Grey님의 프로필<[-[ El Bastión de los A...사진블로그리스트 도구 도움말
    9월 4일

    Hombres y Bestias


    [Fort Battle]
    "La Historia la escriben los vencedores"-Anónimo
     
    Las brumas polvorientas de la tarde se arremolinaban contra los muros de la ciudad sitiada, los altos muros construidos por los dioses con rocas talladas del tamaño de edificios. Un silencio impuesto por fuerzas que nadie conoce pero todos acatan domina todo el campo, desde las diezmadas calles de la ciudad hasta las sucias tiendas de los invasores, allá en las colinas junto a la playa. Las puertas de la ciudad se abren y un hombre sale a pie por ellas, caminando pausadamente, sin prisa.
     
    La vieja lanza aguarda en una mano y el escudo, mellado y sin color, descansa sobre el otro brazo, testigos mudos de incontables enfrentamientos. Los pasos del hombre son seguros, medidos, deteniéndose cuando las enormes puertas de madera vuelven a cerrarse tras él. El guerrero permanece impasible, con sus ojos grises puestos en el campamento enemigo. Los carros parten de aquel, levantando nubes de polvo, y el hombre lanza una última mirada hacia lo alto de las murallas. Sobre ellas lo contemplan los suyos: Su anciano padre, un rey deshecho y fragmentado por una guerra que nunca pretendió; sus hermanos y hermanas, y su primo, que se ofreció a ocupar su lugar; y, tras ellos, el resto de la gente de la ciudad, de su gente. El guerrero les dedica una sonrisa de confianza a todos ellos, por los cuales toma aquella carga, mientras sus ojos se encuentran con los de su esposa, que sostiene en brazos al hijo de ambos. Ellos son su fuerza y su armadura, más allá de sus sólidas y gastadas armas. Por ellos debe vencer.
     
    El ruido de los caballos se acerca, y tras él aparecen los reyes y príncipes de las islas, brillando como las estrellas en una noche clara, con las armaduras de metal noble y las lustrosas pieles de felino. Todos se detienen, pero sólo uno de ellos desmonta. El guerrero lo conoce bien, toda la ciudad lo conoce bien. Brilla entre los suyos como el dios sol entre su séquito estelar, altivo y arrogante. El hombre lo ve acercarse, con su manto y su coraza lanzando destellos de oro arrancados al mismo mediodía. Sus pasos son los de un leon, negligentes en su soberbia, tensos sus músculos bajo la piel bronceada. Su sonrisa es la de un depredador, la de un cazador. Su mirada, bajo el fulgurante yelmo, es la de un animal ávido de sangre. El guerrero no aparta sus ojos grises de aquella mirada enloquecida, de aquellos dos zafiros afilados. No tiene miedo. Conoce a su presa.
     
    Sin moverse, observa a su oponente caminar frente a él, de un lado a otro, exhibiéndose mientras se despoja de su manto, rugiéndole palabras de ira y venganza, por la pérdida de sus seres cercanos. "Posesiones", piensa el hombre de los ojos grises, "para él no son más que pertenencias, una hembra a la que tomar cuando le plazca y un siervo al que humillar". El guerrero había matado a su amigo días antes, y le merercía más respeto que aquel animal que ahora se halla ante él. Había muerto mirándole a los ojos, desafiante, valiente. La bestia de rubios cabellos moriría aullando de rabia.
     
    Pero no deja que esos pensamientos sigan adelante. Se concentra en el aquí y el ahora, evaluando sus posibilidades, examinando sus capacidades. Le educaron como guerrero, y creció siendo el mejor, consciente en todo momento de sus deberes como tal.
     
    - Uno de los dos caerá hoy - dice - Si eres tú, te despojaré de tus armas, pero tu cuerpo será entregado a los tuyos para que lo honren y lo lloren. Prométeme lo mismo y nuestro pacto quedará sellado ante los dioses.
     
    Sabe, antes de escuchar las carcajadas, que no habrá tal acuerdo. Aguanta estoico aquel ruido, desagradable y bestial, que resuena contra las murallas de su ciudad. Él cumplirá con su deber de guerrero. El otro lo descuartizará si cae, dejando su cadáver a los carroñeros, como el animal que es. Esa es la diferencia entre ellos. Esa es la clave de su victoria.
     
    Su enemigo sigue imprecándolo, mientras se despoja de su coraza y de sus ropas, y pide sus armas. "Peleará desnudo", se asombra el de los ojos grises."Su arrogancia le ha llevado a la locura de creerse su propia leyenda". Se decía que de niño se había bañado en el fuego de los dioses, y que nada podía herirle. El guerrero conoce esa historia, pero también el resto de ella: Sabe que fue abandonado al nacer y que había crecido devorando las entrañas crudas de aquello que cazaba bajo la tutela de aquel monstruo enfermo que deambulaba por las montañas del país de las islas. También sabe cómo ha llegado hasta allí, condenado por un caudillo isleño, después de que se hiciese pasar por una doncella de la corte y violase a todas sus hijas. Sabe quién es su oponente: un animal salvaje bajo las facciones afeminadas de un joven, una fiera extasiada en el fragor de la matanza. Pero también se conoce a si mismo: Sabe que no es un Héroe, sino tan solo un hombre.
     
    Prepara sus armas. El animal grita y le arroja su lanza. La siente vibrar sobre su cabeza, cuando se agacha tras el escudo. "¿Ha fallad...?" Lo siente llegar un instante antes de que esté sobre él. Su lanza se rompe con un chasquido al desviar la brillante y afilada hoja. "Es rápido. El de los pies ligeros, le llaman". El hombre desenvaina su propia espada y retrocede, protegiéndose con su fiel escudo, paso a paso, conteniendo la salvaje arremetida como una roca ante la corriente de un río. No ataca. Busca sus ojos con la mirada. Encuentra dos pupilas contraídas por el miedo y la rabia en mitad de pequeños mares circulares. Ha visto cientos de veces esa mirada. Sus compañeros de armas lo apodan "domador de caballos". El animal que tiene frente a él no es tan distinto, pese a tener forma humana: Ataca ciegamente, consciente de lo arrollador de su furia, confiando en que sus garras, su velocidad y el miedo acaben con su presa. Pero si eso falla...
     
    Su mirada lo atrapa. La bestia titubea. El guerrero lanza su espada hacia la piel descubierta. La sangre salpica la arena con un borboteo húmedo, ahogado por el chillido iracundo del animal. El hombre de los ojos grises se parapeta tras su escudo: ha fallado, sólo ha logrado herirle, y la rabia de su oponente se vuelve implacable. Cientos de muescas y magulladuras surgen en su escudo y sus brazos, pero el guerrero es paciente: aguanta, busca, espera y contraataca.
     
    Sólo el clamor del acero resuena en los campos, y ambos bandos contemplan el combate hipnotizados por el fluir de las fuerzas cósmicas opuestas, encarnadas en los dos hombres que bailan su danza de muerte a las afueras de la ciudad.
     
    El joven de cabellos rubios sangra por varias heridas, líneas rojas en su piel desnuda, roto el mito y con él su fuerza: sus ataques cada vez son menos potentes. El domador de caballos sonríe: sabe que su oponente se cansa, pero no se deja llevar. Aguanta su embestida, sosteniéndole la mirada, y busca el hueco en su defensa.
     
    Y, entonces, acierta. Un clamor recorre el campo cuando la espada se hunde en el pecho del joven. Sus ojos azules brillan enloquecidos mirando a los de su enemigo, mientras deja caer el escudo dorado. Esa mirada triunfante desconcierta a su enemigo. "¿Qué...?" La mano libre agarra la hoja, y la retuerce en su propio pecho. El animal grita poseído por un furor demoníaco, en un estallido de dolor y locura, mientras su sangre salpica al guerrero, que intenta recuperar su arma. Horrorizado, se da cuenta de lo sucedido. "Atascada entre sus costillas", piensa, mientras con un alarido animal, su oponente le desgarra la garganta expuesta con su afilada espada.
     
    Los ojos grises se enturbian mientras cae al suelo polvoriento, desangrándose, y la bestia alza los brazos hacia sus compañeros y enemigos por igual, inmerso en la fiebre de la sangre, reclamando su victoria con un rugido de orgullo y desafío.
     
    - Andrómaca...padre...lo siento... - susurra el caído on sus últimas fuerzas. Alza una mano a su asesino, rozándole el tobillo - Entrega...mi cuerpo...a...- Volviéndose de repente, el vencedor arranca el arma del caído de su propio pecho, y abalanzándose sobre él lo apuñala una y otra vez, entre carcajadas maníacas, bañándose en la sangre de ambos.
     
    "Así se recordará en la Historia", piensa el guerrero, cuando la sangre cubre sus ojos. "Mi ciudad caerá, y mi gente será asesinada, violada y esclavizada por el capricho de un rey poderoso y despechado, para el que el orgullo tiene más valor que el amor sincero, y nadie recordará a quién trató de impedirlo. Sólo un nombre resonará con orgullo en la memoria de los vencedores. El de la bestia. El del asesino. El del monstruo."
     
    "Aquiles"
     
    Grey Arkhane