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April 21 La llave de plata[Prayer] El hombre permanecía sentado en mitad de la habitación, con las manos reposando sobre su regazo. De espaldas a la pesada puerta enrejada, contemplaba el sol de la tarde a través de la pequeña ventana del extremo de su celda, sumergido entre nubes que surcaban el cielo guiadas por la brisa, fría y cortante, que traía el viento del norte. Los árboles danzaban allá abajo en el valle bajo esos mismos vientos, como heraldos danzarines de un presagio funesto. La larga melena oscura caía inmóvil, inmune a cualquier soplo de aire, sobre su espalda y sus hombros, enfundados en el traje sobrio y enlutado que vestía. El aire en la celda era estanco aunque fresco, y la piedra tosca de la que estaba construída el torreón resultaba fría al tacto de sus pies descalzos. No había luz en ella, más que la que entraba desde el exterior por el pequeño hueco a través del cual viajaba su mirada acerada. Parpadeó. Sus ojos se mantuvieron inmóviles durante los siguientes momentos, como lo habían estado durante las horas anteriores. Su respiración, tranquila, apenas audible, quedaba eclipsada por los sonidos del atardecer que el frío viento llevaba hasta la alta torre. Tras los ojos grises, tras su impasible calma, nubes oscuras empañaban su ánimo, y un retumbar lejano, sólo audible para él mismo, resonaba en su interior. El sol empezaba a ocultarse tras las montañas que circundaban el valle, bañando con tonos, ígneos primero, sangrientos después, tanto a la torre como a la figura enclaustrada en ella. En la mente de Ahray´Khy, las densas nubes se cerraron sobre si mismas, exudando vapor de ceniza y lenguas de fuego, mientras el mar de su calma se teñía del mismo rojo que ahora tintaba el cielo. Cuando el sol se ocultó del todo, dejándolo en la oscuridad de la noche, el fuego y la sangre aún brillaban, resplandecientes, en el interior de sus ojos grises. Con un gesto repentino pero fluído, con el último atisbo de autocontrol del que pudo disponer, Ahray´Khy se agachó, recogiendo el pesado grillete, y lo alzó entre sus manos. Comprobó las cuatro pesadas cadenas de acero que lo anclaban a los extremos de la celda, y lo cerró en torno a su cuello, sellándolo con una pequeña llave de plata, que depositó en un pequeño hueco en el suelo, junto a sus pies. Ahora estaba preparado. Deshaciendo el mismo movimiento con el que llevó a cabo la operación, volvió a erguirse en su asiento, contemplando el estrellado cielo nocturno. A través de las nubes que aún surcaban el cielo, surgió Ella. Blanca, perfecta, pura. Cruel. El terrible grito resonó por todo el valle, inhumano, furioso, desesperado. Tan sólo fue el primero de una larga noche. Grey Arkhane April 12 El centinela de piedra (Forgiven not forgotten)[Forgiven not Forgotten] Ha pasado mucho tiempo desde entonces, y aún sigo esperando cada noche volver a ver tus alas blancas recortarse contra el cielo nocturno. Ha pasado tanto tiempo que, convertido en un centinela impasible, he dejado que la hiedra crezca a mi alrededor y sobre mi, he dejado que la vida pase a mi lado sin tomar más de ella que lo que necesito para seguir respirando, para seguir aguardando.
Tanto tiempo, que mi mente ya conoce lo ocurrido, porque día tras día se ha enfrentado a todas las posibilidades, humanas o divinas. Y aún así sigo esperando, y no hay rencor ni recelo ni tristeza en los recuerdos.
Y aunque nadie comprenda, al verme cubierto de hiedra, aunque nadie entienda por qué no abandono mi guardia, mi corazón está conforme, pues se sabe haciendo lo correcto, porque mi corazón es hogar de rarezas, y la Lealtad es una de ellas. Esa lealtad que a todos resulta extraña y ajena, más propia del perro que aguarda en mitad de la carretera, esa lealtad que es la base de mi honor, de mi confianza, de mi amistad y de mi amor.
Algún día, como prometiste, veré de nuevo tus alas blancas y tus ojos castaños y, en ese momento, bajo la hiedra y el paso del tiempo, encontrarás tan sólo aquello que dejaste al partir, esperándote, listo para que lo lleves de nuevo allá donde decidas volar, o lo arrojes sin dudar al Abismo.
Pues mi corazón no olvida, aunque así parezca en ocasiones. Y tampoco perdona porque, realmente, nunca hubo ofensa alguna, salvo aquellas que él mismo se provocó.
Un gorrión se posa en mi hombro, sobre la hiedra, trayendo consigo el recuerdo de cuando alegre lo tomaste en tus manos, tan tiernas, tan cálidas.
Y junto a él aguardo, esperando el son de tus alas blancas batir en el horizonte.
All alone, staring on Watching her life go by When her days are grey And her nights are black Different shades of mundane And the one-eyed furry toy that lies upon the bed Has often heard her cry And heard her whisper out a name long forgiven But not forgotten You're forgiven, not forgotten, You're forgiven, not forgotten, You're forgiven, not forgotten, You're not forgotten A bleeding heart torn apart Left on an icy grave In their room where they once lay Face to face Nothing could get in their way But now the memories of the man are haunting her days And the craving never fades She's still dreaming of the man long forgiven But not forgotten You're forgiven, not forgotten, You're forgiven, not forgotten, You're forgiven, not forgotten, You're not forgotten Still alone, staring on Wishing her life goodbye As she goes searching for the man long forgiven But not forgotten You're forgiven, not forgotten, You're forgiven, not forgotten, You're forgiven, not forgotten, You're forgiven, not forgotten, You're forgiven, not forgotten, You're forgiven, not forgotten, You're forgiven, not forgotten, You're forgiven, not forgotten, You're not forgotten, You're not forgotten, No, you're not forgotten. Grey Arkhane April 10 Lluvia[Des Pays Lointains] La lluvia es siempre lluvia, tanto aquí, en mitad de esta ciudad abominable, en este vertedero de almas atrapadas en una maquinaria imperfecta de carne y metal, como en los recónditos valles de mi lejana y neblinosa tierra. La lluvia es también lluvia allí donde te encuentras ahora, golpeando tras el cristal, a veces con el murmullo sordo del arrepentimiento, a veces con la violencia feroz de la desesperación. ¿La sientes ahora, allá afuera, intentando llenar con su presencia las calles vacías? La lluvia es siempre lluvia, en cualquier lugar. Por eso hoy cientos huyen y se refugian del agua, el trueno y las lanzas de luz en el cielo, presa de temores ancestrales, tan antiguos como el mismo hombre. Por eso yo camino hoy bajo la lluvia, nuevamente, buscando la redención que sólo la tormenta puede brindarme, buscando el perdón, quién sabe si de algún dios olvidado o tan sólo de mi mismo... Pues la lluvia es siempre lluvia, y sólo en ella encuentro la paz para mi alma. Pues, pese a todo, soy un Hijo del Norte, y míos son los días grises. Y donde los demás encuentran miedo, yo obtengo mi esperanza, así como en sus esperanzas tan sólo encuentro temor. ¿Sientes la lluvia, allá afuera, tratando de purgar a su paso los pecados de la Humanidad? Grey Arkhane April 01 Ruleta Rusa (Probabilidad: 1/6)Como cada noche, dejó el maletín junto a la puerta y encendió la pequeña lámpara de la mesilla de noche. Con la mirada perdida en pensamientos vagos, insustanciales y elusivos, traviesos diablos(¿o ángeles?) que lo alejaban de su vida mediocre y aburrida, se despojó de su traje gris y se puso con parsimonia el insulso pijama a rayas que guardaba pulcramente bajo la almohada.
Se sentó en la cama, aún con la mirada perdida, y sintió el deseo de que su cansancio fuera lo suficientemente profundo como para poder dormir sin más, sin tener que enfrentarse a los recuerdos, a los pensamientos, a todas las posibilidades desperdiciadas que lo habían llevado a aquella existencia rutinaria y sin perspectivas, sin alicientes, sin deseos salvo el de recuperar la finalidad perdida o escapar de algún modo.
Pero ese salvador agotamiento nunca llegaba, nada lo hacía dormir plenamente, e incluso cuando eso ocurría, toda la decepción y la frustración lo perseguían más allá de las fronteras de la vigilia hasta alcanzarlo en las profundidades de sus sueños.
Abrió el cajón de la mesilla, y sacó el objeto metálico que guardaba en ella. La luz cálida de la lámpara arrancó brillos apagados, cansados, al viejo revólver. Con la fuerza de la costumbre, abrió el tambor y lo hizo girar.
Allí estaba, reluciendo con su resplandor de oro viejo entre la maquinaria de metal plomizo, atrayendo su mirada con la danza hipnótica del tambor. La bala que había colocado allí por primera vez hacía muchos años. La última posibilidad, la última vía de escape. El único juego al que apostar tenía sentido ya.
Un giro de muñeca rompe el hechizo, y el pulgar dispone el arma con un chasquido. Sin mayores ceremonias, sin preguntas, dudas o remordimientos, levantó el arma y la apoyó contra su sien, la mirada tranquila, aún embebida en aquella nada que lo ayudaba a escapar de la tensión del momento, que comenzaba a crecer en su corazón.
Apretó el gatillo.
...
Un segundo después, todo seguía igual.
Y todos los pensamientos, y todos los recuerdos, y todas las posibilidades que ya no podrían ser se esfumaron en el aire nocturno que entraba por la ventana abierta, ahuyentados por el mismo rostro de la muerte.
Sin apenas reparar en ello, guardó el arma en el cajón, apagó la luz, se tumbó sobre la cama y cerró los ojos con una expresión de calma en el rostro. Durmió sin interrupciones, sin que nada perturbase su descanso, hasta la mañana siguiente. Se levantó temprano: le esperaba una larga jornada de trabajo.
Al menos, durante un día más.
Una de cada seis: [Adrian´s Asleep]
Como cada noche, dejó el maletín junto a la puerta y encendió la pequeña lámpara de la mesilla de noche. Con la mirada perdida en pensamientos vagos, insustanciales y elusivos, traviesos diablos(¿o ángeles?) que lo alejaban de su vida mediocre y aburrida, se despojó de su traje gris y se puso con parsimonia el insulso pijama a rayas que guardaba pulcramente bajo la almohada.
Se sentó en la cama, aún con la mirada perdida, y sintió el deseo de que su cansancio fuera lo suficientemente profundo como para poder dormir sin más, sin tener que enfrentarse a los recuerdos, a los pensamientos, a todas las posibilidades desperdiciadas que lo habían llevado a aquella existencia rutinaria y sin perspectivas, sin alicientes, sin deseos salvo el de recuperar la finalidad perdida o escapar de algún modo.
Pero ese salvador agotamiento nunca llegaba, nada lo hacía dormir plenamente, e incluso cuando eso ocurría, toda la decepción y la frustración lo perseguían más allá de las fronteras de la vigilia hasta alcanzarlo en las profundidades de sus sueños.
Abrió el cajón de la mesilla, y sacó el objeto metálico que guardaba en ella. La luz cálida de la lámpara arrancó brillos apagados, cansados, al viejo revólver. Con la fuerza de la costumbre, abrió el tambor y lo hizo girar.
Allí estaba, reluciendo con su resplandor de oro viejo entre la maquinaria de metal plomizo, atrayendo su mirada con la danza hipnótica del tambor. La bala que había colocado allí por primera vez hacía muchos años. La última posibilidad, la última vía de escape. El único juego al que apostar tenía sentido ya.
Un giro de muñeca rompe el hechizo, y el pulgar dispone el arma con un chasquido. Sin mayores ceremonias, sin preguntas, dudas o remordimientos, levantó el arma y la apoyó contra su sien, la mirada tranquila, aún embebida en aquella nada que lo ayudaba a escapar de la tensión del momento, que comenzaba a crecer en su corazón.
Apretó el gatillo.
Sus pupilas se contrajeron en un repentino espasmo. Sintió la detonación antes de que el metal atravesase su cráneo de lado a lado, apenas un instante antes, y supo que aquella noche moriría...otra vez.
Y aquella bala dorada hecha de recuerdos penetró en su mente, inundándola con todo el autodesprecio acumulado en aquellos últimos años.
Mientras el peso muerto de su cuerpo caía hacia atrás, las lágrimas escapaban de sus ojos, mudos de horror por todas aquellas imágenes que bombardeaban su mente, por todos aquellos sentimientos que apedreaban su corazón.
La infelicidad escondida tras las máscaras de la rutina emergió desgarrando su carne. Todo el dolor, la frustración y la impotencia de su ingrata vida le arrancaron de su ausencia, obligándole a mirarles a sus ojos iracundos. Un alarido silencioso trató de escapar de su boca abierta.
Tumbado sobre su cama, con la luz titilante reflejada en sus ojos abiertos de par en par y los restos de su voluntad esparcidos visceralmente por toda la habitación, sucumbió presa del recuerdo de lo que había sido su vida, y por la certeza de aquello en lo que se había convertido. Y supo que la culpa de aquella caída, de aquel descenso hasta un punto de no retorno, había sido única y exclusivamente suya.
El amanecer lo encontró aún despierto, con el arma en la mano, maldiciendo secretamente al nuevo día y todo lo que este le deparaba.
Grey Arkhane |
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