Grey님의 프로필<[-[ El Bastión de los A...사진블로그리스트 도구 도움말
    5월 31일

    Rosas Blancas


    [Path of Repentance]

    Como cada 30 de Diciembre, el hombre de las gafas salió de su casa a media tarde, cuando el sol aún no había comenzado a caer hacia el horizonte. Ajustándose la vieja gabardina y frotándose las manos por el frío invernal, salió al portal de su calle y caminó hacia el centro de la ciudad durante un par de manzanas, mientras silbaba mentalmente una vieja canción.

    Sus pasos le llevaron hasta la floristería de la Plaza de Ares, de donde al cabo de cinco minutos salió con un ramo de rosas blancas (siempre eran rosas blancas, nunca le dijo a nadie por qué). Continuó con su paseo un par de calles más, hasta la marquesina de la Calle Conde de Barretto, donde se sentó a esperar el bus de la línea 4. Cuando el largo vehículo azul llegó, dejó caer un par de monedas sobre el mostrador del conductor para pagar el pasaje, y se sentó en uno de los asientos del fondo, junto a la ventanilla.

    A medida que el autobús hacía su recorrido a través de la Avenida Robledal, y tomaba la Circunvalación hacia el Barrio de San Melchor, la mirada del hombre vagó junto con sus pensamientos por el paisaje de edificios, parques y las siempre presentes montañas que rodeaban al valle en el que se situaba la pequeña y vieja ciudad en la que vivía. Dejó de mirar por la ventana para prestarle atención a las flores que sostenía entre las manos. Aquella fecha era especial para él, y la visita que hacía en ese día se había convertido ya en un ritual, un día de reflexión sobre el pasado, el presente y el futuro antes de entrar en el nuevo año, en compañía de una de las personas más importantes de su vida. Para esa persona eran las rosas blancas, así que se aseguró mediante una breve pero meticulosa inspección de que estuvieran en buen estado, libres de pétalos marchitos u hojas podridas.

    El autobús llegó a su parada, casi al final de la línea y habiendo dejado atrás el núcleo principal de la ciudad. El hombre de gafas fue el único en apearse allí, y tras estirar las piernas después del largo recorrido sentado, se encaminó hacia la puerta de hierro forjado que permitía el paso a través del enorme muro de hormigón. El sol ya reverberaba con el color del fuego viejo sobre el horizonte cuando cruzó el enorme portal de enrejado negro, entrando con pasos decididos en el cementerio municipal de la ciudad.

    Enfilando la avenida principal del camposanto, escoltada por ocho largos cipreses, se desvió poco antes de llegar a la capilla que se encontraba en su extremo, hacia la zona norte del cementerio. Caminó durante otros cinco minutos, atravesando pequeñas glorietas dispersas entre el mar de tumbas, en las que bancos de mármol ofrecían descanso a los familiares, los visitantes o al personal del propio lugar. Poco después, llegó al lugar que conocía tan bien, a una tumba de piedra gris, anodina, perdida entre tantas otras miles de gente anónima y desconocida. Invisible e irrelevante para todos, excepto para él.

    Acariciado por la fría brisa invernal, que en aquel alto mecía los largos cipreses, arrancando aullidos de las viejas capillas, de las grietas de los panteones y las efigies que poblaban el lugar, el hombre se aclaró la garganta, y le habló a la tumba que tenía ante él, con voz tranquila y solemne:

    "Otro año más volvemos a vernos... Sé que no te resulta extraño que siga viniendo, año tras año, y hablando contigo como si jamás te hubieras ido, como si aún estuvieras aquí. Pero me conocías mejor que nadie, y sabes que siempre cumplo las promesas que hago, aunque reaviven dolores que podría evitar si las quebrase como ramas secas. Aunque también sabes que siempre he tenido una vena autotorturante, que siempre preferí el dolor que yo mismo podía causarme al riesgo del dolor que podía sufrir si me abandonaba a las circunstancias... Si, lo sé, siempre fui demasiado estricto conmigo mismo, demasiado exigente, nunca se me dio bien dejarme llevar. Y aunque lo intentaste, trataste de cambiar eso, te fuiste demasiado pronto, y yo volví a quedar abandonado a mis propias manías, a mis propios demonios. Pero, bajo todo ello, sigo conservando esa esperanza ciega, tan pequeña que apenas es perceptible entre las capas de crudo realismo...está bien, de pesimismo, que conforman mi carácter. Pocos supieron ver esa esperanza dentro de mi, y nadie tan claramente como tú."

    "Ya han pasado cinco años, y sigo echándote de menos...Ya pasó el tiempo de la ira, de la negación, y de la búsqueda de ese sentido inexistente que siempre tratamos de buscarle a la muerte. Hace mucho que acepté tu ausencia, pero aún sigo recordándote vívidamente, y esa chispa minúscula de luz en mi neblinoso espíritu sigue creyendo que permaneces, en algún lugar más allá de mi percepción, esperándome, velando por mi. Puedo sentirlo en lo más hondo de mi corazón, y por ello te doy las gracias..."

    El hombre hizo una pausa, que se convirtió en un silencio indefinido cuando se dio cuenta de que nada más de lo que dijera tendría tanta importancia como lo que ya había dicho. Dando un par de pasos, se acercó a la lápida, y depositó sobre ella el ramo de rosas blancas. Inclinándose reverentemente, dio media vuelta y se marchó por el camino de vuelta, mientras el sol se ponía sobre el horizonte, sumergiendo en la oscuridad la tumba marcada con rosas blancas.

    La tumba cuya lápida reflejaba, con letras talladas en la propia piedra, el nombre del mismo hombre que acababa de visitarla...

    Grey Arkhane
    5월 19일

    El último santuario


    [Temple of Light]

    Con los pocos segundos que llevaba de ventaja, el príncipe traspasó la puerta, la cerró y empujó el pesado armario de su habitación tras ella. Los golpes al otro lado comenzaron poco después.

    "¡Maldición!", exclamó con voz ahogada y exhausta por la precipitada huida, mientras daba nerviosas vueltas por los aposentos, convertidos repentinamente en un callejón sin salida, en una prisión mortal. Dejó caer la espada sobre el suelo de piedra, salpicando las caras alfombras con la sangre que había derramado. Miró a través de la ventana: una miríada de antorchas elevaban su humo alrededor del palacio, y también en el interior de este. El aire arrastraba los gritos, la muerte y el odio junto con la ceniza como copos de nieve negra. El golpe había llegado hasta el mismo corazón de su principado, hasta la Sala del Trono, de la que había tenido que huir por su vida cuando sus propios consejeros habían intentado matarle...

    El príncipe sabía por qué. Metódico, inflexible y pragmático, al ser coronado se había propuesto librar a su tierra de la oscuridad y la maldad que poblaban sus calles bajo la alegre máscara de la prosperidad. Armado de justicia, ecuanimidad y una inexorable determinación, había traido el orden a aquellas tierras, pasando por encima de todos aquellos que trataron de impedírselo: los corruptos, los criminales, la propia nobleza o el mismo clero. Había impuesto un sistema lógico y funcional a una sociedad ignorante, irracional y supersticiosa, incapaz de aceptarlo. Eso lo había convertido en un demonio a ojos de su pueblo, y ahora pagaría por ello.

    Los golpes cesaron durante unos instantes, para volver con más contundencia, más localizados: sus perseguidores habían encontrado un ariete.

    En la penumbra de la sala, tan sólo iluminada por el infierno desatado en el exterior, el príncipe se sintió completamente solo. Sus ojos vagaron cansados por la habitación, amplia aunque austera, mientras sentía la suciedad y la sangre sobre su cuerpo como si fuesen la pátina del pecado que sus enemigos habían cargado sobre su alma. Su mirada reparó en el espejo del rincón: Una sonrisa triste cruzó su rostro al ver en él a una versión pálida, desaseada y hundida del recuerdo que tenía de sí mismo. Absorto en aquel reflejo, se acercó a la superficie pulida, reparando en los detalles de su jubón destrozado y teñido de carmesí, del pelo revuelto y los ojerosos orbes plateados bajo sus cejas finas y oscuras. Con un dedo recorrió la imagen de la larga herida que cruzaba su mejilla, esbozando una mueca de dolor desganado. Miró fijamente a sus propios ojos, tratando de encontrar algo tras ellos.

    "Hiciste lo correcto, y ahora todos te odian por ello", se dijo a sí mismo. "Esta es la recompensa que obtendrá tu gobierno. No serás amado ni recordado, y todo lo conseguido se esfumará bajo el peso muerto de las viejas costumbres, alimentadas por la injusticia de aquellos que ostentan el poder sin asumir la responsabilidad..."

    El príncipe acarició el reflejo de su rostro, compasivamente, mientras la improvisada barricada comenzaba a ceder. "Nadie comprendió nunca tus virtudes, ni jamás lo hará...". Las astillas volaron a sus espaldas, y el príncipe advirtió un destello en sus ojos acerados, como una llama débil tras su sonrisa cínica y cansada. "Nadie te apreció, ni llegó a conocerte realmente..."

    "Nadie salvo..."

    Con un gesto delicado, el príncipe posó sus labios sobre su propio reflejo, cerrando los ojos para recibir a la muerte.

    El armario cedió, y las botas de los mercenarios atravesaron los restos de madera y tela, mientras sus ojos embrutecidos buscaban a su presa por la sala.

    La habitación se hallaba vacía, a excepción de un majestuoso halcón  que, posado sobre el alféizar, lanzó un grito desafiante y victorioso, y se alejó volando hacia el cielo nocturno.

    Grey Arkhane