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    May 29

    Azules como el mar

    Su pelo ya era del color de sus presas, plateado como la luna que en tantos viajes le había acompañado, y hacía tiempo que la piel de su rostro, cansada y curtida, había decidido dibujar sobre él las marcas de la edad. Y como cada día desde hacía veintiocho años, caminó solo al atardecer hasta el acantilado.
     
    Acompañado por el eco de las olas en los muros de las casas blancas, apiñadas sobre aquel pequeño recodo entre peñas en el que el mar era accesible, asistió al ritual nocturno de aquella gente, su gente, que tan distitna era de la que él conoció en su niñez, y que sin embargo le daba aquella vida al pequeño pueblo, aquel ambiente de sal y sudor que en nada había cambiado...y este cerrar de postigos, este crepitar de los fogones al encenderse, y las charlas de las mujeres alrededor de estos, cada uno de los movimientos de cada uno de sus paisanos era como el gesto único de todo el pueblo, arropándose para dormir, esperándolos a ellos.
     
    Mientras subía el acantilado, avanzando paso a paso por los escalones de roca, tallados por manos que ya cuando él nació permanecían en la leyenda, con el sol anaranjado descendiendo sobre el horizonte, los vio llegar. Velas blancas y grises, manchadas por mil y un incursiones a ese bravo, fiero mar, que tantas vidas se había cobrado...pero ellos seguían luchando, día a día contra él: Para ellos el mar no era él sino ella, era su amante, su feroz amor que los colmaba de regalos o los mataba despechada tan pronto como cambiase el viento, aquella que disponía vida y muerte como una diosa justa y despiadada.
     
    Y cada atardecer unos cuantos volvían jubilosos tras varios días fuera, pues habían vencido, y las escurridizas monedas que el mar les daba llenarían una vez más las lonjas y los fogones, y las familias que eran la sangre de aquel pueblo podrían vivir una semana más. El viejo echó de menos aquellos tiempos, en los que él sostenía las redes en sus manos, sintiendo la ferocidad del agua y el viento sobre su cuerpo, azotado por aquella mar traviesa que jugaba con ellos, aquellos atardeceres en los que lágrimas acudían a sus ojos en la proa de su barco, cuando por fin distinguía la casa de Lucía, o la de sus padres, escondidas en aquel pueblo que era su vida, su refugio. Y los abrazos, y las sonrisas, y aquellos ojos azules como el mar a la luz de los candiles, en los que tantas veces se había reflejado, por los que tantas veces había luchado contra las olas para poder volver a ellos, y a sus caricias, y a sus besos...
     
    Lucía...ahora cantaría con los ángeles del cielo, y pronto vendría a buscarle, para llevárselo con ella y que la oyese cantar arrobado durante el resto de la eternidad...Pronto...pero sin prisa. Lucía había tenido tres niños y una niña, y estos a su vez otros tantos...Una sonrisa de pillo se dibujó entre sus arrugas, recordando a Pedro, a Elena, al pequeño Juanito, a Amanda, a Carmen, al travieso de Álvaro y al resto de sus nietos, mayores y pequeños...Miró al cielo y lamentó que Lucía no los hubiera conocido a todos, porque eran como la sal del mar, en el agua del pueblo. Y le encantaba oírlos reir, sobre todo a los más pequeños.
     
    Llegó arriba, cuando ya el día empezaba a irse, y caminó hacia la Peña del Saltón. Mientras sus pasos diestros lo llevaban allí, encendió una pipa, y se caló la gorra y la vieja gabardina. Allí el viento era intenso, y sus huesos se resentían pese al grueso jersey. El faro se encendió en la loma que veía a unos kilómetros, la siguiente salida al mar siguiendo la costa, y él sorteó zarzas y piedras sueltas hasta llegar a la Peña, y en lo alto de ella se sentó, amparado por la pared de piedra, en aquel lugar en el que había estado tantas veces, a contemplar un nuevo ocaso.
     
    Y el sol descendió plácidamente, de dorado fulgor a furiosa sangre, diluida en el violeta y el añil nocturnos, mecido por el susurrar de las olas, allí abajo contra el risco, el agudo trinar de las gaviotas, que anidaban ya en sus huecos y sus nidos, y el suave murmullo de las ramas de los eucaliptos y abedules que adornaban la costa. De su boca escapaban volutas de humo y sonrisas, que iban a mezclarse allá arriba con las nubes y las estrellas, mientras la noche caía poco a poco sobre su cabeza, y la luna empezaba a bañar con su luz blanquecina las calles del pueblo. Los últimos rayos rosados acariciaron con ternura la superficie del mar, y se escabulleron tras él para darle su luz a otras gentes.
     
    Sus ojos se alzaron hacia el cielo, y una estrella brilló un poco más para él. Dejando escapar una última bocanada de humo dulce, murmuró con una sonrisa tranquila y los párpados entrecerrados...
     
    "ah...te estaba esperando"
     
    Abajo en el pueblo, Elena y David se contemplan a la luz de las velas, mientras todo el mundo duerme, y sus cuerpos se envuelven en un abrazo. Sus corazones laten con la alegre ira de las olas en la costa, y David se rinde, esclavo de los ojos azules de Elena, ojos azules como el mar.
     
    Y, en las calles del pequeño pueblo, el viento que corre entre las peñas del acantilado susurra un nombre de mujer...
     
    Ahsunthur
    May 23

    Mírala bailar

    Mírala bailar, en mitad de la pista, sola, ausente, alegre, dejándose llevar por la música que la mueve y la llena, haciéndole olvidar sus sueños rotos, su futuro pisoteado junto a su corazón, devueltos hechos pedazos a sus manos, como un viejo papel emborronado y arrugado...
     
    Y se deja llevar por las notas y el alcohol, sonriendo como una niña a esa vida que se ríe de ella, alegre en su refugio, allí donde nada puede alcanzarla, donde sabe que puede ser ella misma aunque solo sea por un breve instante, breve como el último beso que acarició sus labios, breve y amargo...
     
    Mira como se mueve, exorcizando los demonios que tratan de poseerla, sumergida en su pequeño universo de luz y sonido, sola, sonriente, sin buscar ni querer a nadie más, esperando a un príncipe azul que no la llame "princesa", preguntándose si la luz de colores que la ilumina será feliz brillando, como ella cuando baila, sola con su resplandor...
     
    Y salta, y gira, y grita palabras que su boca inventa para la canción que suena, sin ser consciente de que ya nadie la mira. No le importa: para ella no hay nada más que el ahora, la luz que la baña, la música que la inunda, el sabor dulzón del licor en su copa, nada que no sea olvidar...
     
    Y ríe, y no puede, y llora, y ríe, y baila hasta el amanecer, feliz porque no recuerda quién será mañana, recordando quién ha sido durante estos tres años...
     
    Ahsunthur
    May 10

    Sueños de inocencia

    Él se acerca a la puerta de la habitación desde el salón, dónde se encuentra su esposa apoyada contra el marco, mirando embelesada al interior de la habitación, bañada por la tenue luz que llega desde la sala común. En silencio la rodea con los brazos, intercambiando un beso con ella, y mira en su misma dirección.
     
    "Míralo..."-dice ella con un susurro a su oido.
     
    El bebé descansa en su cuna, arropado entre la manta, el cojín y los peluches que llenan el recinto. En sueños balbucea, agitando sus manitas de dedos cortos y ansiosos, intercalando pequeñas carcajadas en su inentendible monólogo. A ratos se queda inmóvil y frunce el ceño, como enfrascado en una severa reflexión, pero poco después sus cejas se arquean y vuelve a reir.
     
    "¿Con qué estará soñando, amor?"-ambos sonríen y se abrazan, felices por aquello que comparten, aquello que han creado juntos a lo largo de sus aún jóvenes vidas.
     
    Y entonces, las estrellas explotan.
     
    Nubes de hidrógeno se inflaman en novas incandescentes, sumiendo en un paroxismo de muerte a escala cósmica a todo aquello que se encuentra a su alrededor en años-luz, llevándose con su cegadora ola de fuego destructor todos aquellos planetas a los que daban cobijo, reduciéndolos a minúsculos fragmentos que llenan el espacio, como astillas de los huesos del propio Universo.
     
    Millones de seres de millones de especies perecen de repente, con la última visión del horror y la muerte de todo aquello que conocen en sus retinas, en un fogonazo que apenas dura un instante, un instante en el que se puede escuchar claramente el grito agónico del final de cada vida, unidos todos ellos en la deliciosa sinfonía del fin de todas las cosas.
     
    Algunos sobreviven, para encontrarse huérfanos en una realidad devastada. Algunos sobreviven para contemplar al ejecutor del Ragnarok, a la encarnación de los Cuatro Jinetes, añadir sus sobrenaturales carcajadas a los suspiros agónicos del Universo, recortada su silueta contra las corrientes flamígeras y los restos que fluyen como sangre y carne de un cuerpo hecho pedazos, el cuerpo mismo de la Realidad.
     
    Gritos de horror manan de sus gargantas, apenas un pálido reflejo, un eco de la desgarradora melodía que azotase un segundo antes todo el espacio existente, gritos que atraen la atención del ser. Uno a uno los supervivientes mueren, hechos pedazos por sus manos, rotos sus cuerpos bajo su contacto, deleitándole con su sufrimiento, expresión del más sublime arte que comprende. Uno a uno devora sus sueños, sus esperanzas, depredador último, carnicero implacable que ha de acabar con toda existencia.
     
    Deja al último de ellos vivir durante unos segundos, permitiendo que contemple su rostro, el rostro del Apocalipsis, disfrutando con el terror que inunda sus ojos, con las palabras que se ahogan entre sollozos y lágrimas, con ese embriagador perfume de un alma rota y destrozada hasta los mismos cimientos de su cordura...tal y como lo está la realidad que lo rodea. Con un último gesto, arranca el corazón de la criatura con su propia mano engarfiada, y lo aplasta ante sus ojos, dejándolo morir.
     
    En ese momento, mira alrededor, contemplando el fin del Universo, y sonríe satisfecho.
     
    El bebé sonríe en su cuna.
     
    "¿Verdad que es hermoso?"-dice ella.
    "Si, si que lo es..."
     
    Ahsunthur
    May 06

    Rompecabezas

    Se sentó frente a la mesa, flexionó los dedos, y le dió la vuelta a la caja. Las piezas se desperdigaron sobre la superficie de madera como una ola barriendo la costa, y tras un segundo contemplándolas, se puso manos a la obra.
     
    De manera metódica, separó las piezas en pequeños montones, según su color, una criba infantil pero útil, un primer paso. Eligió uno, y empezó a conectar los pequeños trozos de cartón.
     
    El rostro le resultaba vagamente familiar, como si hubiese convivido con él desde siempre. Pero por alguna extraña razón, sus rasgos se movían y variaban, y no era capaz de terminarlo. Había huecos que no acababa de comprender. Con una leve mueca de frustración, lo dejó a un lado y pasó a otro montón.
     
    La oscuridad fue fácil. Una vez colocó la primera pieza, el resto llegaron solas a su mano, pasando a formar parte del conjunto con asombrosa rapidez. Aquella zona oscura siguió creciendo, pieza negra tras pieza negra, como si se llamasen unas a otras, como si no fuese necesario el esfuerzo de colocarlas, y acudiesen solas tras poner la primera. Juntas ocupaban gran parte del conjunto general. Esto le produjo una sombría satisfacción: Si todo seguía así, acabaría pronto el puzzle.
     
    La última pieza del montón sirvió para unir la oscuridad al primer rostro. Su sonrisa se borró al comprobar que formaba parte de él, y que la amabilidad que recordaba en aquellos ojos se había perdido, al tiempo que sus rasgos cobraban una mayor definición, sin llegar a completarse.
     
    Había más rostros en la imágen, rodeando al primero. Uno a uno los localizó y construyó. Ninguno le presentó demasiada dificultad(aunque ciertamente tuvo algún que otro problema con un par de ellos), y le agradó comprobar como con cada uno encontraba nuevas piezas que le ayudaban a definir la primera figura.
     
    Encontró piezas de color plateado, brillante, manchadas de tinta roja, oscura y densa, y con ellas construyó una espada, que se apoyaba contra el cuello del primer rostro. No logró averiguar quién la empuñaba, así que apartó su atención de aquel detalle y se centró en el resto de piezas.
     
    Con algo de esfuerzo completó el paisaje...Los paisajes, en realidad. Negro y dorado a un lado, edificios altos y sombríos de luces potentes, coronados por un cielo de color enfermizo y sulfuroso. Un lugar desagradable y hostil, pero no exento de cierto atractivo. Verde y gris al otro, altas montañas y bosques densos, costas de roca azotadas por el mar embravecido, bajo un cielo siempre gris, aún en días claros. Colores discretos, que aún así destacaban en el conjunto por encima de los potentes focos del otro paisaje. También tenía algo de antiguo, de lugar perdido en la memoria. Algunos de los rostros se situaban allí, y por alguna razón sintió nostalgia. Añadió nuevas piezas al rostro principal: Poco a poco iba siendo acabado.
     
    Con cierta sorpresa y horror, comprobó que el paisaje le había permitido conocer de quién era la mano que dirigía la espada contra la figura: La suya propia. Y sobre esta mano pálida, otra de un tono más oscuro. No pertenecía a ninguna de las figuras del conjunto, así que añadió piezas hasta descubrir un nuevo rostro, femenino, inesperado, hermoso, que acompañaba y completaba al primero en el centro de la imágen. Sonrió: Ya casí estaba.
     
    Colocó las piezas que bordeaban el puzzle, y alguna que otra del interior que había pasado por alto. Al poner la última en su lugar, contempló el resultado. Allí estaba la imagen, completa y definida, al fin.
     
    Había resuelto el puzzle.
     
    ¿Por se qué sentía, entonces, como si le faltasen piezas?
     
    Ahsunthur