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    June 21

    El Nombre (Relato Épico de un Solsticio en Preludio y Siete Partes)


    [Opening]
    La niebla tapaba como un velo todo a su alrededor.
    Paso a paso, el viejo caminaba...¿hacia dónde? Apenas podía recordar...Hizo otro esfuerzo, pero no hubo manera. Seguía igual que cuando había despertado, hace horas, en algún lugar al Sur de allí...o, al menos, creía que era el Sur, ya que, aún conservando su sentido de la orientación(¿por qué podía recordar aquello?), las leyes naturales parecían no funcionar del todo bien en aquel océano gris. Preguntarse cosas como de dónde provenía aquella luz que lo bañaba todo con su tono indefinido le provocaban aún más terror que su propia ignorancia con respecto a...todo.
     
    Siguió caminando, guiado por ese instinto innato que sobrevivía a sus recuerdos velados, agazapado en las profundidades de su mente, susurrándole inconscientemente las claves de su supervivencia: "busca agua, comida" "ve hacia el Norte"...Ahora mismo, era todo lo que tenía. Había probado a buscar en los bolsillos de su gastada guerrera, pero no había encontrado nada útil, salvo la cantimplora semivacía, y el sable que aún conservaba...algo le daba escalofríos de aquella niebla antinatural.
     
    Sus pies se desplazaban sobre lo que parecía tierra húmeda, compacta, cubierta de una suave y monótona vegetación. Aunque no los veía, podía notar la presencia de árboles a su alrededor. Intentó una vez más abordar su problema, empezando por la pregunta más sencilla posible: ¿Quién era? ... Quizás no fuese la más sencilla, después de todo. Pero sí la más importante. Podía aceptar su situación, por extraña que le pareciese, podía aceptar la niebla omnipresente y los árboles invisibles, podía aceptar ver sin una fuente de luz conocida, podía llegar a aceptar un buen número de las cosas que podrían surgir de aquel manto gris, tantas como su imaginación concibiese...pero no podía soportar no saber nada sobre sí mismo, ni siquiera su nombre.
     
    ¿Quién era?
     
    Su memoria era un gran torbellino ilegible, como si todos sus recuerdos vibrasen al son de un huracán, y sólo permaneciese, en el ojo del mismo, el más puro y básico instinto. Decidió aferrarse a él, y abrazar el pragmatismo al que le invitaba. Se rascó la barba incipiente, y cayó en la cuenta de que tampoco sabía cuánto llevaba allí.
     
    Y, de repente, los árboles desaparecieron.
     


    Realmente, no hubiera podido decir como lo supo, ya que la niebla seguía aún, densa e impenetrable(salvo por aquella extraña luz gris). Pero, a todos los efectos, fue consciente de ello: Ahora caminaba por un páramo, de piedra seca y arenosa, totalmente yermo, a juzgar por el suelo que crujía bajo sus pies descalzos. Su instinto comenzó a enviarle llamadas de alarma, para que volviese a la vegetación: allí le sería más fácil encontrar sustento y agua...allí le sería más fácil sobrevivir.
     
    Estaba dando media vuelta hacia el Sur cuando oyó los sonidos. Se detuvo, y escuchó atentamente. En efecto, allí estaba otra vez. Una especie de retumbar sordo, discontinuo, seguido de un siseo...como si algo se arrastrase sobre una superficie dura, deshaciéndose en el proceso. El viejo avanzó hacia el sonido, desenvainando el sable.
     
    Diez metros después, topó con el Muro. Era de piedra sólida y robusta, parecía haber sido construido hace más tiempo del que había vivido la Humanidad, y sus bordes se perdían en la sempiterna niebla...la cual, por otra parte, parecía estar deshilachándose a su alrededor, volviendo más nítido su entorno en unos pasos a la redonda... El sonido seguía escuchándose, a su derecha, así que siguió acercándose a él, con la mano libre apoyada en el inesperado referente paisajístico.
     
    Cuando llegó hasta del ruido, la niebla se había separado de él en un radio de varios metros. Cuando comprendió cuál era su fuente, dejó caer el sable y echó a correr hacia ella, separando al hombre de la pared que intentaba horadar con sus manos desnudas y sanguinolentas.
     
    -"¡¡Nooo!! ¡¡Nooo!!"- Pese a su enfermiza palidez y aspecto demacrado, el joven de pelo oscuro y ojos enrojecidos pataleaba y se debatía con fiereza, intentando volver a su macabro cometido.-"¡¡Tengo que pasar, debo cruzar al otro lado!! ¡¡Noo, déjame!! ¡¡¡déjame!!!"
    -"¡¡Cálmate, por el amor de Gaia!!"-Su voz ronca rasgó el aire, deteniendo la salvaje acometida del joven. El hecho de que no creyese en Dios, el hecho de que existiese un concepto llamado Dios, pasó a toda velocidad por la mente del viejo, pero los desechó rápidamente. El grito resultó más efectivo que un golpe de su sable. El joven lo miraba, absorto y estupefacto, como si no comprendiese nada, como si todo su mundo se hubiera vuelto del revés. El viejo lo comprendía.-"¿Quién eres?"
    -"..."-El joven balbuceó algo ininteligible, y señaló al Muro con uno de sus dedos destrozados. En uno de sus enormes ladrillos grises estaba escrita la palabra ATREUS. Escrita con la propia sangre del joven.-"Debo..."-insistió.
    -"¿Por qué quieres cruzar al otro lado? ¿Qué hay allí?"-Los ojos rojizos se abrieron de par en par, presa del horror. El joven("Atreus", se recordó el viejo) empezó a temblar, mientras miraba alternativamente al Muro y a él.
    -"Yo...el Muro..."-parecía perdido, incapaz de asimilar todo lo que su mente generaba a raíz de los acontecimientos. Al cabo de un par de segundos, miró en dirección opuesta, barriendo el vacío con la mirada, y clavó sus ojos en los del viejo-"quería cruzar al otro lado. Allí, allí hay...hay..."-sus ojos se llenaron repentinamente de lágrimas-"...No lo sé"
     
    El anciano lo acunó entre sus brazos hasta que cayó dormido entre sollozos, y le vendó las manos destrozadas. Su cuerpo estaba lleno de cicatrices y contusiones mal curadas. Dejarlo en un estado aceptable le costó una hora, todo el contenido de su cantimplora y lo que quedaba de su casaca. Poco antes de acabar, el joven estaba de nuevo despierto, sumido en una silenciosa lucidez que asustaba y complacía al viejo a partes iguales.
    -"Gracias", le susurró cuando finalizó su tarea.-"¿Cuál es tu nombre?"-El viejo le miró indeciso.
    -"No lo sé", reconoció, torciendo el bigote en una mueca de desagrado.-"No recuerdo nada antes de aparecer...aquí"-Ahora fue la mano del viejo la que barrió el aire señalando la niebla circundante.-"Viajaba hacia el Norte, buscando...respuestas."
     
    Ambos miraron al Muro, en el preciso momento en que algo retumbaba contra él...desde el otro lado. Un escalofrío recorrió a los dos hombres, ahora que incluso Atreus había perdido la protección de la ilusión ciega frente a la imaginación que poblaba las mentes de ambos con criaturas más terribles de las que pudiesen aguardarles tras la niebla. Sin decir nada más, caminaron, alejándose del Muro en dirección Noreste, ahora que ambos sabían que las respuestas que buscaban no se hallaban en aquel lugar.
    La niebla los acompañó, siempre manteniéndose a una misma distancia, formando una cúpula de varios metros de radio donde los dos viajeros podían contemplar el terreno cercano, de una manera menos opresiva que la que el viejo tenía por costumbre. Caminaron lo que les pareció un par de horas, al final de las cuales notificó con sorpresa que una barba de varios centímetros le cubría ya el rostro. Atreus, pese a ser más bien callado y taciturno, tomó la costumbre de llamarle Abuelo. Al viejo le pareció un nombre tan bueno como cualquier otro, al menos hasta que recordase quién era realmente.
     
    Tras afeitarse, utilizando el sable como improvisada hoja de barbero, Abuelo y Atreus prosiguieron su camino hacia el Norte, abandonando las tierras yermas en torno al Muro para entrar en unos pastos de hierba alta, entre la cual surgían, cada cierto tiempo, una especie de monolitos naturales de roca lisa, como pulida en la corriente de un río. Tal y como había encontrado a Atreus, el viejo localizó la orilla del mismo, aunque tardaron bastante más de lo que pensaba en llegar hasta ella.
     
    No se veía la ribera opuesta. Por la misma razón por la que Abuelo había sentido los árboles, sabía que no podrían cruzarlo. El río era más ancho de lo que podían imaginar, más ancho de lo que podrían ver aunque la niebla no les rodease. El agua fluía con un rugido terrible, que apenas dejaba oír a los dos vagabundos sus propias voces, pero era clara y fresca. Ambos bebieron hasta saciarse, y llenaron la cantimplora de Abuelo, regocijados por el feliz hallazgo.
     
    Continuaron su marcha siguiendo el curso del río hacia el Noroeste, buscando un vado por el que atravesarlo. Cada cierto tiempo, se detenían a descansar, haciendo turnos a instancias del viejo, cuyo aguzado instinto aún no acababa de confiar en aquel lugar extraño. En una de esas guardias, Atreus lo despertó precipitadamente.
    -"¡Vamos, arriba, arriba!"-dijo, apremiándolo en voz baja.
    -"¿Qu..."
    -"Ssshh...Hay algo entre la hierba"-Abuelo escuchó. En efecto, una especie de susurro se oía entre las frondosas matas. Con precaución, Atreus tomó una piedra con una de sus manos vendadas, y la arrojó con fuerza hacia el ruido. Se escuchó un chillido, y al acercarse encontraron a la criatura muerta. Tenía aspecto de vaca pequeña y sin cuernos, con un pelaje largo cuyo color resultaba indistinguible bajo aquella permanente luz gris azulada.
     
    Resultó ser comestible y no estar sola, y compartir con su pariente más conocido una inusual mansedumbre. En los días de viaje siguientes, Abuelo y Atreus encontraron arbustos frutales y más animales, de entre los cuales lograron domesticar a una especie de aves del tamaño de un caballo para que les sirviesen como medio de transporte. La ribera del Rugiente, como le llamaban, seguía a su derecha, sumergida en la niebla, pero bien localizada gracias al ruido de sus aguas. A medida que avanzaban la niebla iba retirándose cada vez más, permitiéndoles ver a unos dos kilómetros de distancia en el momento en el que vieron el Puente.
    El Puente era tan ancho como una ciudad pequeña, y sus torres se elevaban hasta rozar la lejana pero aún presente niebla. El viejo y el joven llegaron a lomos de sus Pájaros-Montura hasta la colosal verja de hierro que cerraba el paso a la calzada que se adentraba en las aguas del Rugiente, y encontraron una gran campana dorada ante ella, a modo de llamador. Entre ambos, lograron hacerla sonar, con un tañido limpio y sonoro, que se elevaba por encima del rugido del río.
     
    La verja desapareció, y en su lugar, se encontraron con una monstruosidad gigante, de varios metros de altura y apariencia informe, apenas humanoide, cuyas muchas y largas patas de varias articulaciones le conferían un aspecto de insecto, así como las alas de libélula y la multitud de ojos diseminados por su cuerpo.
     
    -"Soy el Dueño del Puente, ¿qué queréis?"-Su voz era como el gorgoteo del crudo asolando una costa, acompañado del zumbido de un millar de insectos.
    -"Deseamos cruzar"-dijo vehementemente Atreus. El viejo lo miró. Desde que se alejaron de la influencia del Muro, Atreus había abrazado cada vez con más entusiasmo su viaje, hasta convertirse en su principal impulsor. Por alguna extraña razón que no comprendía, el chico percibía con más claridad la razón que los llevaba a viajar hacia el Norte...o quizá fuera que, simplemente, tenía mucha más fe que él en causas sin sentido como aquella.
    Todos los ojos de la criatura los miraron a la vez, mientras lo que parecía su torso se inclinaba hacia ellos."El paso por mis dominios tiene un precio, débiles criaturas..."-Abuelo no podía apartar la mirada del ser, y poco a poco supo que no había otra manera de cruzar hacia el Norte. Atreus también mantenía sus ojos fijos en la criatura, pero el viejo no podía saber lo que estaba pensando. De hecho, cada vez le costaba más no olvidarse de su presencia, perdido en la multitud de iris de distintos colores que atraían su atención.
    -"¿Qué precio?"-preguntó. Lo pagarían, claro. Fuese cual fuese. Tenían que seguir su viaje, Debían ir hacia el Norte, NECESITABAN cruzar ese puente...
    -"Matad al otro. El que muera, será mi comida. El que viva, podrá pasar"-La boca de la criatura se deformó en una sonrisa cruel y desproporcionada, repleta de dientes afilados, mientras Abuelo y Atreus eran repentinamente conscientes de la existencia del otro, una existencia que les impedía lograr su más ferviente deseo: Cruzar el Puente...
     
    -"¡¡¡¡¡AAAAARRRRRRRRRRGGGGGHHHHHH!!!!!"- El infernal chillido que profirió el demoníaco ser al ser asaeteado por las lanzas de luz sacó a los dos compañeros de su hechizo homicida.
    -"¡¡Vamos, corred!!"-les gritó el hombre del sombrero de ala ancha y el largo abrigo de cuero, mientras disparaba con su rifle a los ojos del ser, cegándolos con una puntería mortífera. Abuelo y Atreus echaron a correr hacia el puente, guiados por el compañero del hombre del arma, un joven de pelo castaño oscuro con una capa verde y un gran zurrón en los que lucía el emblema de la Llave y el Acebo.
    -"No os volváis, ¡seguid adelante!"- Les animaba el Andante.
     
    Mientras corrían, el viejo miró atrás durante un segundo, y lo que vio le dejó mudo de asombro: A su espalda, más allá del indio que les seguía a pocos pasos, volviéndose de vez en cuando para disparar otra ráfaga, se desarrollaba la batalla entre dos dioses. La criatura del millar de ojos volaba en círculos, medio ciega y aullando de ira, alrededor de un ser hecho de luz blanca, électrica...pura. Haces de energía concentrada surgían de sus manos, desgarrando trozos de carne putrefacta del cuerpo del demonio, cuya rabia se manifestaba en oleadas de insectos, que chocaban inútiles contra la presencia luminosa...
     
    Abuelo volvió a mirar adelante, cerró los ojos, y corrió más rápido de lo que había corrido nunca. Recordó que había combatido en muchas batallas, pero no le importó: Nunca antes había tenido tanto miedo. 
    Al día siguiente establecieron un campamento alrededor de un fuego, en la otra orilla del río. El hombre de la piel rojiza y los ojos oscuros se presentó como A Khi Ko´Ka. Había sido cazarrecompensas en las Llanuras de los Ancestros, y vagado entre la niebla durante varios días, hasta encontrar a sus dos compañeros de viaje.
     
    Uno de ellos, el Andante, era un viajero nato, acostumbrado a la vida en la intemperie y a orientarse en tierras desconocidas. A diferencia del cazarrecompensas, cuyo humor era cortés pero seco, Andante resultaba atento y amable. Se ofreció a cuidar de las heridas de Atreus, tratándolas con varias plantas y aceites que llevaba en su zurrón. No obstante, había algo en sus ojos que despertaba el recelo del viejo, como si dentro de aquel hombre hubiese más cosas de las que él mismo se diese cuenta.
     
    Y el tercer...¿hombre? No hubiera podido asegurarlo. Medía algo más de dos metros, y una armadura de metales que Abuelo no conocía recubría sus esbeltas extremidades, dándole la apariencia de uno de los Titanes de la Época Clásica. Pero lo realmente aterrador era su rostro, vacío, liso, blanco como la nieve, y en el que solamente relucían las dos llamas azules que aquel ser tenía por ojos, bajo el símbolo de los Ahsuui en su frente. No hablaba con nadie(de hecho, carecía de boca con que hacerlo), pero, de manera misteriosa, en las mentes de los que le rodeaban aparecía la información que necesitaban saber de él. Sin saber muy bien como, Abuelo descubrió que se llamaba Ahsunthur, y que su misión de restaurar lo que había sido destruido se había visto interrumpida por la Anomalía.
    "Así que así es como llama al hecho de que estemos atrapados en algún lugar indefinible más allá del tiempo y el espacio, rodeados de niebla e incertidumbre. Anomalía."-El ser le dedicó una mirada fugaz en la que, por un momento, Abuelo creyó ver una sonrisa.
     
    Más tarde, cuando estuvieron todos reunidos en torno al fuego, Atreus preguntó cómo pretendían eludir la Anomalía. Ahsunthur se limitó a señalar al cielo neblinoso, sobre el cual traslucía un disco azul-grisáceo.
    -"¿El sol?"
    -"Se acerca el solsticio"-añadió el Andante. Ahsunthur asintió, y permaneció haciendo guardia mientras los demás dormían, contemplando las montañas que se alzaban ante ellos, al Norte.
    Cuando despertaron, pusieron rumbo a las montañas, guiados por A Khi Ko´Ka. Cuando Abuelo se acercó al Andante para preguntarle por qué no encabezaba él la marcha, apenas tuvo tiempo de recibir una mirada de desprecio desde debajo de la capucha negra, acompañado de un repiqueteo de los dedos sobre las empuñaduras de dos dagas cortas que colgaban de su cinturón, antes de que el cazarrecompensas se lo llevase aparte para aclararle la situación.
    -"Él no es quién era ayer. Ayer Andante, hoy Asesino. Está maldito. Una persona, dos caras. Una cara, dos personas. Difícil, pero así es como es. No te hará daño si eres prudente."-Abuelo solo pudo asentir, pero desde entonces mantuvo siempre cerca su fiel sable.
     
    A medida que ascendían, la vegetación iba volviéndose cada vez más frondosa y retorcida, y al poco tiempo se encontraron rodeados por un bosque de árboles negros de formas tortuosas y amenazantes. La niebla pareció volver a cerrarse sobre ellos, e instintivamente apretaron el paso, tratando de llegar a la cima antes del siguiente alto. Todos tenían la sensación de que algo estaba vigilándoles, y en un par de ocasiones, el Asesino desapareció para volver cinco minutos más tarde, sin resultados y con evidentes signos de frustración. En la tercera de sus incursiones, volvió sangrando.
    -"Joder..."-La sangre resbalaba por su antebrazo mientras se arremangaba para tratar de localizar la herida y taparla. Abuelo sorprendió a Atreus mirando sus propias manos vendadas, con una expresión absorta, mientras Ahsunthur colocaba una mano sobre la herida del Asesino.
    Hubo un fogonazo blanquecino, y un grito de dolor.
    -"..."-El Asesino comprobó que su herida estaba cauterizada, y que ya no sangraba.-"Gracias"
    Ahsunthur sugirió continuar con rapidez(todo el mundo lo supo, pese a que no emitió un solo sonido), ya que, fuera lo que fuera lo que les acechaba en la espesura, ahora había probado su sangre. Nadie se opuso.
     
    Llegaron a la cima en unas horas, encontrando una cueva donde poder establecer un nuevo ciclo de guardias que les permitiese descansar. La opresión de aquellos ojos invisibles entre los árboles ponía nerviosos a todos, así que pocos pudieron conciliar el sueño, pese a que allí, en aquel bosque, la luz del perenne sol gris azulado apenas parecía llegar. La tercera guardia la llevaron a cabo el indio y el viejo. Ambos charlaron de sus tiempos en el ejército, el cazarrecompensas como asociado del de EEUU y Abuelo como capitán general del de...del de...bueno, qué más daba, todos los ejércitos eran muy parecidos. Al menos, supo por qué llevaba aquel sable, y el origen de su capacidad de orientación, lo cual le daba alguna pista más de su propia y perdida identidad...
     
    Algo se movió entre los matorrales, cerca de la entrada de la cueva. Tanto Abuelo como A Khi Ko´Ka saltaron con las armas dispuestas, oteando los árboles para prever cualquier ataque.
    -"¿Quién va?"-rugió Abuelo.
    Le respondió la carga aullante de una enorme bestia gris, repleta de dientes. El rugido atronó la cueva, despertando a sus ocupantes. A Khi Ko´Ka disparó una y otra vez, hiriendo al animal que, según se dio cuenta Abuelo, ya perdía sangre cuando entró en el claro circundante a la cueva. Paralizado, solo pudo asistir a la increíble transformación que arrojó a un hombre malherido a sus brazos, en lugar de un enorme Lobo Gris.
     
    -"¡¡Ahray´Khy, no!!"-gritó la voz del pintor, cuando contemplaron la escena.
    Ahray´Khy era un Hombre Lobo. Un Licántropo. A aquellas alturas, eso no le sorprendió. Desde que apareciese en aquel lugar permanentemente acosado por la niebla, había visto tantas cosas, que la manifestación de una leyenda local poco podía impresionarle. El lupino resultó ser un gran conversador. Algo excéntrico, debido a sus manías de permanecer callado de tanto en tanto, escuchando cosas que nadie más oía, u olfatear de repente el aire en busca de rastros, pero considerablemente culto. Tenía un aire aristocrático, que se echaba a perder en cuanto uno se fijaba en sus estremecedores ojos dorados, que ardían con el fuego salvaje de las bestias.
     
    Al viejo le sorprendió que acabase cayéndole mejor el Hombre Lobo que el pintor que le acompañaba. De aire melancólico y atribulado, Abuelo nunca llegó a entender aquello que contaba acerca de cuadros que se descreaban, de trazos que se deshacían al avanzar el tiempo, como si su arte viajase al contrario que el resto del Universo. Hizo mejores migas con Atreus, a quién trató de enseñar algo de su peculiar capacidad artística, que sólo parecía generar lienzos en blanco, o bloques de piedra basta.
     
    Atravesaron la cordillera sin demasiados inconvenientes. Aquello que acechaba en la oscuridad se había mantenido apartado, especialmente después de que Ahray´Khy se recuperase de sus heridas, con ayuda de Ahsunthur y el Andante. Las criaturas del bosque tenían respeto a los suyos, comentaba, aunque fuesen las de un bosque maligno y corrupto como aquel.
     
    Al segundo día, divisaron el Valle. Estaba encerrado entre montañas, y la niebla acumulada en él lo hacía parecer un cuenco relleno de veneno. Nadie logró calcular su profundidad, ni lo que había bajo aquella niebla, pero todos sabían que su viaje concluía allí. Faltaban seis horas para que el sol gris-azulado de aquel lugar alcanzase el solsticio, según les informó el Andante, que volvía a vestir su capa verde de viaje. Sin mayor demora, emprendieron el descenso.
     
    Si el exterior del Valle era oscuro y amenazador, la sensación de angustia que causaba el interior del mismo resultaba casi indescriptible. Cientos de maléficos ojos rojos brillaban fuera del alcance del grupo, impacientes, hambrientos...Los caminantes apretaron el paso cada vez más, al compás de la tensión que crecía entre las criaturas de la espesura. Los susurros de las hojas al moverse, los jadeos hambrientos y ansiosos de aquellos seres, el sonido de los pasos del grupo iban acelerándose como el latir de un corazón furioso, como el ruido de una riada acercándose.
     
    La primera gota cayó con un grito inhumano sobre Ahsunthur, siendo fulminada en un fogonazo eléctrico que reveló la miríada de seres que poblaban el entramado de troncos retorcidos. El resto se echó encima del grupo un instante después, en una cacofonía de gruñidos y gorgoteos.
    -"¡¡CORRED!!"-gritó Ahray´Khy, ya convertido en un enorme Lobo Gris, que repartía dentelladas tratando de asegurar el camino a sus compañeros-"¡¡Corred hacia el centro del Valle!!"
     
    Y así hicieron, con Ahsunthur a la cabeza, cuyo puño alzado brillaba con la fuerza cegadora de una estrella, asediados y hostigados por aquellos letales e invisibles seres, hasta llegar a las puertas de la Catedral.
    Abuelo no pudo admirar la colosal fachada del edificio, ni los enormes portales de madera que daban la entrada al Templo. Sin embargo, en cuanto pisó el interior de la misma, después de ayudar a sellar la entrada, dejó escapar una exclamación de asombro.
     
    Ante él se extendía un vasto bosque de columnas más anchas que un hombre, cuyo fin se perdía en la niebla que, hasta allí dentro, permanecía presente. Hileras de bancos se extendían hacia el fondo, bañados por la cálida luz dorada que entraba por las vidrieras de las naves laterales. El halo de paz y calma que reinaba en el ambiente de aquel lugar les hizo olvidarse de los horrores que se encontraban afuera, al otro lado de aquellos muros.
     
    Los siete avanzaron por el pasillo central de la nave principal, en dirección al crucero, lugar en el que se alzaba un pilar de piedra, coronado por una pila en la que reverberaba un líquido plateado. Como una sola persona, los siete viajeros se encaramaron a la construcción, colocándose junto a la fuente.
    -"Faltan siete minutos..."-apuntó el Andante.-"¿qué creéis que ocurrirá?"
     
    Un jadeo ahogado recibió Su aparición. Desligados de sus vidrieras, las formas etéreas de los tres dioses avanzaron hacia el centro del Templo, bañados en luz dorada. El Equilibrio. El Cambio. La Razón. Mudos, silenciosos, su presencia hizo encogerse incluso a Ahsunthur, poderoso entre sus compañeros.
     
    Los siete permanecieron inmóviles, contemplando cómo los dioses se detenían a su alrededor mientras los bancos se llenaban de más formas espectrales, de las formas de aquellos que fueron y serían, el potencial imaginado de los Tres. Poco a poco comenzaron a cantar, con sus voces armónicas, perfectas, sobrenaturales...
     
    -"Dos minutos"-susurró, nervioso, el Andante, cuyos rasgos saltaban a cada instante entre la suavidad de la madera y el frío acerado más propio del Asesino.
    Abuelo reparó en cómo Ahray´Khy miraba a los ojos al Cambio, y se dio cuenta de que era su vivo reflejo. Eso lo hizo sonreír, antes de centrar su atención en los ojos intensamente verdes de la Razón, y descubrir que en ellos estaba la respuesta que había buscado.
     
    El solsticio llegó, y un rayo de aquel sol gris cayó desde la bóveda, directamente sobre la pila, envolviendo a los siete en el mismo haz plateado. Una forma comenzó a hacerse visible en la superficie del agua.
     
    Abuelo sonrió abiertamente.
    -"¿qué pasa?"-preguntó Atreus
    -"Mi nombre. Me llamo Aureliano"
    -NO... TU NOMBRE ES ADRIÁN. -dijeron los Tres.
     
    Un rostro se formó en el agua, y Aureliano se dio cuenta de que era igual al suyo...y al de los otros seis.
     
    Grey Arkhane
    June 16

    Luz de una Estrella Muerta


    [Find Your Way]
    Tumbado boca arriba en mi cama,
    pienso en la luz de una estrella muerta.
    ¿por qué sus restos de tea apagada,
    humo disperso y ceniza incierta,
    no son capaces de recuperarla?
     
    Y en los rincones de las Vastas Tierras
    del Vacío Inabarcable, Eterna Nada,
    la Luz se esconde, esquiva y dispersa,
    fugitivos fotones colándose por mi ventana.
     
    La luz de una estrella es su vida, su herencia
    ¿por qué no la persigue y la atrapa?
    no puedo evitar que otra vez la duda aparezca.
     
    ¿Será que esta Estrella Oscura dejó su luz abandonada,
    prefiriendo buscar en las sombras una nueva existencia?
     
    Confuso, intento dormirme de nuevo...
     
    Grey Arkhane
    June 08

    Incertidumbres tácticas


    [Imperial]
    El jinete se acercó al pabellón del Estado Mayor, cabalgando a toda prisa, después de gritar la contraseña acordada a los centinelas.

    "¿Y bien?" -preguntó el General Notwen, en boca de todos los estrategas reunidos ante la mesa llena de mapas, documentos, punteros y pequeñas piezas de plomo.

    "No...no sabemos nada"

    "¿¿Cómo que no sabemos nada??"-El rostro del Coronel Nameir se puso rojo debido al arranque de ira, mientras su poblado bigote se movía al compás de su mandíbula, como siempre que lo vencía la impaciencia o la frustración. Hubiera resultado cómico, para alguien que no conociese su reputación. Probablemente el desdichado que cumpliese con esas características se hubiera reído...con lo que pronto hubiese dejado de desconocer esa reputación. El mensajero no era de esos, y ahora mismo estaba mudo de miedo.

    "Explícanoslo detalladamente", pidió con voz calma Notwen, mientras con un gesto pedía contención a Nameir. El mensajero se aclaró la garganta y señaló tres puntos sobre el mapa.

    "Tal y como ordenásteis, desplegamos tres equipos de exploradores aquí, aquí y aquí, en los puntos que se suponía utilizaría el enemigo para aproximarse a nosotros..."

    "Eso ya lo sabemos, teniente, fuimos nosotros los que trazamos ese plan"-Las sosegadas risas de un par de los presentes secundaron el comentario del joven Coronel Reckulp, el cual hizo un gesto al jinete para que continuase, mientras exhibía su peculiar sonrisa irónica, por la que era notablemente famoso, y deseado, entre las mujeres de la nación. "Salte a lo que nos interesa"

    "Eh...bien. El caso es que el primer grupo confirmó nuestras previsiones: El ejército del general Aureliano marchaba a buen ritmo por la calzada del noroeste, tras acampar en el Claro de Soto. Los cálculos de que llegaría al Altollano al atardecer y establecería allí su pabellón para afrontar el conflicto con las colinas como cobertura parecían ser correctos." -Todos los ojos de los estadistas reunidos en torno a la mesa estaban pendientes de sus palabras, analizándolas, considerando los datos que encerraban en sus propios cálculos militares.
    "Sí, eso lo sabemos", intervino McNirual, "los exploradores del Grupo Eurídice llegaron esta misma mañana, confirmando sus palabras"
    "Gracias, Steve"-dijo Notwen, manteniendo su habitual expresión de imperturbabilidad."Continúe, teniente"

    El joven se aclaró la garganta: "El segundo grupo fue descubierto por las tropas enemigas, señor"
    "¿y qué tiene eso de extraño? Las escaramuzas entre exploradores son algo normal, por eso se envían varios grupos..."-la frente del anciano Nietsnie se frunció en una expresión de extrañeza.
    "no...no fueron exploradores, señor. Fue el grueso del ejército. Transitaban por los Senderos Afilados."

    Un silencio repentino barrió las conversaciones en voz baja que rodeaban la mesa, y todos los ojos se giraron hacia el informante.
    "¿el...grueso de la columna? ¿por los Senderos?", dijo un incrédulo Nameir
    "si, señor"-y el silencio se fue, sustituido por un alboroto desconcertado. Notwen tuvo que alzar la voz para acallar a los presentes.
    "Oigamos el resto del informe antes de hacer especulaciones, por favor. ¿Qué sucedió con el tercer grupo?"

    "Bueno...Algunos supervivientes del Grupo Xavier lograron tomar contacto con el tercer grupo de exploración. Mi superior, el Sargento Wittman de la Unidad Paradox, decidió abandonar el punto P para dirigirse a unas nuevas coordenadas más útiles de acuerdo con su misión."-el teniente trazó una línea sobre el mapa, hasta detenerse en un nuevo punto a varias millas del original.

    "Directamente sobre los riscos. Una buena vista sobre los Senderos Afilados. Si Aureliano llevó a todo su ejército por allí, pudieron tomar nota del tamaño de sus fuerzas, velocidad y capacidad de suministro.", apuntó McNiural

    "Si, pero...¿Qué pretende con todo eso? Tenía la ventaja estratégica del terreno" -los ojos de Reckulp permanecían fijos sobre el mapa, como si este le fuese a revelar las intenciones de su enemigo."tenía la ventaja estratégica..."

    "Al menos tendremos datos sobre la nueva formación que ha tomado la columna de Aureliano, ¿no, teniente?", añadió Nameir, rechinando los dientes en un mal conseguido intento de calma.
    El jinete carraspeó, indeciso. "Verán...La...la cuestión es que...que no"

    De nuevo, gritos airados lo interrumpieron, antes de que Notwen volviese a calmar los ánimos, habiendo perdido en el proceso su frialdad acostumbrada.

    "¿Por qué no?"
    "La columna no apareció, señor. Ni allí, ni en Altollano, donde permaneció una pequeña dotación por orden del Sargento Wittman, ni en ningún punto entre ambas recorrido por los correos entre posiciones. El Grupo Eurídice, en su reincorporación a la tropa, nos dijo que tampoco había habido ningún movimiento de retirada. En definitiva, General... No sabemos dónde están"

    El silencio resultaba abrumador.

    "Gracias, teniente. Puede retirarse" -Notwen fue el único que alcanzó a decir algo. Porque, por mucho que examinasen el mapa una y otra vez, ni él, ni el experimentado Nietsnie, ni McNiural, ni el sagaz Reckulp, ni Nameir, ni ninguno de los presentes, sabían donde estaba el enemigo.

    Aureliano les había declarado la guerra abiertamente, y, al frente de su ejército, había combatido contra ellos en más ocasiones de las que algunos recordaban. Nunca había rehuído la confrontación.

    ¿Qué había pasado, entonces? ¿Dónde estaba Aureliano?

    Grey Arkhane