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    December 10

    ...y no la guerra


    [Bocanegra]

    Los primeros rayos de sol surgieron de entre las nubes, tiñendo de oro pálido la escena que acontecía en la llanura.

    Al pie de las colinas que bordeaban la entrada al valle de Aibhn Làidir, único paso hacia las montañas de Àrd Adhar, al otro lado de las cuales se hallaban las tierras de Saorsbenn, se congregaban miles de hombres. Armados con hachas y espadas, con tachonados escudos de madera de roble y cortas lanzas de avellano, los cuadros y las rayas de sus pantalones, camisas y capas formaban un colorido mar en el que se respiraba la tensión de lo ineludible. El nerviosismo podía palparse en las respiraciones agitadas, que enviaban nubes de vapor a la fresca mañana bajo los protectores de los sencillos cascos, y en el sudor que bañaba los torsos tatuados con espiralados motivos azules de quienes habían elegido ir a la batalla sin más armadura que su propio coraje.

    El pueblo libre de Saorsbenn, la gente de los clanes de las Marcas Altas, había decidido plantar cara a la violenta ola de sangre y fuego que avanzaba desde el sur. Los bardos y los escaldos cantaban canciones tradicionales de guerra, aunando sus enardecidas voces al retumbar de las gaitas y los tambores, que parecían vibrar con el poder mismo de aquellas tierras cuyos habitantes habían morado desde el principio de los tiempos, y que ahora veían en peligro ante el terrible poder de sus enemigos. "Saorsbenn no se rendirá, Saorsbenn no caerá sin sangre", parecía decir la sonora y contundente melodía ante los oídos extranjeros, desconocedores de las palabras que surgían de las bocas de aquellos guerreros salvajes.

    Un silencioso murmullo metálico, adornado con el ocasional relincho de los caballos, era la única respuesta que se escuchaba desde el otro lado de la llanura, aquella que descendía en suave pendiente hacia los recónditos puertos bañados por el fogoso mar del norte. El tintineo de las corazas y las cotas de malla bajo los tabardos blancos era lo único que se escuchaba en las disciplinadas cohortes de la Iglesia del Profeta, cuyas filas de infantería y caballería se extendían a lo largo y ancho de la planicie, hasta donde la vista de los valerosos hombres de las montañas alcanzaba. Aquella era la Séptima Legión de la Ciudad Sagrada, enviada a las tierras del norte para someter bajo el yugo del Sacro Imperio a los pueblos bárbaros que aún renegaban de la Verdadera Fe. Oro y plata brillaban bajo la luz del amanecer, transmitiendo con su reflejo la luz de Dios a los salvajes que pretendían frenar su avance.

    Pero Theos es misericordioso, y su palabra ha de ser transmitida antes con la compasión que con la espada. Athaneos, el respetado comandante de la Séptima Legión, era consciente de ello, así que, tras disponer las tropas y entregar las órdenes a sus subalternos, espoleó su caballo, en solitario, hacia las líneas enemigas. Una voz se alzó entonces desde las primeras filas, y a ella se le sumaron las cercanas, y luego las próximas a estas otras, así hasta que un único salmo de miles de voces se alzó sobre las colinas como la misma voz del Creador. Athaneos iba desarmado, enarbolando el estandarte blanco de parlamento sobre su brillante armadura. Al llegar a la mitad del terreno que separaba a ambos ejércitos, detuvo a su fiel corcel y desmontó, clavando el asta del pabellón junto a él. Y entonces esperó, bajo el estremecedor canto de sus templarios, inflamados de la voluntad divina.

    La propia Ceid de los hombres del norte salió a su encuentro. Vino caminando, despacio, sin apresurarse, dejando que el largo manto de piel que cubría sus hombros acariciase la verde hierba embriagada en rocío a su paso. Dos recias espadas cortas descansaban sobre sus caderas, moviéndose con el suave vaivén de estas, y numerosos colgantes tallados en plata y piedra danzaban en los pliegues de su ligera y elegante armadura de cuero. Eynidh de Baile Deàrrsadh, Falt nan Oidhche, la dama guerrera de Aibhn Làidir, señora de las tierras del valle que los norteños guardaban a sus espaldas. Falt nan Oidhche... "Cabello de la Noche"... Athaneos comprendió el porqué de tal nombre al contemplar la sedosa cabellera, negra como ala de cuervo, que caía sobre la espalda y los hombros de la mujer. Esquirlas y adornos de plata se prendían en ellos, y al andar se balanceaban serenos, como movidos por la marea. La melena de aquella guerrera era un halo robado a la misma noche, cubierto de pequeñas estrellas. Sus ojos castaños, profundos y afilados, se clavaron silenciosos en el comandante invasor cuando finalmente se detuvo ante él, regia, soberbia, desafiante...

    Athaneos se quitó su pesado yelmo y echó hacia atrás la capucha de malla, dejando al descubierto su propio rostro de facciones sobrias, tranquilas, rematado por una mata de pelo castaño y una descuidada barba entre las que brillaba una escrutadora mirada gris. Con el casco bajo el brazo, avanzó al encuentro de la joven reina.

    Su mirada se posó sobre aquellos pozos oscuros que le contemplaban desde el hermoso rostro, y percibió en ellos un brillo repentino, agitado, que bullía entremezclado con la tensión del enfrentamiento, con la incertidumbre del destino que correría su pueblo y con la regia tranquilidad de quién se debe a éste. El joven comandante reconoció ese destello, y su espíritu se removió inquieto. En aquellos ojos castaños se hallaba algo nuevo, algo tan simple como terrible que lo cambiaba absolutamente todo. Y supo que ella había descubierto lo mismo en su propia mirada.

    Athaneos olvidó las palabras de su Dios, las razones de su parlamento, y dejó caer el yelmo sobre el fresco prado. Eynidh ignoró el temor que sentía por su pueblo, y soltó la larga y pesada capa que frenaba su paso. Y ambos, sin dejar de mirarse, dejaron que sus brazos se atrapasen mutuamente y que sus labios, guiados por aquella inesperada certeza, se encontrasen durante un largo momento en el que toda la llanura a los pies de las montañas de Àrd Adhar guardó absoluto silencio.

    Y así fue como la Batalla de Aibhn Làidir, el primer paso de la sangrienta conquista de las tierras de Saorsbenn por parte de la Iglesia del Profeta, nunca llegó a tener lugar...

    Grey Arkhane