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    March 17

    Time Stand Still...


      

    "Morgoth salió, subiendo lentamente desde el trono profundo, y el sonido de sus pisadas era como un trueno bajo tierra. Y salió vestido con una armadura negra; y se erguía ante el Rey como una torre coronada de hierro y el vasto escudo, negro y sin blasón, arrojaba una sombra de nubes tormentosas. Pero Fingolfin brillaba debajo como una estrella; porque la cota de malla era de hilos de plata entretejidos, y en el escudo azul llevaba cristales incrustados; y desenvainó la espada, Ringil, que relució como el hielo." - El Silmarillion, J.R.R. Tolkien

    "Tres veces cayó el Rey de rodillas y tres veces se volvió a levantar con el escudo roto y el yelmo mellado." - El Silmarillion, J.R.R. Tolkien
     



    Light fails at dawn
    The moon is gone
    And deadly the night reigns

    Deceit

    Finally I've found myself
    In these lands
    Horror and madness I've seen here
    For what I became a king of the lost?
    Barren and lifeless the land lies

    Lord of all Noldor
    A star in the night
    And a bearer of hope
    He rides into his glorious battle alone
    Farewell to the valiant warlord

    The Fate of us all
    Lies deep in the dark
    When time stands still at the Iron Hill(2x)

    I stand alone
    Noone's by my side
    "I'll dare you
    Come out
    You coward
    Now it's me or you"

    He gleams like a star
    And the sound of his horn's
    Like a raging storm
    Proudly the high lord
    Challenges the doom
    Lord of slaves he cries

    Slowly in fear
    The dark lord appears
    "Welcome to my lands"
    "You shall be damned"

    Lord of all Noldor
    A star in the night
    And a bearer of hope
    He rides into his glorious battle alone
    Farewell to the valiant warlord

    The Fate of us all
    Lies deep in the dark
    When time stands still at the Iron Hill
    (2x)

    The iron crowned
    Is getting closer
    Swings his hammer
    Down on him
    Like a thunderstorm
    He's crushing
    Down the Noldor's
    Proudest king

    "Under my foot
    So hopeless it seems
    You've troubled my day
    Now feel the pain"

    Lord of all Noldor
    A star in the night
    And a bearer of hope
    He rides into his glorious battle alone
    Farewell to the valiant warlord

    The Fate of us all
    Lies deep in the dark
    When time stands still at the Iron Hill(2x)

    The Elvenking's broken
    He stumbles and falls
    The most proud and most valiant
    His spirit survives
    Praise our king
    Praise our king
    Praise our king
    Praise our king


    Con cada amanecer, todo ser humano se enfrenta a sus propios miedos, oscuros y terribles. Y así, día tras día, cada uno de nosotros toma la misma decisión: Sucumbir al oscuro manto de la desesperación, o convertirse en la diminuta luz que le plante cara.

    ¿Qué has elegido tú hoy?

    Grey Arkhane


    March 07

    La Espada y la Piedra

     

     

    El hombre llamó a su hijo mayor,
    mientras el hermano pequeño y la madre de ambos partían por el estrecho camino hacia el pueblo cercano. El sol comenzaba a descender con resplandor de oro viejo, arrojando sus rayos sobre la superficie del viejo lago enclavado entre montes cubiertos de pinos. Una suave brisa primaveral hacía ondular la superficie del agua, agitando las ramas de las coníferas en un sordo rumor.

    Lannach, apenas un rapaz de dieciséis años, de ojos claros y cabello oscuro, se acercó a su padre con porte serio, abandonando las tareas de cepillar y ensillar al inquieto caballo negro que habría de llevarle al día siguiente al mismísimo palacio del Señor de Ardin. Un pequeño hato descansaba a pocos pasos del animal, el humilde equipaje que el chico había decidido llevar consigo.

    Los ojos moteados de verde permanecieron tranquilos, mientras un reflejo treinta años más viejo de si mismos los evaluaban desde aquel rostro sereno, curtido con las marcas de una vida larga y ardua. Una sonrisa brilló en ellos, aunque los labios del hombre apenas se movieron.

    “Estoy orgulloso de ti”, dijo Adfayrn. El chico sonrió abiertamente, sin reparar en el apenas perceptible matiz de tristeza que tintaba la voz de su padre.

    Hacía unos días, Lannach había escuchado gritos mientras deambulaba por el bosque cercano. Cuando se acercó al lugar del que provenían se encontró con una joven dama, un par de años más pequeña que él, que sollozaba en el recodo de una senda mientras se aferraba la pierna con ambas manos. Cuando se dejó ver, apareciendo entre los arbustos, el rostro de la chica se iluminó como si se hubiera encontrado con un ángel guardián. Entre hipidos le explicó lo que había ocurrido: se llamaba Elaide y era la hija de Derrin, Señor de Ardin. Su caballo la había arrastrado consigo y finalmente tirado al suelo en un arrebato de locura mientras paseaba por las tierras de su padre. Había perdido a su escolta, la caótica carrera la había desorientado y al caer se había torcido el tobillo, impidiéndole andar. Sin pensárselo dos veces, el chico la subió a la espalda y caminó hacia el lugar habitado más próximo que recordaba, una pequeña aldea cercana. Para cuando llegaron, toda la zona estaba llena de ajetreados hombres de armas, quienes los llevaron a presencia del intranquilo padre de la muchacha.

    Unas horas más tarde, Lannach llegaba a su hogar con un caballo negro, regalo de Elaide, y una carta escrita del puño y letra de Derrin de Ardin, nombrándole primer escudero de su primogénito Drallan. La noticia fue acogida con una mezcla de sorpresa, orgullo y temor, pero nada se discutió al respecto: era una decisión irrevocable. Y no sólo por parte de Lord Derrin: en la mirada de Lannach se podía entrever ese brillo cauto de quién se sabe a punto de emprender grandes tareas.

    “Ven, siéntate a mi lado”, añadió Adfayrn, dejándole sitio en el viejo banco de madera que él mismo había fabricado hace tiempo. Desde allí se contemplaba todo el lago, rodeado de montañas, así como las aldeas cercanas y el sendero que venía desde una de ellas a morir a la humilde casa del guardabosques. “Mañana será el primer día de una vida nueva para ti, Lannach. Te enfrentarás a muchas cosas nuevas y sorprendentes, algunas maravillosas, otras terribles...” Adfayrn hizo una pausa y miró a su hijo. “Pasará mucho tiempo antes de que vuelvas, si alguna vez llegas a hacerlo...pero me gustaría que te llevases algo de este lugar, algo que siempre te recuerde al hogar en el que naciste.”
    “¿Qué, padre?”
    “Una historia...”


     
     

    El grupo de jóvenes escuderos se escabulló por las callejuelas vacías de Kaer Luthein. Las cuatro figuras embozadas en capas se apresuraron de portal en portal, aprovechando los recodos y nichos envueltos en sombras para esconderse de las patrullas de la milicia que rondaban la vieja ciudad.

    “¡Vamos, Athrwys!”, apremió entre susurros una de las figuras a la última de ellas, algo retrasada con respecto a sus compañeros. Cuando llegó a su altura, una disculpa salió de las profundidades de la capucha de tela, bajo la cual se dejó entrever el rostro de rasgos aniñados, pelo pajizo y profundos ojos azules del más joven de los escuderos.

    Dagonet, el instigador de aquella aventura nocturna, le dedicó una sonrisa, a medias tranquilizadora y a medias feroz, propia de su carácter despreocupado hasta el extremo de la insensatez pero en el fondo amable. “Ya queda poco”, dijo, “la plaza se encuentra a un par de manzanas.”

    El prudente Bedwyr y el cuarto escudero cruzaron sendas miradas sombrías. Se habían escapado del barracón donde habían alojado a la servidumbre que acompañaba a los participantes del prestigioso torneo de Luthein, celebración que desde hacía años se llevaba a cabo con motivo del Caregan Swyn, el Ritual de la Piedra, al que acudían numerosos caballeros y nobles de todos los feudos cercanos. Si les cogían fuera de las dependencias que tenían asignadas, el castigo sería terrible. Dagonet, con un largo historial de peripecias similares, lo sabía bien, y sin embargo parecía ser al que menos le aterraba tal posibilidad.

    Tras esquivar a un par de grupos más de guardias, los cuatro escuderos llegaron a su destino. El cielo nocturno estaba despejado y plagado de estrellas, pero la luna nueva les proporcionaba una cobertura idónea. La plaza era amplia, como si la aglomeración de casas que constituía la ciudad hubiera decidido respetarla por alguna razón desconocida. En el ambiente se respiraba una sensación de quietud impropia de la urbe que los rodeaba, como si en el corazón de aquella encrucijada habitase el recuerdo imperecedero del profundo bosque que una vez cubrió aquel lugar, custodiado por los pocos y ancianos árboles que todavía crecían en el jardín de su centro. Entre ellos aún se conservaban las gastadas ruinas de un olvidado templo, los restos de columnas y altares desperdigados entre los setos, cubiertos de hiedra y enredaderas. La neblina nocturna flotaba a su alrededor, acabando de perfilar la atmósfera mágica que parecía impregnar en todo momento la vieja plaza.

    Los cuatro adolescentes se contagiaron del silencio reinante, y con expresiones de muda expectación en sus rostros contemplaron su objetivo. En mitad de los árboles y las viejas ruinas, alzándose entre jirones de niebla, se encontraba la roca del Caregan Swyn, un oscuro bloque irregular de poco más de metro y medio de altura. Y clavada en él, destellante aún en la noche oscura, rodeada de un halo propio, se encontraba la Espada.

    Según la tradición, el misterioso druida Myrllin Emrys, principal consejero del antiguo Rey Uthyr, el Monarca Dragón, había clavado la espada del rey en aquella roca a su muerte, profetizando el fin de los largos conflictos fratricidas que asolarían el Reino durante los siguientes años con el momento en el que el heredero legítimo del trono lograse desenfundarla de nuevo. Desde aquel día, todos los nobles de la región, e incluso otros llegados de tierras lejanas, trataron de hacerse con ella. No obstante, el arma se había aferrado tercamente a la roca durante años, sin que ninguno de los que intentaron extraerla lograse explicar cómo.

    Con el paso de los años, aquella costumbre se había convertido en una festividad anual, en la que numerosos caballeros se enfrentaban a la espada en la piedra en una ceremonia vigilada por los sacerdotes de la ciudad, y participaban en torneos y banquetes organizados para distender la frustración de aquellos eternos aspirantes. Los cuatro escuderos se habían conocido en uno de aquellos banquetes, y rápidamente habían hecho buenas migas. La noche anterior, Dagonet les había revelado su plan: “La noche antes de partir hacia Kaer Luthein, una visión del futuro se me reveló mientras dormía. Contemplé al Viejo Reino unificado de nuevo, gobernado por un rey sabio y poderoso, tan brillante como el legendario Uthyr. En el sueño, una voz me decía: Dagonet, tú habrás de propiciar la llegada de esta nueva era de paz...en tus manos reside la responsabilidad de que la Espada sea blandida de nuevo. Entonces supe que debía intentarlo...debía tratar de tomar la espada de la piedra. Pero ni los sacerdotes ni Sir Cryowan me permitirán jamás acercarme a ella...así que tendré que intentarlo cuando nadie pueda impedirlo.” 

    La seriedad y la convicción con la que Dagonet pronunció aquellas palabras, tan impropias de su carácter normalmente juerguista y disperso, encendió un fuego en el corazón de sus tres compañeros, que prometieron acompañarle a pesar del evidente riesgo. Ahora, los cuatro se encontraban frente al objetivo de su alocada empresa.

    Como sombras, se deslizaron hacia el centro de la plaza, traspasando las gruesas cadenas que cercaban el pequeño jardín y acercándose al centro de las ruinas, con todos sus sentidos alerta para detectar la menor presencia de posibles guardias.

    “Una noche agradable para pasear, ¿no es cierto?” La voz les hizo pegar un brinco. Bedwyr dejó escapar un corto grito de terror. Un anciano de largos cabellos, envuelto en una túnica grisácea, se había materializado a su espalda de forma repentina, surgiendo desde detrás de una vieja encina. Dagonet soltó una maldición. Los cuatro zagales intentaron escabullirse a la carrera, pero de algún modo el anciano los agarró a todos, sentándolos bruscamente en el césped húmedo. Aterrados, se encontraron frente a frente con los rasgos severos del anciano.
    “¿Pero por qué precisamente por aquí, digo yo, eh...?” Ninguno de ellos logró articular palabra. Todos miraban boquiabiertos a la terrible figura que, apoyada en su bastón, les taladraba con una escrutadora mirada. “Vamos, responded, alguno...¡tú, por ejemplo!”, dijo, señalando al inquieto Bedwyr.
    “Yo...esto...nosotros...” miró alternativamente a un lado y a otro, como queriendo escapar de los terribles ojos del anciano.
    “Los dioses nos han encomendado la tarea de tomar la Espada de la piedra, y restituir la gloria del Reino.” Todos miraron a Athrwys. Una expresión decidida se reflejaba en el rostro del discreto escudero a la escasa luz del lugar. Con aquellas palabras, su voz transmitió la fe en la nobleza de la misión en la que se habían embarcado que aquellos cuatro chicos albergaban en sus corazones, de manera sencilla y orgullosa, como retando a aquel anciano a ponerla en duda.

    Durante un largo instante, las miradas del viejo y del delgado joven se enfrentaron. Los otros tres podían sentir la magnitud del silencioso duelo tras aquellas miradas, del juicio que tenía lugar en la mente del anciano sobre la sinceridad de aquellas palabras y sobre qué debería hacer con ellos a continuación...

    Algo apenas perceptible cambió en el rostro del anciano tras ese momento, y su mueca de enfado se transformó en un gesto de introspección, de reflexión. Uno a uno, volvió a mirar a los cuatro escuderos. Todos sin excepción sintieron como sus almas quedaban expuestas ante aquellos ojos grises y antiguos, cargados de una sabiduría insondable como un pozo profundo.
    “Ya veo...”, susurró pensativo, “en tal caso, adelante, futuros sires... si tal es vuestro derecho, reclamad el destino que os corresponde.”

    Con un gesto de la mano, se apartó a un lado, dejando el camino libre frente a ellos hasta el arma que yacía encerrada en la roca. Los cuatro se levantaron, aún indecisos sobre las intenciones de aquel extraño personaje, y poco a poco se acercaron al objeto. Dagonet fue el primero en acercar sus manos a la espada. Sus dedos temblaban al acercarse. Rodeó la empuñadura de la misma, y apoyó firmemente los pies, tomando aire.

    Cuando se impulsó hacia arriba, su cuerpo se dobló en un quiebro extraño. La espada no se movió un ápice, pese al tremendo tirón. Dagonet lo intentó otro par de ocasiones, hasta caer abrazado a la piedra, ahogando un sollozo. Una mano se posó en su hombro, y al girarse pudo ver a Bedwyr a su lado.
    “Todo era un sueño, nada más que un sueño...”
    “Aún no lo sabes, Dagonet... nos has traído contigo, quizá tu visión aún tenga sentido, y tu presencia un propósito...” Bedwyr sonrió a su amigo, y miró hacia las otras tres figuras que los rodeaban.

    “Inténtalo tú, Adfayrn...”, dijo, dirigiéndose a una de ellas.

    El joven Adfayrn se sacudió las manos, y se acercó al arma. Vista de cerca, hacía justicia a su leyenda: Era un arma sólida y recia, cuya hoja, de una palma de grosor, brillaba plateada a la luz de las estrellas, resaltando el intrincado grabado de su filo: “Scalyburn”. Una fuerza invisible hizo que se le pusieran los pelos de punta cuando las yemas de sus dedos rozaron el cuero de la empuñadura, como si la propia espada tuviese voluntad propia y estuviera midiendo la de aquel que se atrevía a posar sus manos en ella. Adfayrn sintió un tirón en su mente cuando cerró sus manos alrededor del mango, una garra invisible aferrando su espíritu, estudiándolo, valorándolo... Durante una fracción de segundo, sintió miedo. Luego, simplemente dejó que aquella fuerza observara libremente lo que había en su interior: La vida de un simple chico de las montañas, sencillo, honrado y laborioso, sin nada que esconder o rehuir.

    Al instante siguiente el arma se hizo más liviana, y Adfayrn tuvo la terrible certeza de que la roca la había liberado.

    Su mente se proyectó repentinamente hacia el futuro, hacia lo que ocurriría si extraía aquel arma de su lecho de piedra. Contempló todo el poder y la gloria de un reino brillante y majestuoso, ganados en el clamor de la batalla, con el favor de los dioses y de los hados. Vio al Reino unido bajo una sola corte, bajo un único estandarte, bajo la tutela de un único rey, tan grande como lo había sido el legendario Uthyr. La figura de aquel monarca, noble e imponente, vestida en blanco y oro, se giró hacia él, mostrándole sus propios rasgos en un futuro al alcance de su mano. Las manos enfundadas en guanteletes dorados le ofrecieron el arma que ahora empuñaba en las suyas propias. “Tómala”, dijo una voz muy parecida a la suya en su mente, “tómala y cumple con tu destino”.

    El joven escudero contempló la espada que le ofrecían, y luego el rostro de aquella versión futura de si mismo. Y, de repente, supo que no era aquel el futuro que deseaba. De su corazón desapareció un peso en el que hasta ahora no había reparado, y se dirigió a si mismo una sonrisa sincera.

    Las manos de Adfayrn se separaron de la espada, abandonándola en su pétrea prisión.
    “No...no puedo...”, dijo, volviéndose a sus compañeros y a aquel misterioso anciano, que parecía sonreírle de manera cómplice y un tanto extrañada, como si averiguase lo que en realidad había ocurrido y respetase su decisión, sin ser capaz de entenderla completamente.

    El siguiente en intentarlo fue Athrwys. Y lo que ocurrió a continuación se convirtió en la mayor leyenda del Reino...


     

     

    “¡P...Pero...! ¿El Adfayrn de tu relato...?” El hombre sonrió ante el estupor de su hijo.
    “Si, fui yo...”
    “¿Y Athrwys...?¿Fue...?¿Tú...?”
    “Aquel joven escudero se convirtió en Athrwys el León, el reconocido heredero de Uthyr, aquel que blandiendo su espada Scalyburn unificó el Reino bajo la corte de Camloth, acabando con largos años de guerras entre casas nobles y pequeños feudos. Dagonet finalmente tuvo razón, llevando a aquel muchacho a su destino... Yo serví a su lado durante los años que siguieron a aquella noche, fui nombrado caballero y combatí en muchas de las batallas que Athrwys hubo de librar para traer la paz al Reino. Y cuando llegó el momento, cuando otros más entregados, más valientes y brillantes que yo estuvieron allí para apoyar al nuevo rey, me retiré a Ardin, donde conocí a tu madre...”
    “...”

    Lannach se sumió en sus propios pensamientos, contemplando cómo el sol poniente bañaba en cálidas llamas el horizonte. A su lado, Adfayrn cerró los ojos para sentir la última brisa del día sobre su rostro. A lo lejos, las siluetas de su esposa y su otro hijo se acercaban por el camino, de vuelta a casa, acompañados por un pequeño grupo de personas. Aquella noche celebrarían con un pequeño banquete la partida de Lannach, una última despedida por parte de aquellos a quienes dejaría atrás a la mañana siguiente...

    “Padre...”
    “Dime”
    “Tú pudiste... pudiste haber gobernado el Reino.” Lannach le miró a los ojos. Adfayrn esperó en silencio a que su hijo formulase la pregunta. “¿Por qué no tomaste la Espada?”
    El hombre se tomó un momento para meditar su respuesta. Desde el camino, su esposa les vio y les saludó con la mano. La alegre risa del hermano de Lannach podía oírse desde allí. Adfayrn sonrió y devolvió el saludo a los recién llegados, antes de volverse hacia su hijo y abarcar con un gesto la pequeña cabaña al pie del lago bajo el ocaso.

    “Lannach... No quiero ni necesito más Camloth que aquel sobre el que ya gobierno...”

    Grey Arkhane