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11월 14일 Pies de CristalPies de Cristal cerró los ojos, disfrutando de la placentera intensidad de aquel momento. Su cuerpo flotaba grácil e ingrávido en el seno acogedor del aire que lo rodeaba. Nada existía más allá de aquel instante, nada en el pasado, nada en el futuro, tan sólo la abrumadora paz de sentirse por fin libre, sin ataduras ni sufrimiento, pleno en aquel lugar al que su espíritu pertenecía realmente: Un mundo de nubes y brisas, de viento y de aire, de caprichosas danzas invisibles y misteriosos secretos envueltos en vapor. Pies de Cristal había decidido liberarse. Cuando finalmente aprendió a caminar(y su tiempo le había llevado a sus padres enseñarle, pues al principio se negaba, incapaz de entender la utilidad de tal proceso) descubrió que cada paso alimentaba una creciente molestia, un dolor constante que lo acompañaba, nunca intenso pero siempre presente, como la sombra de una bestia marina por debajo de la superficie aparentemente tranquila de un lago. Largos años padeció aquel secreto tormento, intentando comportarse como el resto de sus congéneres, intentando racionalizarlo como algo normal a su condición, como algo soportable. Pero nada hacía que lo fuese y tarde o temprano, cuando nada más podía ocupar su mente, el dolor le recordaba su sempiterna presencia. En aquellas ocasiones se sentaba y sufría, hasta que lograba enterrar ese sufrimiento bajo una nueva y efímera convicción. Hasta aquel día en que decidió que no volvería a hacerlo. Una sonrisa cruzó su rostro mientras se levantaba y tomaba impulso. Pies de Cristal saltó. Y voló, libre del yugo del dolor, de la irracionalidad de aquella tierra carente de sentido que castigaba cada uno de sus pasos, sintiéndose parte del viento que lo rodeaba y lo abrazaba como a un hermano largamente perdido y finalmente hallado. Su mente se vació de todo pensamiento y preocupación, y no sintió sino la cálida presión del sol sobre su piel y la suave brisa que se colaba por entre sus ropas. El dolor había desaparecido, dejando en su espíritu un vacío reparador y gratificante. Aquel era su hogar y en él, durante aquel largo instante, Pies de Cristal fue feliz. Pero la gravedad ejerció su implacable tiranía, arrastrándolo de nuevo al suelo con la iracunda fuerza de una amante celosa y dolida, clavando sus pies en la tierra con el terrible peso de una lápida. Pies de Cristal sintió cómo todos los huesos de sus piernas se quebraban al mismo tiempo, astillados en mil fragmentos transparentes como el aire que había surcado, ensuciados con la sangre que era como el barro en el que ahora se retorcía, gritando, perdida para siempre su felicidad. Grey Arkhane |
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