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    11월 24일

    Barro, humo y sangre...


    [Get Off my Band]
    Éste era el momento de su vida. Adam era perfectamente consciente de ello, y sin embargo no sintió más que una desapegada indiferencia por lo que estaba a punto de ocurrir. Dicen que en esas situaciones toda tu vida pasa por delante de tus ojos, todos esos momentos que, uno tras otro, te han llevado hasta allí, y todos aquellos que lo seguirán, como si vieses todo el panorama de tu existencia desde la montaña más alta de la región. Pero para Adam, toda la vista se reducía a un cristal sucio azotado por el humo.


    Siempre había sido así, desde los insalubres puros que fumaba aquel viejo bastardo que el destino le había adjudicado como padre, y que pronto había aprendido a odiar... Toda su vida había estado marcada por el humo y la suciedad. Adam tiró con un gesto de rabia la colilla que empezaba a extinguirse en sus labios, y por un momento recordó el viejo barrio en el que había crecido: Las calles de asfalto y ladrillo; las grandes chimeneas que fabricaban el cielo que veían cada día; la pobre Doris, la de la panadería, víctima de tantos robos como niños había en el vecindario, y al imbécil de Silver Halley. Menuda paliza. La imagen de sus propios puños, llenos de sangre y barro, golpeando la hinchada cara de aquel criajo pelirrojo y mezquino contra el suelo, le vino a la memoria. Fue una de muchas, la primera, y la única en la que derramó lágrimas. Luego la rabia se convertiría en algo más frío y preciso, que le acompañaría toda la vida, junto al humo y el barro.

    Adam miró los relojes que tenía delante suyo, mientras todo traqueteaba violentamente a su alrededor, a punto de despedazarse. Todos estaban rotos, o estropeados. De alguno de ellos rezumaba un líquido negruzco que en otro momento habría sabido identificar. Pero ahora le importaba más bien poco. Como absolutamente todo, ahora que lo pensaba. Era su instante de gloria. Fue curioso que recordase en precisamente entonces a Sally. Quizás si que era cierto eso de que el tiempo parecía detenerse en aquellas ocasiones... Ella le había llevado hasta allí, hasta aquel lugar, en aquel momento. También entre humo(el de sus eternos cigarrillos, siempre con boquilla), y carmesí(el de sus labios). Algo brillante explotó por detrás de Adam. Muy apropiado. Había conocido a Sally en uno de aquellos fines de semana en los que salía con sus colegas del taller al Chester´s, hace toda una vida... El whiskey y la música los habían unido por una fugaz e intensa temporada, en la que todo parecía brillar, perfecto, inmaculado. Luego vino aquel capullo de Larry, y se llevó a Sally, y a sus amigos, y la música...dejando sólo botellas y botellas de whiskey para Adam. Sabían a soledad, a humo y a venganza, y al regusto metálico de la sangre caliente que bañaba sus puños(o los de su padre) cuando era niño.

    Adam volvió a mirar hacia su destino a través del cristal. Algo tenía que agradecerle a Sally, que en paz descansase con el gilipollas de su novio rico... Ella le había dado aquel momento, y era totalmente suyo. Su primer y mayor éxito.

    Cuando le dieron a elegir, no dudó ni por un instante. Su vida había acabado, Adam Parson había muerto a manos del mismo asesino que Sally, pero por alguna extraña incongruencia él seguía existiendo. Y aquellos jodidos alemanes...le recordaban a su padre. Y a Halley. Y a Larry... Gente que tomaba aquello que creía que era suyo sin importarle nada más, pisando a quién estuviese en medio...como él mismo. Firmó de inmediato. Su conocimiento de los motores y de la mecánica en general hizo que resultase sencillo encajarle en aquella gran maquinaria. Y a partir de ahí, sólo tuvo que esperar su momento, mientras el mundo a su alrededor se sumergía en su propia agonía de barro, humo y sangre...

    Allí estaba, al fin. El humo se despejó frente a los cristales, dejando a Adam frente a un caos de fuego y tierra, donde enormes mareas de hombres se movían en un baile de muerte a la luz de las baterías antiaéreas... Una de aquellas monstruosidades le había dado, llevándose medio ala y uno de los motores del C-47, que ahora se precipitaba en picado hacia el infierno llamado Normandía...

    Éste era el momento de su vida. Un rápido y brillante final. Sonrió.

    Grey Arkhane

    11월 14일

    Cien...


    [Lady Eboshi]
    Era una piedra negra y gastada por el paso de los años, alzada en un pequeño claro en mitad de la espesura, rodeada por un par de bancos tallados sobre la misma roca y una fuente de agua clara. En su parte plana, allí donde las manos de los viajeros habían despejado una y otra vez su superficie de las hierbas y raíces que luchaban por cubrirla, había grabada una C tosca y desdibujada, pero que latía con un tenue resplandor blanquecino sobre la piedra oscura.

    C...C de Cien. Cien pasos, cien días, cien kilómetros, cien latidos...realmente daba igual. Todo viajero pasaba por allí cuando su momento había llegado, cuando había recorrido aquel centenar, más largo o más corto, que lo separaba de su punto de origen...

    En aquellos momentos, estaba vacío, y los asientos de piedra parecieron invitarle a sentarse entre el frescor de la maleza que se apelotonaba tras ellos, bajo la sombra de los altos árboles que velaban por aquel remanso de tranquilidad. El viajero dejó su bolsa en uno de los bancos, y se arrodilló junto a la fuente para saciar su sed. Cambió el agua de sus dos cantimploras, y acarició suavemente la marca sobre la fuente.

    Cien... Por un momento pensó en el camino que había recorrido, y recuerdos surgieron en su mente: Los paisajes que había contemplado, la gente con la que había compartido su senda, las historias a la luz del fuego de las tabernas, los encuentros y los desencuentros, la soledad del camino y la cálida compañía de los lugares de reunión...Dejó que danzasen en su mente durante un instante. Había sido un viaje muy largo, si, y había visto tantas cosas...

    ...pero aún no se había terminado. Aún le quedaba mucho por andar.

    Así que recogió su bolsa y su bastón, y, sin mirar atrás, prosiguió su camino...

    Grey Arkhane
    11월 4일

    A Jazz Solo


    [All the things you are]
    Te sientas en el taburete, en la mesa del fondo. Sería la parte más oscura del local, si no estuviese todo él sumergido en una penumbra íntima, fruto de las pequeñas llamas sobre las mesas. Las luces ondulantes de las pequeñas velas se reflejan en tu rostro mientras te acomodas y te sirves un vaso de lo que quiera que contenga la pequeña botella que tienes ante tí.

    Evalúas con una mirada furtiva, inquisidora en su anonimato, al resto de los parroquianos del local, y te preguntas cuántos habrán sido conducidos hasta allí por la noche, y cuántos, como tú, por la música. La música...observas a sus amantes, sobre el escenario, sumergidos en ella, extasiados en el sublime trance de la creación, y fugaces ráfagas de admiración y envidia cruzan tu ánimo. Las dejas atrás, y te dejas llevar por esa música que, aunque no seas tú quién le da forma, te absorbe y te llena igual que a ellos, y vuelves a tus cavilaciones sin propósito.

    Tu vista se detiene por un momento en la pareja de dos mesas más allá y sus miradas cargadas de susurros y deseos, aislados del resto del mundo, atrapados en la única existencia del otro, en el embrujo de una música que realmente no escuchan, y que sólamente es un telón de fondo a la balada conjunta de sus corazones... Por un momento piensas en aquella que posee las llaves del fuego de tu alma, pero por alguna razón hoy no deseas que estuviese aquí. Esta noche la música suena con notas de soledad esquiva, teñida con la ilusión de olvido de lo que hay tras las puertas de metal negro del pequeño local, y tú la abrazas con el ansioso agradecimiento con el que el enfermo recibe su bálsamo. Esta noche, sólo estás tú, la música, y el contenido de tu copa.

    Y tus pensamientos, claro. Ellos también se mueven al ritmo del bajo y la batería, entretejiendo sus propias melodías inaudibles con los saxofones y el trombón. Piensas en todo y en nada, y te preguntas por momentos si el resto de la gente sentada en las mesas estará mirándose a si misma en un espejo tan cristalino como el que ahora te lanza una mirada triste, desde el fondo de la copa. Le das otro sorbo al líquido de regusto salado y burbujeante. Nunca has tomado alcohol, precisamente para mantener el control de estos momentos, en los que tu espíritu ve las puertas abiertas y se abalanza hacia la inconsciente libertad del autoengaño con la alegría suicida del adicto a los sueños. Serías tan feliz si pudieses descansar para siempre...pero hagas lo que hagas, la realidad vuelve a llamarte a capítulo cada mañana, y prosigues tu rutina intentando no pensar demasiado en ello.

    Menos en momentos como este, en los que te evades hacia tu propio universo personal, un lugar pequeño, insignificante y acogedor, coloreado con el crepitar lejano del mar bajo el cielo gris y el sordo rumor de la verde oscuridad de bosques perdidos, en el que resuenan melodías que te hacen extrañar todos aquellos paisajes que nunca llegaste a encontrar. Quizás por eso te gusta tanto este lugar y su cálida penumbra, envuelta en las notas sencillas y tristes de Charlie Parker... Será que así no puedes escapar de esa nostalgia que tanto añoras, encontrando de ese modo una razón para tu inexplicable melancolía, más allá de la eterna contradicción que supone la existencia de cierta felicidad en el desconsuelo.

    Vuelves a centrar tu atención en el escenario, y así dejas que pasen las horas, en una noche que deseas que nunca acabe...

    Grey Arkhane