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    August 24

    El mejor

    El asesino echó una ojeada calle abajo desde su refugio de sombras. No había perdido a su presa. Nunca lo hacía. Por algo era el mejor.
     
    En silencio se deslizó a través de soportales y callejas, invisible a la gente que caminaba distraída por ellas. Hacía apenas una hora que la noche había caído sobre la ciudad, y aún brillaban los últimos rayos solares, tiñendo de rojo los viejos edificios del núcleo de la misma. "De rojo sangre", pensó, y sus ojos brillaron en la oscuridad con lo más parecido a una sonrisa que su rostro podía llegar a esbozar.
     
    Su víctima avanzaba veinte pasos por delante, sin percatarse de su atenta mirada, como un cordero inconsciente de su próximo sacrificio. Embozado en una capa verde oscura, se dirigía con paso tranquilo hacia la Calle de Fierros, en dirección a la vieja muralla. Su último paseo. Al menos, su vida acabaría en un lugar con unas vistas insuperables. Algo mucho mejor que lo que habían tenido muchas de las víctimas del asesino, que durante un momento dejó pasear su mente por los sucios callejones y oscuros portales que habían sido testigos de su indiscutible eficiencia. Con una caricia en el mango de su daga, devolvió su mente a la caza.
     
    Nunca había visto a su víctima, ni a aquel que deseaba su muerte. Tampoco es que lo necesitase. Vivía en un mundo de sombras, y estaba acostumbrado a tratar con gente oculta tras capuchas, máscaras, antifaces y demás protectores de la supuesta privacidad que sus clientes deseaban. En realidad, los años le habían hecho desarrollar la capacidad de traspasar esas máscaras, de conocer a una persona por sus movimientos, por el timbre de su voz, por todas esas señales que el cuerpo no puede evitar emitir a cada instante. Para él, las máscaras eran transparentes. Salvo esta vez.
     
    Frunció el entrecejo, mientras se deslizaba por una calleja lateral, acortando distancias con su presa. El hombre que le había contratado resultaba un completo desconocido para él. No era ninguno de los comerciantes o nobles que habitualmente requerían sus servicios(con el elevado coste que eso suponía), y normalmente no hubiera trabajado para él antes de averiguar más cosas sobre su identidad. Pero su benefactor también había pagado generosamente por ello. Y, en última instancia, para el asesino su trabajo era eso: trabajo.
     
    Y allí estaba, tres días después, cumpliendo con diligencia su parte del trato. El encapuchado entró en el paseo del río, que recorría la parte superior de la antigua muralla, y una sombra le siguió los pasos, apenas perceptible como una inusual brisa entre los matorrales que crecían en el paseo. Poca gente compartía su camino, pero aún así el asesino esperó. Aún no era el momento.
     
    Había algo en aquel hombre que le intrigaba. Desde que comenzó a seguirle, a la salida de la taberna en la que había cenado, había notado una inexplicable familiaridad en el lenguaje corporal de su víctima, como si lo conociese de algún otro tiempo. No había podido ver su rostro aún, así que todavía no conocía la identidad de su presa. Hasta el momento, se había guiado por la detallada descripción que le había dado su cliente: La antigua capa verde, un modelo ya en desuso, y la bolsa de piel que colgaba a un costado con el emblema de la llave y las dos hojas de acebo resultaban inconfundibles. Las botas de caminante, la cadencia de su paso, la calidad de sus ropas, ajadas por el uso pero pulcras, la confianza en sus ademanes y gestos, eran otras pistas que para sus ojos entrenados lo identificaban con tanta claridad como un retrato. El hombre torció a la izquierda, por el puente, y la sombra se acercó aún más.
     
    Al llegar a la otra orilla, un leve susurro le hizo volverse, y escudriñó el puente tras de sí desde la oscuridad de su capucha. No había nadie. Achacándolo al viento de la ribera, se dió la vuelta para continuar su camino.
     
    Y se encontró frente al asesino.
     
    Con un rápido manotazo, el cazador retiró la capucha de su víctima, mientras su mano, diestra y experimentada, desenfundaba su daga.
     
    Una expresión de horror apareció en ambos rostros. En el caminante, por la inminencia de la muerte. En el asesino, porque aquel a quién debía matar, tenía su mismo rostro.
     
    Durante una fracción de segundo en la que el tiempo pareció congelarse, el asesino consideró la situación, de manera fría y metódica, carente de emociones pero no de una cierta superstición. Un pensamiento fruto de ésta última apareció en su mente: Estaba a punto de matarse a si mismo. Si su daga continuaba su camino, no podría averiguar quién era aquel que le miraba como un espejo, cuál era su vida, su origen, la razón de tan sobrenatural coincidencia... Si lo asesinaba, perdería todas las respuestas, las respuestas de cómo podría haber sido su vida, de cómo sería si su corazón no se hubiese helado con el gélido contacto de la muerte, si no hubiera perdido lo que otros consideran baluarte de su condición humana...
     
    Con un rápido movimiento, la daga atravesó su garganta, arrebatándole la vida al caminante.
     
    Por algo era el mejor.
     
    Grey Arkhane
     
     
     
     
    August 20

    Ángel sin alas

    Ángel que me acaricias con tus palabras,
    caído ante mi desde el cielo,
    envuélveme con la luz de tus alas,
    emprendamos juntos el vuelo.
     
    ¿Qué sucede?
    Unas cadenas atrapan mi mente...
    ¿Qué ves, en qué he cambiado?
    ¿Qué ha pasado con aquel
    que solía perderse en las vías del deber?
    ¿Qué hay del historiador, del cínico,
    del chico que jugaba a ser el más siniestro entre los monstruos del armario?
     
    ¿Qué ha sido de mi, de aquel que yo era?
    ¿Acaso importa? ¿Qué soy?
    Un poeta colgado de un sueño,
    un niño que se olvida de jugar,
    un marino viendo su barco marchar...
     
    Palabras inconexas, ya no soy yo, soy ella...
    Ángel sin alas que devora mis entrañas.
     
    Grey Arkhane
    August 07

    Las alas de Ícaro

    Libertad. Decimos que somos libres. y muchos de nosotros lo creemos realmente. La Libertad es para nosotros ese Dios que vive en nuestro interior, esa entidad inviolable y axiomática sin la cual la existencia no tendría sentido. Decimos que somos libres, y nos mostramos henchidos de orgullo por ello.
     
    ¿Por qué entonces seguimos soñando con la Libertad? ¿Por qué en esas noches de lámpara y archivos, de cafeína y ojeras, sentimos ese deseo de abrir la ventana y volar, volar lejos, volar libres? ¿Por qué desearíamos quedarnos siempre en un determinado lugar, en un determinado instante, negándonos a volver a la odiada rutina del inconstante paso del tiempo en los mismos sitios de siempre?
     
    Los ángeles no desean el Cielo. No necesitan soñar con él, no sienten la necesidad de alcanzar lo que ya tienen. Y nosotros, orgullosos como estamos de nuestra libertad, seguimos soñando con ella. Podríamos clasificarlo de sintomático, el ser humano tiene una sorprendente capacidad para autocegarse ante las cosas más obvias, en virtud del mundo de ilusiones que ha tejido en torno a su propia existencia para protegerla del conocimiento pleno sobre ella al que dice aspirar. Ese conocimiento que filósofos, teólogos, científicos, psicólogos, artistas y eruditos varios siguen buscando con ahínco, siguiendo de manera paradójica doctrinas cuyos preceptos se fundamentan en esos muros ilusorios que lo ocultan a nuestros ojos(algunos dicen que por fortuna).
     
    Decimos que somos libres, pero vivimos esclavos de miles de factores que destruyen esa libertad, encauzando nuestras elecciones: Una sociedad, un estado, una cultura, unas creencias, una educación, las personas con las que nos relacionamos...todos ellos ponen su grano de arena en la balanza de cada decisión que tomamos, desequilibrando el resultado. Y no se trata de una opinión personal, existen numerosas áreas del estudio humano dedicadas a esta influencia en el individuo, desde el enfoque púramente teórico de ciertas ramas de la filosofía a los modos más pragmáticos de la sociología. El ser humano no es libre, pero aún así se declara como tal.
     
    Llegados a este punto, incapaces de prescindir de un concepto tan vital para nosotros, pero abrumados por esa sutil evidencia que niega categóricamente su existencia, los seres humanos tomamos esa hipócrita solución de redefinirlo. Nos declaramos orgullosamente libres, si, pero libres de acuerdo a unas determinadas normas sociales, éticas, morales, económicas, estatales... Definimos una libertad con extremos, una libertad con barrotes, en lugar de reconocer simplemente su inexistencia. Pero claro, llevamos demasiados siglos luchando por ella, y resulta más fácil autoengañarse que reconocer la propia insensatez.
     
    Así, somos el único animal lo suficientemente estúpido como para proclamar lo libres que somos dentro de nuestra jaula.
     
    Por supuesto, siempre habrá alguien que defienda el concepto de libertad en un caso teórico que prescindiese de los factores antes mencionados, la libertad, por ejemplo, de un individuo aislado de otros individuos, sin una educación recibida ni el influjo de una determinada cultura o sociedad. En definitiva, la libertad del salvaje. Esa gente suele olvidar que, aún en ese caso, aún llevándolo a un aislamiento extremo, tal individuo seguiría viendo sus decisiones, sus opiniones, desvirtuadas por un factor que no controla, y que no puede eliminar: su propia existencia.
     
    No existe ningún ser capaz de no ser él mismo, capaz de romper con la información que contiene su espíritu, o, para los menos vitalistas, la que mismamente contienen sus genes. Nadie puede escapar de quién es, nadie que pueda desligarse del concepto del Yo, y de las sensaciones caracterizadoras que cada ser asocia a tal término.
     
    Tampoco es posible suprimir los instintos(otra necedad de la que alardea el ser humano, en su lamentable afán por diferenciarse del resto de especies), ni de asimilar sensaciones con respecto al medio que rodea al individuo, por mínimo que este sea. Esta autoinfluencia, en su mayor parte inconsciente, siempre ejerce su papel, predisponiéndonos a elegir ciertas opciones en detrimento de otras, por lo que llamamos instinto o intuición, ese "algo" indefinible que nos hace decidir cuando no existe ningún otro criterio. De este modo, siendo incontrolable por nuestra voluntad, pues opera a un nivel instintivo, inconsciente, y por lo tanto también permanente, vemos todas nuestras decisiones subyugadas a este factor(al menos).
     
    Este factor que, aún en extremos teóricos en los que las restricciones sobre nuestro criterio han sido eliminadas, sigue destruyendo ese concepto, bello pero ilusorio, que es la Libertad.
     
    En definitiva, la Libertad no es más que las alas de Ícaro, ese traicionero artefacto que hemos creado para creer que podemos volar, pero que se derrite y nos destruye cuando intentamos hacerlo demasiado alto...
     
    Grey Arkhane