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2월 19일 RecompensaLlegó caminando, con un saco al hombro, y un rifle a su espalda. No necesitaba un caballo. Eso le hubiese hecho llegar más rápido, cierto, pero...¿qué prisa había? Los carteles aún colgaban en los postes de la ciudad, las opciones aún estaban vigentes... Aún había tiempo. Bueno, ya no, pero tampoco le importaba. El polvo del desierto había dotado a todas sus ropas de un uniforme tono grisáceo, como hacía con todo aquello que se adentraba en él, como la ciudad misma. El sol despuntaba en lo alto de la media tarde cuando llegó a las primeras casas de madera.
Su primera parada fue en el primer pozo que encontró. Tras refrescarse y beber lo que consideraba necesario, llenó sus cantimploras. Tras años dedicándose a aquello, años conviviendo con la soledad del desierto, se había convertido en una costumbre. De ahí, se dirigió al primer portal en el que pudo detectar vida humana.
Un viejo recostado en una silla igual de antigua que él, a la sombra que la balconada del edificio le proporcionaba, le recibió con una sonrisa tan falta de dientes como de alegría. Conocía bien sus ojos de zorro, los había visto miles de veces en cientos de lugares diferentes, pero iguales entre si. Una moneda voló desde su mano hacia las del viejo, y comenzó a desembuchar.
-"Así que eres uno de esos, ¿eh? Bueno, no sé exactamente qué buscas o qué has encontrado, pero deberías echarle un vistazo a lo que hay por aquí... ¿Ves el cartel del tipo de las gafas, el que parece un doctor? Van Stirling...un tipo frío y sin piedad...pasó a cuchillo a más gente de la que sepa contar, y no solo inocentes, no...lo buscan desde hace tres años. Tendrías un buen retiro si se lo pusieses en bandeja al Sheriff, ¿sabes?"-Sus ojos de zorro le escrutaron, de arriba a abajo-"Nah, pero no pareces ser de los que tengan pelotas para intentarlo. Lo siento, rojo, ese no es tu tipo"
Una mirada de impaciencia destella en sus ojos oscuros, y otra moneda cae en manos del anciano truhán.
-"Ah, ya... Negocios, negocios... Ni un momento para charlar. La tercera calle a la derecha, crúzala hasta el fondo y a mano izquierda la tendrás. Un lugar pequeño, pero inconfundible."
Sin despedirse, se encaminó hacia la dirección indicada. A medida que cruzaba las calles, podía notar las miradas puestas en él. En general, los forasteros no gustaban. Traían dinero, si, pero a menudo iba acompañado por más problemas de los que valía su oro. Eso, claro, cuando su intención no era directamente saquear o arrasar lo que los desconfiados colonos habían construido a lo largo de los años con su sudor y su sangre. Lugares sucios y oscuros, si, pero suyos al fin y al cabo. Él despreciaba a aquella gente de ciudad, pero no por ello dejaba de reconocerles el cierto respeto(aunque exiguo, comparado con sus pecados) que merecían.
***
Aquella era una ciudad grande. Sus autoridades, competentes. Ninguna ciudad prosperaba tanto sin un orden eficiente. Sus sospechas no se vieron defraudadas. La oficina del Sheriff era un edificio pulcro, de dos pisos, no tan pequeño como había esperado tras la escueta descripción del viejo. Sin molestarse en quitarse el sombrero adornado con dos plumas, traspasó las puertas. En el interior trabajaban afanosos varios hombres. Uno de ellos, con aspecto de archivista o banquero(un ayudante de despacho, supuso), se le acercó.
-"¿En qué puedo ayudarle?"-Exclamó, solícito a la par que inquisitivo.
Sin decir una palabra, el hombre de largos cabellos y ojos oscuros echó el saco que llevaba a su espalda sobre el escritorio más cercano. Ligeramente sobresaltado, el ayudante lo abrió, mientras el hombre sacaba de otro petate un fajo de papeles envejecidos por el viento del desierto.
Repentinamente pálido, el hombrecillo llamó con un grito trémulo al Sheriff, el cual se presentó corriendo. De complexión robusta y bigote atusado, chaqueta limpia pero práctica, resultaba, a ojos observadores, un hombre de acción y de honor. Un tipo adecuado para aquel cargo. Cosa rara, desde luego, pero positiva en su rareza. Con sus expertos ojos grises evaluó al recién llegado de tez rojiza, que lo contemplaba con calma desde la oscuridad que su sombrero y su cabellera arrojaban sobre su mirada, y lo que había provocado el pánico de su joven ayudante.
Había tres cabezas sobre la mesa, resecas por el calor y la arena, pero aún reconocibles. El visitante le extendió los papeles que había sacado de su petate: Tres carteles como los que había colgados por toda la ciudad, tres recompensas que cobrar.
-"Cielo santo, no puede ser verdad..."-Musitó el Sheriff, mientras hojeaba los papeles y le echaba una mirada atenta a los sangrientos trofeos que manchaban el escritorio de su ayudante.-"Hijo, ve a buscar al señor Everett, y que traiga esta cantidad...en metálico"
Tras una desorbitada mirada a los papeles y un discreto silbido, el ayudante salió por la puerta, en dirección al banco de la ciudad, dejando solos al Sheriff y al cazarrecompensas cara a cara.
-"Bueno, chico, supongo que debemos darte las gracias... Sammy Chelsea y Judas Wright...dos buenas piezas, si señor...y el mismísimo Van Stirling. Muchos hombres han muerto buscando a estos cabrones... No sé como te las habrás arreglado, hijo, pero Dios o el mismísimo Diablo deben de tenerte en muy alta estima..."
No hubo respuesta por parte del hombre de ojos oscuros. El banquero Everett y el ayudante entraron en aquel momento.
-"ehm...bueno. Aquí está tu recompensa. 82000 por Chelsea, 84000 por Wright...y 90000 por Stirling. Una pequeña fortuna, si señor..."
El cazador recogió el dinero de manos de Everett y lo guardó, antes de encaminarse de nuevo a la puerta. Antes de que llegase a cruzarla, el Sheriff le detuvo, llamándole.
-"Una última pregunta, forastero: ¿No hubo modo de que los entregases vivos?"
-"Merecían morir"-Fue su única respuesta, acompañada de una última mirada de sus serenos y fríos ojos.
***
Menos de una hora después, un caballo blanco recién comprado salía de la ciudad, en dirección a las lejanas colinas del Noroeste. Durante días, él y su jinete, el cazador de tez rojiza y mirada oscura, cabalgaron en aquella dirección, dejando atrás el desierto para adentrarse en las extensas praderas y los bosques que crecían un poco más arriba, en las laderas de los montes más bajos de la escarpada cordillera que coronaba aquella región.
Apenas deteniéndose para comer o dormir, el jinete dirigía suaves palabras de ánimo a su montura, empujándola a cabalgar veloz a través de los pastos y los riachuelos, hasta llegar a su hogar...
Durante el viaje comprobó varias veces cuánta agua le quedaba. En ninguna ocasión volvió a contar los billetes de la recompensa, olvidados en el fondo de su petate.
***
Se acercaba el Invierno, pese a que en las tierras del Sureste, en pleno desierto, la diferencia fuese incierta con respecto al resto del año. Y en una noche fría, el hombre de ojos oscuros llegó a su hogar. Así consideraba a aquel pequeño conglomerado de chozas, hechas con madera y gruesas pieles, en una mezcla ecléctica entre las cabañas de los colonos y los tradicionales tipis, en las que vivían los pocos que quedaban de los suyos. Los pocos que habían escapado.
Apenas dedicó un breve saludo a los jóvenes centinelas que salieron a su encuentro, dejándolos al cuidado de su caballo, para dirigir sus pasos al extremo norte del valle, hacia una tienda que recordaba especialmente entre todas las demás. Su hogar.
Al deslizar la piel que cubría la entrada, el pequeño fuego que ardía en su interior iluminó su rostro, enmarcado por su larga cabellera negra. En el otro extremo de la habitación, una mujer trenzaba un tejido, rojo y blanco. El cazarrecompensas dejó caer la bolsa con el dinero ganado sobre la pequeña mesa junto a la entrada. Sobresaltada, la mujer se volvió primero hacia el sonido, observando desconcertada la pequeña fortuna que se desparramaba sobre la mesa, y un segundo después hacia el inesperado visitante, con la sorpresa pintada en sus hermosas facciones al reconocerle.
-"¡A Khi Ko´Ka!"-gritó, emocionada, mientras se lanzaba a sus brazos.
-"Ehawee..."-murmuró el cazador a su oído, mientras se sumergía en el olor de su pelo y, por primera vez en mucho tiempo, dejaba que a sus ojos oscuros asomase una sonrisa de felicidad...
Grey Arkhane
2월 5일 Vincent (Heat)Vincent miró el cargador del arma, vacío, y la arrojó al suelo. Ya no le hacía falta.
Sus ojos pálidos, tristes, silenciosamente mudos tras su perpetua máscara de imperturbabilidad, contemplaron el sordo choque del arma contra el suelo de tierra. Ya no hacía falta...
Dejó escapar un jadeo ahogado, exhalando todo el cansancio de días de trabajo, de búsqueda, de...de caza. Había sido un día muy largo. Tan largo como su instinto de cazador le había permitido, devorando incansablemente a esa parte de él, esa parte...humana, que le pedía a gritos rendirse y descansar. Pero el depredador seguía allí dentro, salvaje, contagiándole del ánimo de la cacería... La noche era luminosa, las luces de farolas y focos iluminaba el sucio cielo nocturno con su fulgor de fuego extinto, y hasta sus oídos solo llegaba el apagado quehacer de la vida nocturna en la ciudad... y las sirenas, claro. Pero él no las escuchaba.
Con esa misma mirada triste que le dedicaba a todos los cadáveres, a todas las víctimas, a todos aquellos inocentes que le suplicaban en sus sueños justicia, o venganza, contempló a su presa. Ahora era un muerto más, poco importaba quién hubiera sido antes de eso. Su trabajo era cazarlos, cazar a todos aquellos que creían poder crear impunes sus propias leyes, sus propias reglas, por encima de los demás... como aquel pobre diablo.
Y ahora todo había acabado. La caza había concluido. Podía abandonar aquel lugar y volver a...¿volver a qué? ¿A una vida que no tenía, sacrificada hace tiempo en pro del deber, de la culpa, de...de la necesidad? ¿A una rutina inexistente, a una tranquilidad que sólo causaba inquietud en su espíritu, terrible y voraz? ¿A un matrimonio roto y dividido, sujeto con hilos de esperanzas vacías? De repente, todo parecía estar tan...hueco... La caza había terminado. Vincent miró de nuevo a su arma, tendida entre la hierba.
¿Ya no hacía falta?
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