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    8월 20일

    Ka-tet


    [Archlord intro]

    Todo comenzó como aquella otra vieja historia: El hombre de negro huía por el desierto, y el pistolero iba en pos de él. Sólo que, en esta ocasión, ambos eran la misma persona. Sometido a esa persecución eterna, a la terrible maldición de ir dos pasos por detrás de mi misma sombra, a seguir las huellas dejadas por un yo desconocido que a su vez huía en loca carrera de mi propia y asediante presencia, decidí acabar con la inexorabilidad de ese destino marcado, llevando esa persecución hacia un abrupto final en el que ese bucle de sombras y egos colapsase en un único punto, bajo el sol poniente del Fin del Mundo.

    Y así partí en una peregrinación que habría de llevarme por todo el Norte, verde y gris, hasta aquel Finisterre legendario del que habría de volver como gobernante, al fin, de mi propio rumbo, de mi propio destino.

    Todo comenzó, pues, con una huida. Una huida de mi vida en ruinas, de mi espíritu deshilachado, una huida desesperada tratando de encontrar la salvación o la definitiva destrucción. Poco podía imaginar que, en realidad, todo se había dispuesto para que mis pasos me condujesen a mi Viaje del Héroe, y que con mi primer paso en el Puente de Santiago, sobre el Bidasoa, abandonaba mi vida rota por la ira para adentrarme en otro mundo que habría de poner a prueba mi espíritu y mi convicción, mi cuerpo y mi voluntad.

    Solo caminé, durante aquellos primeros días, y en la soledad encontré la reafirmación de mi propia identidad. El Camino me daba forma, definida y perfecta, como al hierro recién forjado, aún candente, aún ardiente de aquella energía que la Elección de la Ira había hecho anidar en mi corazón. El Camino me daba forma para sumergirme en el crisol que habría de templarme o quebrarme...

    Y aún ingenuamente alegre por el pronto éxito, llegaron las primeras pruebas, las primeras confrontaciones con el dolor y el desánimo, con todos aquellos demonios que aún aguardaban en mi interior para devolverme al océano de negrura que había dejado atrás. Una tras otra, las acometí en solitario, y tras ellas llegaron otras más duras, más terribles, para poner a prueba mi temple. Todo parecía entonces una locura, un camino que, brizna a brizna de cansancio, esquirla a esquirla de dolor, me conduciría sin remedio a la destrucción...

    Pero el Ka puso el hilo de mi destino cerca de otros que, como yo, buscaban algo en sus pasos hacia el Oeste, otros que sucumbían también, poco a poco, al rigor reservado para quienes, osados, tratan de tomar las riendas de su propia providencia. El Ka (puedes llamarlo Destino, puedes llamarlo Dios... hablar del Ka es hablar de esa fuerza que hace que algo ocurra, de esa sensación de lo inexorable, de lo inevitable que a veces impregna determinados momentos, determinados acontecimientos, determinadas vidas...) juntó los caminos de cuatro peregrinos que, habiendo llegado solos hasta aquel remoto lugar llamado Lezama, decidieron entrelazar sus hilos en un único cordón, en una única senda por la que caminar unidos frente a las pruebas que aún nos aguardaban.

    Ka-tet, Uno de Muchos. Ana Belén, Rosa, Chus y Adrián. Ka-tet, unidos por el Destino, que nos encontró y nos retuvo en el mismo lugar, marcando nuestros caminos con el mismo sello, bajo el sol poniente y el vuelo de grandes aves de metal.

    Y así cruzamos, apenas extraños, la gran ciudad de Bilbao, con su retorcido corazón de aluminio, y con dolor caminamos a través de las Puertas del Infierno, en esa Cantabria asfaltada y altiva que ha renegado de sus dioses y vendido su humanidad, y a nuestro paso recogimos historias y esperanzas... Cruzamos el Puente de Mogro, luchamos contra basiliscos y dragones, y atravesamos la más larga playa para contemplar la Luna Llena sobre la ría del Treto. Supimos vencer el dolor que arraigaba en nuestros cuerpos, y desterrar los recelos que surgían en nuestra mente: pudiendo separarnos, elegimos permanecer juntos, y juntos escuchamos las palabras de un poeta peregrino bajo el techo del Arco Iris. Cruzamos el bastión de lo que aún es Cantabria en Cantabria, y pasamos el Deva para recibir con alegría a mi tierra, bajo un cielo de plata y cobre, bañado en la niebla. Caminamos entre los dioses, de la mano de una mujer con espíritu de Lobo, y superando la lluvia, el cansancio y la terrible rabia de Angelita, ascendimos desde el profundo Valdediós para llegar a la vieja urbe del Rey Peregrino, la arcaica Vetusta... Caminamos como camaradas, como hermanos, como uno solo hecho de varios: Cuando uno desfallecía, los otros le daban su fuerza; cuando uno dudaba, el resto se convertía en su certeza; cuando el dolor aparecía, el Ka-tet se convertía en el bálsamo que lo hacía desaparecer, de nuestros pies, de nuestras mentes, de nuestros corazones... pues nuestras mentes y nuestros corazones eran uno, y como uno nos adentramos en la salvaje Asturias, siguiendo los pasos de aquel Rey Peregrino. En esas tierras de altas montañas y oscuros bosques compartimos el Agua de la Vida, fuimos pequeños ante el Verdor, lloramos en silencio por la muerte de los dioses e hicimos de la locura nuestro estandarte, cuando contemplamos lo que el resto de la humanidad había perpetrado en nombre de la razón. Amparamos a quién buscó nuestra compañía, y dejamos partir a quién no creía necesitarla. De la mano de viejos templarios nos adentramos en un bosque sagrado, en el que se escondía una abadía olvidada, lugares donde espíritus ancianos nos miraban sin ojos, entre la espesura, sabios, cautos y antiguos... tan antiguos como la misma tierra. Alcanzamos la cima del mundo, más allá de las nubes, y con dolor nos despedimos del Sol de nuestro Ka-tet, cuya senda la reclamó en otros lugares. Elegimos el Camino del Héroe, como Heracles, y con nosotros llevamos a otros dos de corazón valiente, lanzándolos hacia su propio destino, para descender hacia las colinas de Galicia como campeones de acero forjado, con el verde y el gris de los dioses en nuestra mirada, la luz de nuestra humanidad, brillante, cegadora, en los corazones, y el poder de nuestra voluntad llenando de fuerza nuestros cuerpos.

    De este modo, nuestro Ka-tet cruzó las tierras de los cuervos y la fantasmal niebla hasta las puertas de la Tumba del Apóstol, y durante todo un día celebramos nuestro Ka-shume, el momento no expresado de nuestra separación, con las historias de nuestro periplo, con el relato de todos los recuerdos compartidos, de todos los desafíos superados y de los momentos vividos. Y al día siguiente, en nuestro momento de mayor gloria, el Destino golpeó el centro de nuestra hermandad, dispersándolos hacia nuestros respectivos caminos en el mismo instante en que éramos finalmente conscientes de lo profundo e inquebrantable de nuestro lazo. En un mismo momento, unión y separación fueron la misma cosa, y marcadas nuestras muñecas por azul y oro, y nuestras frentes por la luz de las estrellas, dejamos que la propia corriente de la Realidad nos condujese allí donde cada uno debía estar...

    ¿Cómo relatar todo aquello que viví junto a ellas, mis tres princesas, mis compañeras y hermanas de Camino, mi Ka-tet? ¿Cómo transmitir todo aquello que aprendí de cada una por separado, y del grupo como tal, si aún no soy capaz de alcanzar a entrever todo lo que esta aventura ha sembrado en el seno mismo de mi propia identidad? No podría hacer justicia a la compleja humanidad de Ana Belén, en la que reinaban en curiosa armonía la compasión y el pragmatismo, ni tampoco al espíritu de agua de Chus, tan voluble como serena, pero sorprendentemente fuerte cuando la Realidad golpeaba, y...¿cómo describir lo indescriptible? Rosa, nuestra dinh, indiscutible alma de nuestro Ka-tet, nuestra Juana de Arco por la que cada uno de nosotros hubiera llegado hasta el mismo Infierno, si hasta allí nos hubiera guiado con sus pasos... ¿Cómo puedo relatar...cómo puedo agradecer todo lo que me dieron?

    Fuimos unidos por el Ka, y esa unión dejó una huella en mi corazón en la que permanecen, ahora y por siempre, sus tres nombres grabados junto al mío...

    Ana Belén, Rosa, Chus, Adrián...

    Ka-tet.

    Grey Arkhane