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    7월 27일

    Voto de Silencio


     

    Sucede a menudo que la privación nos ilumina también con la noción de la mesura, que la ausencia total nos hace ver por fin la medida en que necesitamos realmente aquello que hemos perdido. Nada nos enseña mejor que el hambre la cantidad de comida que necesitamos, nada mejor que la pobreza los gastos que son realmente imprescindibles...y nada como la muerte para revelarnos el valor real de nuestros afectos.

    En estos momentos, me he quedado sin voz. La presa de la enfermedad se ha cerrado en torno a mi garganta, apagando mis palabras en el ineludible silencio febril del convaleciente. Durante tres días, en los que cada susurro se convertía en un alegórico infierno repleto de fragmentos afilados y llamas candentes, he vivido privado del habla...y ello me ha enseñado, también, algo sobre el uso de las palabras.

    He aprendido que esos poderosos símbolos, con los que expresamos ideas y sentimientos, encierran un peligro en si mismos, debido a su cualidad demiúrgica y, al mismo tiempo, a su evidente insuficiencia. A lo largo de nuestra historia, hemos creado palabras para todo lo que nuestra mente era capaz de concebir, así como para todo lo que nuestro corazón y nuestro espíritu eran capaces de albergar. Sin embargo, el tapiz de pensamientos y emociones se teje y deshace a una velocidad mayor de la que podemos reflejar con palabras, y la idea que representa cada una de estas no es más que un minúsculo matiz en una mezcolanza inabarcable de tonos y texturas. Así, las palabras desglosan matices, y con ellas, como pintores más o menos expertos, intentamos construir el retrato de lo que en realidad transcurre en nuestro interior, encontrándonos también con la misma dificultad que el artista: nuestras imágenes, por muy elaboradas que sean, acaban siendo apenas una pobre interpretación de la realidad que las sustenta.

    Por otra parte, el uso del lenguaje se ha convertido en el pilar de la civilización. Como en el caso del dinero fiduciario, la versatilidad de las palabras para construir realidades que de otro modo resultarían abstractas e inalcanzables ha provocado que finalmente nos hayamos acostumbrado a ponderar las ideas y los sentimientos en función del valor aparente que le otorgan las palabras que los describen, en lugar de su valor bruto(tan difícil de determinar, por otro lado). Todo ello, unido a que dicha versatilidad permite incluso alcanzar el ámbito de lo imaginario, ha acabado construyendo un intrincado laberinto psíquico para todos los dotados del don del habla en el que resulta dificil distinguir, entre la ingente marea de palabras que empleamos a diario, cuáles de estas son realmente imprescindibles, realmente trascendentes.

    Sumido en este silencio impuesto por las circunstancias, reflexiono sobre este hecho, aprendiendo a reconocer el valor de mis silencios, la futilidad de muchas de las palabras usadas y la inexplicable ausencia de otras no dichas, y me encuentro deseando conocer una mejor manera, más fiel, más exacta, de transmitir lo que mi mente y mi corazón guardan o, al menos, aprender a usar la que ya tengo(esas bellas, peligrosas palabras) en la justa medida de lo correcto.

    Sabiendo que quizá nunca llegue a conseguirlo me atrevo a desear, apenas por un instante, que mi voz no regrese nunca.

    Grey Arkhane
    7월 7일

    Un gesto simple


     
     

    Contemplo paralizado la escena, sumido en el repentino terror de quien acomete por vez primera una responsabilidad grande y terrible.

    El rostro afable del Padre Thorne le sonrió pese a su estado convaleciente.
    "Lo harás bien, Vict..." -su voz se ahogó entre toses. "Lo harás bien, Victor" repitió, recuperando nuevamente la sonrisa.

    En estos momentos me encuentro en un soportal de una de las amplias avenidas de Avranches, una pequeña localidad francesa situada en la bahía de Sant-Michel, a pocos kilómetros del mar. Es un lugar repleto de parques y plazas, desde los que puede admirarse la maravillosa abadía de Mont Sant-Michel, encaramada en su pequeña isla. Un lugar tranquilo, que ahora mismo se encuentra envuelto en una niebla densa y espesa, y sus calles vacías muestran con mudo horror sus cicatrices mientras en sus nichos vacíos sólo resuena la desgarradora polifonía de la guerra.

    Y ante mis ojos, más de una docena de hombres de mi compañía agoniza en el Jardin des Plantes, abatidos al intentar avanzar hacia el centro de la población por el fuego cruzado de las posiciones defensivas alemanas. Los pocos que quedamos vivos contemplamos enmudecidos la masacre. Sobre mi alma se abate el peso de la responsabilidad.

    "Pero...pero tan sólo soy un monaguillo..."
    "Vamos, me has visto hacerlo muchas ve...veces, te sabes los cánticos de memoria..." -Thorne hizo una nueva pausa para toser- "confío en tí, Victor. Eres el único que puede tomar esta responsabilidad en... este momento. Eres el único que puede oficiar la misa"
    "Estarán todos allí...mirándome" -para aquel niño de catorce años, ser el único capaz de llevar a cabo la celebración más importante de aquella pequeña parroquia católica, a la que asistiría todo el pueblo, resultaba aterrador e inabarcable.

    Responsabilidad...la carga que Dios delega en los hombros de los hombres, para administrar su Justicia y su Bondad. Incluso aquí, en la máxima expresión del Infierno sobre la tierra, la voz del Altísimo debe ser escuchada, debe llegar a las pobres almas que sufren el martirio ante mis ojos...y debo ser yo, como capellán de la compañía, quién les lleve el consuelo de su Amor. Pero entre sus cuerpos caídos veo alzarse la oscura figura de la Parca, aguardándome como al cordero que soy, presta para entregarme en sacrificio al Mal al que sirven las balas de nuestros enemigos. Y tengo miedo.

    Con una de las viejas casullas del Padre Thorne sobre sus hábitos de acólito como único símbolo de su extraordinaria potestad, Victor salió al altar, encontrándose con la estupefacta mirada de todos sus convecinos. Tratando de reunir toda la autoridad que pudo en su aún débil voz, anunció la imprevista ausencia del párroco en tan señalado día, pero se vió acallado por el cuchicheo de los feligreses, que llenaba con su sordo rumor cada rincón de la capilla, azotando los miedos del joven monaguillo de nuevo contra él.

    Tomo aire y cierro los ojos, lanzando una desesperada plegaria a las alturas, mientras mi mano se cierra en torno al crucifijo y la biblia que comparten hogar en mi cinturón con raciones de campaña y bengalas. "A tus designios me encomiendo, Señor..."

    "Tengo miedo, padre...¿qué debo hacer?"
    Thorne dejó que sus ojos brillaran con otra de sus radiantes sonrisas antes de responder.

    Aún con los ojos cerrados, me deshago de mis miedos. Dando un paso, salgo a la plaza. Y tras ese paso, el siguiente, mientras a mi alrededor comienzo a escuchar el murmullo lejano de las ametralladoras al recargarse.
    Aún con los ojos cerrados, el joven Victor recordó la letra del primer canto litúrgico. Su voz dejó escapar la primera nota. Y tras ella, la siguiente, mientras a su alrededor aún se oían los murmullos de los congregados.

    Alzo en mis manos la biblia y el crucifijo mientras sigo avanzando hacia mis compañeros caídos, aún con los ojos cerrados. Los que permanecen en el soportal me gritan, pero ninguno trata de detenerme. A mi alrededor comienzo a sentir los impactos errados de los tiradores alemanes.
    Alzó sus manos hacia el techo de la capilla mientras elevaba su canto a los cielos, aún con los ojos cerrados. Muchos de los asistentes callaron al darse cuenta, y algunos de ellos unieron sus voces a la de Victor, primero débilmente, pero luego cada vez con más fuerza.

    Las palabras del Padre Thorne vuelven a mi mente una vez más.

    "Convierte tu carga en un gesto simple"

    Un gesto simple como una canción dirigida al Señor por una pequeña comunidad. Como una última oración por un alma que abandona este mundo.

    Abriendo los ojos entre una lluvia de fuego, me arrodillo junto al primero de los cuerpos de mis compañeros, y musito una breve plegaria por su alma. Ninguna bala me hiere.

    Grey Arkhane