necesitaría aquel aire, no podía desperdiciarlo... El miedo comenzó a aletear como un pájaro enjaulado entre sus costillas. Aire... Giró sobre sí mismo, mientras las protuberancias costrosas de la carena abrían violentos cortes en sus hombros, en sus brazos y sus piernas. El agua fría le entumecía, haciendo más soportable la agonía de sus numerosas heridas. Athrian había sido el segundo oficial del Providencia, al servicio de la Nación francesa y del Emperador Napoleón I. Los amotinados, traidores a su patria, bastardos desertores sin honor, pagados por la corona inglesa, lo habían capturado vivo la noche anterior, y habían decidido convertir su tormento en la diversión del día de hoy. Los pulmones le ardían, el aire se escapaba poco a poco de sus labios, con cada tirón de aquella cuerda que le arrastraba hacia la popa del barco, y con él se escapaba poco a poco su vida, sus fuerzas... Su cabeza golpeaba una y otra vez contra la madera cubierta de aquella mezcla endurecida de sal y restos orgánicos que era como la segunda piel del Providencia, buscando un camino a la superficie, buscando el aire que no iba a encontrar, presa de la desesperación del que contempla el cercano filo de la guadaña. Otro tirón, un par de metros más... ¿cuántos llevaba? ¿siete, diez? y sus pulmones ya estaban vacíos... El Providencia tenía treinta metros de eslora. Otro tirón, y una línea de fuego cruzó su muslo derecho, cuando una daga nacarada se hundió en él desde la cadera hasta la rodilla, dos metros más, y el agua salada y fría penetró en la nueva herida. Sintió el deseo de gritar, pero ya no quedaba aire con que hacerlo. Jamás lo lograría. La presión de sus pulmones aumentó, otro tirón más. No pudo evitar respirar, presa de ese hambre atroz de aire que causa la falta del mismo, y su tráquea se llenó de agua salada y sangre. Su propia sangre. No saldría vivo de aquella... Otro tirón, dos nuevos cortes lacerando su piel. Sería tan fácil dejarse llevar, ser abrazado por el mar, reunirse con sus seres queridos, muertos hace tanto tiempo a manos de los invasores ingleses, y con su capitán, su fiel amigo con el que había navegado por los siete mares a la caza de buques británicos... Athrian sintió la llamada de las profundidades, hablándole con la voz serena de los muertos. Otro tirón más. Su cuerpo se relajó, acunado por la corriente, libre ya de todo miedo. Otro tirón. Sería tan fácil... reunirse finalmente con ellos... las voces de los muertos... otro tirón más... otro tirón... otro... Las voces de los muertos que gritaban venganza contra los perros ingleses. La voz de sus padres, decapitados ante sus ojos. La voz de su hermana, violada y descuartizada por un grupo de borrachos malencarados. Su propia voz, encadenada durante años en la esclavitud, antes de encontrar la libertad en aquella inexplorada y extraña Europa. La voz del capitán del Providencia, cuyo cuerpo ahora colgaba del palo mayor. Athrian abrió los ojos y gritó con ellos, con su mismo silencio sumergido, con toda la ira de su injusto destino. Y cada nuevo tirón, cada nueva herida, se convirtieron en el fuego que lo mantenía con vida, en el propósito que le haría vencer a la muerte. Aquellos traidores lo arrojaron al mar atado de pies y manos, lo pasaron por la quilla esperando encontrar un cadáver ensangrentado al final de su cruel celebración, un nuevo adorno para su macabro velamen. Pero ahora, tan sólo arrastraban hacia sí al mismo espíritu de la venganza. Repentinamente el sol cegó sus ojos, y sus pulmones expulsaron el agua en violentas arcadas, sustituyéndolo por aire, fresco y leve... Athrian jadeó. Había sobrevivido. Notó el dulce aire volver a llenar su boca, su garganta, sus pulmones, y el calor del sol bañar su piel surcada por cien heridas brillantes. Estaba vivo. Sus ojos brillaron con el fuego de la determinación. Los amotinados aún reían a carcajadas cuando izaron el cadáver, pero todas las risas cesaron al unísono cuando éste le rompió el cuello con las manos desnudas al más cercano a la borda y lo arrojó por ella, tras arrebatarle su chafarote. Un aterrador rugido de rabia resonó en la cubierta del Providencia. Ninguno sobrevivió al sangriento baile que sobrevino después. Grey Arkhane 10월 14일 Poker de Ases[The Fall of the House of Usher - IV - Pavane] El ambiente de la sala era denso y caluroso, como corresponde a un pequeño sótano en el que un puñado de personas llevaban reunidas parte de la noche, alrededor de una gran mesa redonda, tapeteada de verde, sobre la que relucía solitaria la única lámpara de la habitación. Una nube artificial flotaba sobre sus cabezas, arremolinándose en torno a la ya de por sí ténue luz y bañando el aire de la sala con un intenso aroma a tabaco habano. Una de las pequeñas y husiformes chimeneas pardas que lo producían golpeó con un seco movimiento uno de los ceniceros de cristal, dejando caer en su interior una porción considerable de tabaco quemado, y se retiró de nuevo a la boca de su propietario, que la mascó sin piedad.
- "No voy" - dijo Duprés - "Y últimamente parece que nada me va bien, ni me va a ir...así que no tentaré más a la suerte. Me retiro en este momento, señores. Y señorita."
El francés, un hombre pálido y delgado, de cabello oscuro y graso y mirada huidiza, con un aspecto general inquietante, enfermizo, recogió las fichas que le quedaban, apurando una última calada al puro antes de apagarlo, y se levantó dirigiendo una tosca inclinación de cabeza a los presentes para encaminarse a la puerta, donde Desmond, dueño de la casa y máximo beneficiario de aquellas veladas nocturnas, le devolvió el dinero equivalente al exiguo montón multicolor que Duprés dejó sobre el pequeño escritorio que se encontraba junto a la salida.
- "Bueno, al fin podremos jugar tranquilos" - soltó Ciriac en cuanto el francés cerró la puerta tras de sí. Si había alguien a quién aquel hombre desagradable y nervioso no le cayera bien, era a Ciriac - "Otras cien."
Orondo, de modales fastuosos y risa sonora, Ciriac era ampliamente conocido en muchos de los círculos de la ciudad, si bien nadie sabía muy bien a qué se dedicaba, pero su carácter sincero, rayano muchas veces en lo descortés, y sus demostraciones de opulencia le habían hecho un hueco en los grupos más selectos del lugar. Dejando escapar una bocanada de humo de entre sus amplios carrillos le cedió el turno con una inclinación de cabeza al siguiente jugador, que se limitó a hacer su apuesta sin comentar nada al respecto del hombre que acababa de marcharse.
- "Veo tus cien y subo otras ciento cincuenta."
- "Vaya, vaya, Yann, hoy nos hemos levantado valientes, ¿eh?" - carcajeó Ciriac.
Yann era un joven bastante anodino. De pelo castaño y ojos pálidos, solía pasar desapercibido allá donde iba, con sus modales discretos y educados. Era la típica persona cuyo rostro era difícil de recordar un tiempo después de haber compartido su presencia. Sin embargo, bajo su coridal seriedad, se revelaba como un profundo conversador cuando tenía oportunidad, y su pericia en los juegos de cartas le había ganado un lugar de respeto en lugares como aquel.
- "¿Madamme?"
- "Lo veo" - Sentenció Coraline. La presencia de aquella apasionada mujer en la partida era una incógnita para casi todos los presentes, que la conocían más por sus célebres devaneos y sus extravagantes caprichos que por experiencias compartidas. Cuando aquella noche se presentó en casa de Desmond con su impresionante vestido rojo, exigiendo un lugar en la mesa, nadie encontró una razón para negárselo. Sin embargo, todos quedaron muy sorprendidos cuando, lejos de retirarse en las primeras manos, había permanecido hasta que sólo tres personas quedaron en el juego.
Sin embargo, allí se había acabado su suerte. Su full de reinas y sietes se vio truncado por la escalera de color de Yann. Ciriac se encogió de hombros y mostró su poker de cincos. Coraline hizo un mohín, y el elaborado movimiento con que dejó caer la ceniza de su cigarrillo con boquilla en el recipiente de cristal al compás de su cadente pestañeo atrajo por un instante todas las miradas de la sala.
- "Ha sido una magnífica velada, caballeros, pero creo que prefiero perder el resto del dinero en algún lugar un poco más...elegante" - dijo, y abandonando a su paso un rastro de aire perfumado, que parecía ahuyentar al humo con su agradable fragancia, dejó solos a los últimos jugadores y al puñado de curiosos que aún permanecían en el lugar sin participar en las apuestas.
- "¿Una última mano?" - dijo Ciriac, barajando las cartas con maestría y sonriéndole alegre a Yann.
- "¿Por qué no?" - Yann no se dejaba engañar. Tenía buen ojo para las personas, y si Duprés, bajo su fachada extravagante y hostil, no le había despertado sino lástima, Ciriac le causaba un prudente temor. Había visto "ese algo" en sus ojos oscuros mientras le sonreía, "ese algo" que brilla en los ojos de los felinos cuando encuentran una presa con la que jugar. No era sólo cuestión de cartas: Ciriac ocultaba algo peligroso bajo su deslumbrante jovialidad.
Desmond les repartió cartas. Dos ases, un siete, un diez y un rey. La cosa no pintaba mal. Estudió el rostro de Ciriac: su amplia sonrisa no tembló ni por un instante, pero sus ojos se ensombrecieron durante un parpadeo. Eso resultó suficiente.
En realidad, Ciriac no era el único en la mesa con secretos, ni Yann un joven petimetre aburrido cuya única diversión radicaba en los excitantes riesgos del juego ilegal. Yann era un profesional, y tras desplumar a Ciriac y a sus habituales (y no tan habituales, pensó al recordar por un segundo a Coraline) compañeros de mesa, nadie volvería a verle en aquella ciudad. Se preguntó si la atractiva mujer del vestido rojo no habría escondido motivaciones similares bajo su apariencia despreocupada y libertina. Quizá pudieran haber trabajado juntos...o más cosas, quién sabe...pero eso sería en otro lugar, en otra vida.
Yann se quedó con sus ases. Ciriac, con una sola carta. Desmond repartió de nuevo. Dos ases y un rey subieron a la mano de Yann. Poker de ases. Casi no podía creerlo, ¡la partida era prácticamente suya!. Ahora sólo quedaba el intrincado baile de las apuestas.
- "Setecientos."
- "Doblo la apuesta."
Ciriac le lanzó una mirada indescifrable.
- "Y yo también" - dijo.
Yann no se esperaba aquello, y a punto estuvo de perder la neutralidad estudiada de su rostro. ¿Tendría Ciriac una mano mejor, o estaría intentando espantarle con un farol desmedido? Decidió arriesgarse.
- "Todo o nada"
- "Lo veo" - la sonrisa desapareció del rostro de Ciriac mientras bajaba las cartas - "Poker de ases."
- "¿¿Qué??"
Yann miró con estupor las cartas de Ciriac, los cuatro ases y el rey de picas que descansaban sobre la mesa, y luego a su propia mano.
Todas sus cartas estaban en blanco.
Cuando volvió a levantar la mirada, un grupo de esqueletos humeantes de refulgentes ojos verdes se la devolvieron. Con movimientos quebradizos, crujientes, alzaron sus astilladas y calcinadas extremidades hacia él.
- "Todo o nada..." - dijeron, con voces que sonaban al silencio de una cantera abandonada, al deslizar arenoso de cientos de dunas, al crepitar moribundo de una brasa en una chimenea apagada hace tiempo...
*****
Cuando la agente especial Coraline Mendez volvió a entrar en la casa, acompañada por el equipo de la brigada antivicio que había acordonado el lugar durante las horas previas, se sorprendió al encontrar que el interior del edificio estaba vacío y parecía llevar varios años abandonado, en contra de lo que recordaba de hacía apenas minutos. Lo único que encontraron fue el cadáver del timador Yann Egister en el suelo del sótano de la casa, con una expresión de horror en el rostro que la agente recordaría durante el resto de su vida.
Grey Arkhane
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