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Arkhane Grey

職業
所在地
Me gustan los lugares solitarios y tranquilos, los bosques de mi tierra, allí donde, rodeado de vida y niebla, yo soy sólo yo.
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<[-[ El Bastión de los Ahsuui ]-]>

Más allá de lo que podemos ver o imaginar,hay ojos y oidos pendientes de nuestros actos...
11月14日

Pies de Cristal


 

Pies de Cristal cerró los ojos, disfrutando de la placentera intensidad de aquel momento. Su cuerpo flotaba grácil e ingrávido en el seno acogedor del aire que lo rodeaba. Nada existía más allá de aquel instante, nada en el pasado, nada en el futuro, tan sólo la abrumadora paz de sentirse por fin libre, sin ataduras ni sufrimiento, pleno en aquel lugar al que su espíritu pertenecía realmente: Un mundo de nubes y brisas, de viento y de aire, de caprichosas danzas invisibles y misteriosos secretos envueltos en vapor.

Pies de Cristal había decidido liberarse. Cuando finalmente aprendió a caminar(y su tiempo le había llevado a sus padres enseñarle, pues al principio se negaba, incapaz de entender la utilidad de tal proceso) descubrió que cada paso alimentaba una creciente molestia, un dolor constante que lo acompañaba, nunca intenso pero siempre presente, como la sombra de una bestia marina por debajo de la superficie aparentemente tranquila de un lago. Largos años padeció aquel secreto tormento, intentando comportarse como el resto de sus congéneres, intentando racionalizarlo como algo normal a su condición, como algo soportable. Pero nada hacía que lo fuese y tarde o temprano, cuando nada más podía ocupar su mente, el dolor le recordaba su sempiterna presencia. En aquellas ocasiones se sentaba y sufría, hasta que lograba enterrar ese sufrimiento bajo una nueva y efímera convicción.

Hasta aquel día en que decidió que no volvería a hacerlo. Una sonrisa cruzó su rostro mientras se levantaba y tomaba impulso.

Pies de Cristal saltó.

Y voló, libre del yugo del dolor, de la irracionalidad de aquella tierra carente de sentido que castigaba cada uno de sus pasos, sintiéndose parte del viento que lo rodeaba y lo abrazaba como a un hermano largamente perdido y finalmente hallado. Su mente se vació de todo pensamiento y preocupación, y no sintió sino la cálida presión del sol sobre su piel y la suave brisa que se colaba por entre sus ropas. El dolor había desaparecido, dejando en su espíritu un vacío reparador y gratificante. Aquel era su hogar y en él, durante aquel largo instante, Pies de Cristal fue feliz.

Pero la gravedad ejerció su implacable tiranía, arrastrándolo de nuevo al suelo con la iracunda fuerza de una amante celosa y dolida, clavando sus pies en la tierra con el terrible peso de una lápida.

Pies de Cristal sintió cómo todos los huesos de sus piernas se quebraban al mismo tiempo, astillados en mil fragmentos transparentes como el aire que había surcado, ensuciados con la sangre que era como el barro en el que ahora se retorcía, gritando, perdida para siempre su felicidad.

Grey Arkhane

9月18日

Beneath These Waves


     

"¡Hacia ti bogo, ballena omnidestructora, pero invencible! ¡Al fin lucho contigo! ¡Desde el corazón del infierno te hiero! ¡Por odio te escupo mi último aliento!" - Moby Dick, Herman Melville
 

 


The ocean's beauty
No longer moves my heart
It's black and empty
My aim's so for a part
I'm madness maddened
Driven by the waves of hate
It's him or me well
That's in the hands of fate

Somewhere deep within
There is nothing left but trouble
And the longing for the sweetness of revenge
Somewhere deep within
Let revenge be mine

Come all you mast-heads
Come all you harpooners
Sing out for him, well
My order shall be clear
All you mast-headers
You've heard these words before
It's your blood money
This broad bright ounce of gold

Somewhere deep within
I am forever Ahab
And this whole act is immutable decreed
Somewhere deep within
Let revenge be mine

A walk through the shadows
We'll soon cross the line
There is one thing for sure
You'll rise nevermore
A walk through the shadows
We'll soon cross the line
Beneath these waves you'll sleep

Somewhere deep within
There is nothing left but trouble
And the longing for the sweetness of revenge
Somewhere deep within
Vengeance shall be mine

A walk through the shadows
We'll soon cross the line
There is one thing for sure
You'll rise nevermore
A walk through the shadows
We'll soon cross the line
Beneath these waves you'll sleep

[Instrumental]

Beneath these waves you'll sleep ...


La ballena blanca...

Una vez intentó arrebatarme la vida, y pese a no lograrlo fragmentó mi existencia devorando una parte de mi ser. Desde entonces, mis días se han convertido en una constante caza, una incansable búsqueda por encontrar un medio de derrotarla, de someterla, de demostrar que esa criatura inconmesurable y monstruosa puede ser vencida por la voluntad de un simple ser humano.

Esa ballena blanca es mi propia vida, y como el mismo Acab, sólo acabaré comprendiendo que nunca pude haberla derrotado, que jamás hubo retribución posible por todo aquello que me hizo perder, cuando me sumerja junto a ella en el olvido...

Grey Arkhane

8月22日

El día que sabía que llegaría


  

Nunca se lo diría a nadie, pero lo supo incluso antes de que su hija Susan lo llamase.

-¡Mira, papá, viene gente!- dijo, con aquella voz que sonaba como el angelical tañido de una campana, dorada como sus cabellos. La pequeña criatura se acercó correteando hacia su padre para señalarle su descubrimiento, mientras este alzaba sus cansados ojos del infértil huerto en el que llevaba trabajando toda la mañana, como todas las mañanas y las tardes incluso antes del nacimiento de Susan. Antes de la muerte de Carol. Carol...

Arnwood musitó una plegaria silenciosa. No debería haberlo sabido, pero lo sabía. Sus encallecidas manos detuvieron el movimiento de la azada un instante antes de escuchar a su maravillosa hija, y tuvo que controlar la infinita lástima que lo invadió para que ella no la viese en sus ojos cuando miró hacia el horizonte. Tres jinetes.

-¿Vendrán de la ciudad? ¿Traerán noticias? ¡Seguro que vienen a darte trabajo por el anuncio que pusiste!- Susan abrazó la pierna de su padre, cerrando los ojos en una ilusionada sonrisa. Tres jinetes, con sombreros y gabardinas oscuros y polvorientos. No podía ver sus rostros, pero ya sabía quienes eran, qué querían.
-Vamos a hacer una cosa, Sue...les daremos una sorpresa
- Arnwood la miró, con sus azules ojos vacíos de toda expresión, ocultos tras una brillante sonrisa. -Vete tras la casa y escóndete en el hueco bajo el árbol. Cuando lleguen, los llevaré hasta allí y diré: "¡os presento al hada del árbol!", entonces aparecerás y se llevarán un buen susto, ¿de acuerdo?
La niña miró con cierto recelo a su padre, con ese instinto certero que tienen los niños, pero le devolvió la sonrisa. Dulce, inocente Susan...tan parecida a su madre...
-¡Pero sólo cuando yo te de la contraseña!
-¡De acuerdo, papá!- respondió, y se fue corriendo hacia la parte trasera de la casa, donde crecía un viejo álamo a cuyos pies yacía la tumba de Carol. Arnwood rezó una breve plegaria, dejó la azada y entró en la casa.

El arcón estaba en la despensa, en un hueco tras los barriles de conservas. Arnwood lo sacó y lo desempolvó hasta descubrir su nombre tallado en la madera: C. Arnwood - "Plata". Una multitud de recuerdos se agolpó en su memoria, y el hombre de pelo canoso aferró el crucifijo que Carol le había regalado, pidiendo a su bienamado espíritu fuerzas para afrontarlos y perdón por lo que iba a hacer. Abrió la tapa. Una vieja gabardina oscura ocupaba la mayor parte del arcón. Sobre ella descansaban un resistente sombrero y un cinturón de cuero gastado, en el que había enfundados dos revólveres plateados. Arnwood tomó las prendas.

Cuando salió al exterior, los jinetes se encontraban a menos de una milla. Arnwood pudo ver sus rostros, curtidos en cien cacerías, y el brillo de las armas cuando los tres hombres apartaron los faldones de sus gabardinas para tener acceso a sus cinturones. Al fin habían encontrado al legendario Plata, por cuya cabeza aún hoy Saul Schofield ofrecía miles de dólares.

Arnwood lanzó una última mirada a la tumba de su esposa y al árbol en el que se escondía su hija, ajena a lo que iba a ocurrir. Pero él lo sabía. Lo había sabido durante los largos años transcurridos desde que conociese a Carol, desde que aquel ángel de cabellos dorados y espíritu inquebrantable lo rescatase de la perdición y le diese una familia, una vida y una esperanza...

Sabía que la redención no era suficiente, que no podía escapar eternamente a lo que había hecho en su vida. Sabía que acabaría pagando por cada pecado, por cada bala y cada gota de sangre, por todo el mal que había causado hace tantos años...

Sabía que, tarde o temprano, aquel día llegaría...

Grey Arkhane

8月20日

Nada sigue teniendo sentido


  

Veo caer un océano de llamas sobre la vieja Catedral.
Lenguas de fuego ardiente, espinas del sol del ocaso,
lamen lascivas las calles de la ciudad.
Todo se desmorona a su paso,
y nada sigue teniendo sentido.

Mi latir sentenciado a muerte
ríe mientras se arroja al precipicio.
Dice que es mejor aceptar su trágica suerte
a tratar de recuperar lo perdido,
porque nada sigue teniendo sentido.

Mis dedos raspan el áspero hueso,
cálido icor resbala en mis manos.
Yo soy Caín y también Abel,
pues no recuerdo el rostro de mi hermano,
ya que nada sigue teniendo sentido.

Me baño en un mar de ceniza negra
cuyas mareas tiznan mi piel.
Nado entre los cadáveres de accidentes aéreos
de aviones que nunca construiré,
y me dicen que nada sigue teniendo sentido.

Escucho el afilado rumor del tiempo
acercarse raudo y siniestro a mi espalda.
Mientras vuelvo de nuevo a los campos,
corriendo ante hojas afiladas,
descubro finalmente que nada sigue teniendo sentido.

Grey Arkhane

8月16日

Soledad


 

La pesada verja de metal cayó con un sonoro estruendo a sus espaldas, dejando encerrado al noble en el oscuro cubil. Algunas esferas de luz latían levemente en el espacio principal del mismo, una estancia circular de unos veinte metros de diámetro, apenas iluminando el lugar. El suelo de piedra estaba desgastado y ruinoso, cubierto de paja y diversos restos de caballo o venado. Una serie de verjas se distribuían a lo largo de la pared a intervalos regulares adornadas, al igual que aquella por la que acababa de entrar, por motivos afilados. Tras ellas se encontraban los cubículos de las bestias que conformaban el primer regimiento de caballería de la Casa Klyrien de Karond Hrref.

Avshrrae aguardó un instante a que sus ojos se hicieran a la penumbra y avanzó hacia una pequeña celda anexa a la entrada que acababa de cruzar. El joven elfo oscuro, hijo menor de la casa gobernante de la pequeña ciudad, había llegado hace poco de una exitosa incursión en el viejo continente. Las bodegas de las ágiles naves de su familia volvían rebosantes de riquezas y esclavos después de una larga temporada ausentes. Avshrrae sonrió: aquel éxito le había reportado numerosos beneficios, y no sólo materiales. Su estatus en la política interna de Karond Hrref había recibido un impulso incomparable, posicionándolo incluso por encima de sus hermanos mayores en la aspiración al gobierno de la ciudadela.

Una serie de palancas sobresalían de la pared de piedra en el interior de la celdilla. El noble accionó una de ellas, y una de las jaulas se abrió al fondo de la estancia. Un rugido sordo, como el retumbar de un geiser, se escuchó al fondo de la misma. Cerrando la portilla de la celda y tomando un jugoso pedazo de carne del saco que había traído consigo, salió al encuentro de su montura.

El gélido salió de su refugio haciendo retumbar el suelo a cada paso. El gigantesco saurio, de más de cuatro metros de largo, agitó su larga cola e hizo chasquear sus fauces, desentumeciéndose al pasar a la más espaciosa estancia.

-¡Soledad!-llamó el druchii, y arrojó el trozo de carne sangrante delante de la bestia. Esta se abalanzó hacia la pieza, un muslo entero de caballo, y la despachó de un par de bocados. Avshrrae cogió otro de su saco, y se acercó hacia el animal.

Soledad había sido su montura desde que era pequeño, el primer gélido en el que había aprendido a montar, aquel sobre cuyo lomo había librado su primera batalla, obtenido su primera conquista y asesinado a su primer enemigo. Durante largas décadas, el elfo y su montura habían viajado y vivido tantas experiencias juntos que habían llegado a desarrollar una especie de lazo, de conexión. Y ahora, tras largos meses en alta mar, Avshrrae había vuelto a visitar a su viejo amigo.

Lanzó otra considerable pieza de carne al animal y se colocó a pocos pasos de él, para que pudiera verlo. Los ojos rojos, dos minúsculos rubíes en el escamoso rostro verde de la bestia, se enfocaron en él...y ocurrió lo impensable: El animal se plegó sobre si mismo, tensando los poderosos músculos de los cuartos traseros y rugió amenazadoramente al que había sido su dueño y compañero durante tanto tiempo, mostrando sus aterradoras fauces.

Avshrrae, tan alarmado como irritado, retrocedió un par de pasos. Sabía que alterar a un gélido acarreaba una muerte casi segura, así que trató de tranquilizarlo con el sonido de su voz y con gestos apacibles. El noble alzó su puño y olisqueó el guante: el penetrante olor de las sustancias que los jinetes de gélido usaban para que sus bestias les reconociesen como compañeros era el mismo de siempre, no había nada mal...¿por qué entonces aquella reacción?

-Tranquilo, Soledad...cálmate...vamos, compañero...-el gigantesco lagarto seguía a la defensiva, sin dar atisbos de reconocer a su dueño, observando alerta todos sus gestos y palabras.

¿Tanto tiempo había pasado fuera, tan sólo habían bastado tres meses de ausencia para borrar años de complicidad? Avshrrae entrecerró los ojos. ¿Sería posible que alguien hubiera amaestrado al animal en este tiempo con el fin de asesinarle? ¿Realmente iría a atacarlo?

El gélido volvió a rugir, tensándose más aún. El druchii dio un par de pasos atrás, mientras mantenía su mano extendida ante él, en un gesto de apaciguamiento que parecía resultar inútil. Su otra mano se deslizó hacia la empuñadura de la espada que colgaba de su cinturón.

El eco entremezclado de un grito de guerra y un tremendo rugido resonó en todos los sótanos de la Torre de la Casa Klyrien cuando el aterrador gélido, una masa de varias toneladas de piel escamosa dotada de poderosas garras y fauces, se abalanzó sobre aquel que lo había criado y cuidado durante tanto tiempo.

Grey Arkhane


7月27日

Voto de Silencio


 

Sucede a menudo que la privación nos ilumina también con la noción de la mesura, que la ausencia total nos hace ver por fin la medida en que necesitamos realmente aquello que hemos perdido. Nada nos enseña mejor que el hambre la cantidad de comida que necesitamos, nada mejor que la pobreza los gastos que son realmente imprescindibles...y nada como la muerte para revelarnos el valor real de nuestros afectos.

En estos momentos, me he quedado sin voz. La presa de la enfermedad se ha cerrado en torno a mi garganta, apagando mis palabras en el ineludible silencio febril del convaleciente. Durante tres días, en los que cada susurro se convertía en un alegórico infierno repleto de fragmentos afilados y llamas candentes, he vivido privado del habla...y ello me ha enseñado, también, algo sobre el uso de las palabras.

He aprendido que esos poderosos símbolos, con los que expresamos ideas y sentimientos, encierran un peligro en si mismos, debido a su cualidad demiúrgica y, al mismo tiempo, a su evidente insuficiencia. A lo largo de nuestra historia, hemos creado palabras para todo lo que nuestra mente era capaz de concebir, así como para todo lo que nuestro corazón y nuestro espíritu eran capaces de albergar. Sin embargo, el tapiz de pensamientos y emociones se teje y deshace a una velocidad mayor de la que podemos reflejar con palabras, y la idea que representa cada una de estas no es más que un minúsculo matiz en una mezcolanza inabarcable de tonos y texturas. Así, las palabras desglosan matices, y con ellas, como pintores más o menos expertos, intentamos construir el retrato de lo que en realidad transcurre en nuestro interior, encontrándonos también con la misma dificultad que el artista: nuestras imágenes, por muy elaboradas que sean, acaban siendo apenas una pobre interpretación de la realidad que las sustenta.

Por otra parte, el uso del lenguaje se ha convertido en el pilar de la civilización. Como en el caso del dinero fiduciario, la versatilidad de las palabras para construir realidades que de otro modo resultarían abstractas e inalcanzables ha provocado que finalmente nos hayamos acostumbrado a ponderar las ideas y los sentimientos en función del valor aparente que le otorgan las palabras que los describen, en lugar de su valor bruto(tan difícil de determinar, por otro lado). Todo ello, unido a que dicha versatilidad permite incluso alcanzar el ámbito de lo imaginario, ha acabado construyendo un intrincado laberinto psíquico para todos los dotados del don del habla en el que resulta dificil distinguir, entre la ingente marea de palabras que empleamos a diario, cuáles de estas son realmente imprescindibles, realmente trascendentes.

Sumido en este silencio impuesto por las circunstancias, reflexiono sobre este hecho, aprendiendo a reconocer el valor de mis silencios, la futilidad de muchas de las palabras usadas y la inexplicable ausencia de otras no dichas, y me encuentro deseando conocer una mejor manera, más fiel, más exacta, de transmitir lo que mi mente y mi corazón guardan o, al menos, aprender a usar la que ya tengo(esas bellas, peligrosas palabras) en la justa medida de lo correcto.

Sabiendo que quizá nunca llegue a conseguirlo me atrevo a desear, apenas por un instante, que mi voz no regrese nunca.

Grey Arkhane
7月7日

Un gesto simple


 
 

Contemplo paralizado la escena, sumido en el repentino terror de quien acomete por vez primera una responsabilidad grande y terrible.

El rostro afable del Padre Thorne le sonrió pese a su estado convaleciente.
"Lo harás bien, Vict..." -su voz se ahogó entre toses. "Lo harás bien, Victor" repitió, recuperando nuevamente la sonrisa.

En estos momentos me encuentro en un soportal de una de las amplias avenidas de Avranches, una pequeña localidad francesa situada en la bahía de Sant-Michel, a pocos kilómetros del mar. Es un lugar repleto de parques y plazas, desde los que puede admirarse la maravillosa abadía de Mont Sant-Michel, encaramada en su pequeña isla. Un lugar tranquilo, que ahora mismo se encuentra envuelto en una niebla densa y espesa, y sus calles vacías muestran con mudo horror sus cicatrices mientras en sus nichos vacíos sólo resuena la desgarradora polifonía de la guerra.

Y ante mis ojos, más de una docena de hombres de mi compañía agoniza en el Jardin des Plantes, abatidos al intentar avanzar hacia el centro de la población por el fuego cruzado de las posiciones defensivas alemanas. Los pocos que quedamos vivos contemplamos enmudecidos la masacre. Sobre mi alma se abate el peso de la responsabilidad.

"Pero...pero tan sólo soy un monaguillo..."
"Vamos, me has visto hacerlo muchas ve...veces, te sabes los cánticos de memoria..." -Thorne hizo una nueva pausa para toser- "confío en tí, Victor. Eres el único que puede tomar esta responsabilidad en... este momento. Eres el único que puede oficiar la misa"
"Estarán todos allí...mirándome" -para aquel niño de catorce años, ser el único capaz de llevar a cabo la celebración más importante de aquella pequeña parroquia católica, a la que asistiría todo el pueblo, resultaba aterrador e inabarcable.

Responsabilidad...la carga que Dios delega en los hombros de los hombres, para administrar su Justicia y su Bondad. Incluso aquí, en la máxima expresión del Infierno sobre la tierra, la voz del Altísimo debe ser escuchada, debe llegar a las pobres almas que sufren el martirio ante mis ojos...y debo ser yo, como capellán de la compañía, quién les lleve el consuelo de su Amor. Pero entre sus cuerpos caídos veo alzarse la oscura figura de la Parca, aguardándome como al cordero que soy, presta para entregarme en sacrificio al Mal al que sirven las balas de nuestros enemigos. Y tengo miedo.

Con una de las viejas casullas del Padre Thorne sobre sus hábitos de acólito como único símbolo de su extraordinaria potestad, Victor salió al altar, encontrándose con la estupefacta mirada de todos sus convecinos. Tratando de reunir toda la autoridad que pudo en su aún débil voz, anunció la imprevista ausencia del párroco en tan señalado día, pero se vió acallado por el cuchicheo de los feligreses, que llenaba con su sordo rumor cada rincón de la capilla, azotando los miedos del joven monaguillo de nuevo contra él.

Tomo aire y cierro los ojos, lanzando una desesperada plegaria a las alturas, mientras mi mano se cierra en torno al crucifijo y la biblia que comparten hogar en mi cinturón con raciones de campaña y bengalas. "A tus designios me encomiendo, Señor..."

"Tengo miedo, padre...¿qué debo hacer?"
Thorne dejó que sus ojos brillaran con otra de sus radiantes sonrisas antes de responder.

Aún con los ojos cerrados, me deshago de mis miedos. Dando un paso, salgo a la plaza. Y tras ese paso, el siguiente, mientras a mi alrededor comienzo a escuchar el murmullo lejano de las ametralladoras al recargarse.
Aún con los ojos cerrados, el joven Victor recordó la letra del primer canto litúrgico. Su voz dejó escapar la primera nota. Y tras ella, la siguiente, mientras a su alrededor aún se oían los murmullos de los congregados.

Alzo en mis manos la biblia y el crucifijo mientras sigo avanzando hacia mis compañeros caídos, aún con los ojos cerrados. Los que permanecen en el soportal me gritan, pero ninguno trata de detenerme. A mi alrededor comienzo a sentir los impactos errados de los tiradores alemanes.
Alzó sus manos hacia el techo de la capilla mientras elevaba su canto a los cielos, aún con los ojos cerrados. Muchos de los asistentes callaron al darse cuenta, y algunos de ellos unieron sus voces a la de Victor, primero débilmente, pero luego cada vez con más fuerza.

Las palabras del Padre Thorne vuelven a mi mente una vez más.

"Convierte tu carga en un gesto simple"

Un gesto simple como una canción dirigida al Señor por una pequeña comunidad. Como una última oración por un alma que abandona este mundo.

Abriendo los ojos entre una lluvia de fuego, me arrodillo junto al primero de los cuerpos de mis compañeros, y musito una breve plegaria por su alma. Ninguna bala me hiere.

Grey Arkhane


5月30日

Lo que había perdido


 

"¿Dónde cojones la habré puesto...?" -el susurro irritado surgió de sus labios, mezclándose con la fallidamente silenciosa cacofonía de papeles revueltos, pisapapeles desplazados, cajones abiertos, cajones cerrados, cajones vueltos a abrir, llaves encajando en cerraduras y montones de documentos llevados suavemente de una silla a otra.

Las manos de Anselmo rebuscaron en viejas cajas y revolvieron papeles que levantaron una pequeña nube de polvo al ser sacados de su eterno descanso en lo alto de la gran estantería que ocupaba toda una pared del confortable despacho doméstico. La única luz de la estancia era la proveniente de la lámpara del escritorio. Sombras danzantes, como de burlescos diablillos hechos de oscuridad, se escabullían por rendijas y rincones, huyendo del débil pero persistente halo para ir a esconderse en los lugares más insospechados.

Anselmo no les prestaba atención. Eran las cuatro y diez de la madrugada cuando despertó alterado por un funesto presagio, de esos que uno sabe que no le dejarán pegar ojo hasta ser resueltos, urgiendo inmediatamente a la acción. En cualquier otro momento, compartiendo un café entre amigos en cualquier bar, quizá se le hubiera ocurrido compararlo con el ruido de un mosquito, capaz de generar la suficiente tensión en el candidato a durmiente como para hacerlo permanecer despierto hasta consumar su caza y captura. Pero en aquel momento, Anselmo sólo podía pensar en encontrar el objeto de su repentina obsesión nocturna.

Asaltado por las dudas, se había evadido del abrazo de su esposa y levantado de la cama en un prodigioso alarde de sigilo, había pasado por el servicio y por la cocina(visitas obligadas en toda expedición nocturna que se precie) y, dirigiendo una mirada entre pensativa y somnolienta a la noche de Madrid, se puso a cavilar sobre el paradero de tan valioso bien: ¿En la habitación? Sí, sería lo más probable, pero no quería despertar a Elvira...Miraría en el salón primero, en el despacho...no la habría guardado en la caja fuerte con los documentos del piso, ¿verdad?

Cuarenta minutos después, revisaba por segunda vez el escritorio y las estanterías del pequeño habitáculo, sintiéndose cada vez más frustrado con la situación. "Tiene que estar en la habitación, no puede ser de otra manera..." -asiendo el mango de la linterna como si fuera el pomo de una espada, Anselmo dirigió sus pies descalzos por el pasillo, de vuelta a la habitación.

Minimizando el ruido emitido por sus movimientos, miró primero en los cajones de la mesita de noche y en las estanterías, atento a posibles cambios en la respiración sosegada de su esposa, que aún dormía en la cama. Nada, allí tampoco...¿no la habría perdido? El repentino temor cruzó por su corazón como una descarga de alto voltaje, haciendo brotar gotitas de sudor frío en su piel, que se condensaron en una única porción de humedad que bajó reptando por su espina dorsal, provocándole un escalofrío. Olvidándose del sigilo, abrió las puertas del armario y empezó a apilar montones de ropa en un rincón.

"Cariño...¿qué haces? Son las cinco de la mañana..." -dijo una voz de mujer a su espalda, recién salida de verdes paisajes y recuerdos antiguos, balbuceando las palabras entre ronroneos somnolientos. En quince segundos, se convertirían en rugidos de ira.
"La busco..."
"¿El qué?" -diez.
"Mi alma. No sé donde la puse. La busqué por toda la casa y no está."
"Claro que no, amor... Te la pidieron prestada hace unos días..." -Anselmo detuvo el entrópico traslado de ropa. ¿Había oído bien?
"¿Prestada? ¿Quién?"
"Madrid. Se la llevó mientras estabas con el papeleo..."
"Oh, las cuentas de producción..."
"Esas."
"Cago en diez..."

A la mañana siguiente(apenas un par de horas y media después), Anselmo se despidió de Elvira con un beso, correspondido con un desganado golpe de almohada, y salió a la ciudad dispuesto a recuperar lo que había perdido.

Grey Arkhane
3月17日

Time Stand Still...


  

"Morgoth salió, subiendo lentamente desde el trono profundo, y el sonido de sus pisadas era como un trueno bajo tierra. Y salió vestido con una armadura negra; y se erguía ante el Rey como una torre coronada de hierro y el vasto escudo, negro y sin blasón, arrojaba una sombra de nubes tormentosas. Pero Fingolfin brillaba debajo como una estrella; porque la cota de malla era de hilos de plata entretejidos, y en el escudo azul llevaba cristales incrustados; y desenvainó la espada, Ringil, que relució como el hielo." - El Silmarillion, J.R.R. Tolkien

"Tres veces cayó el Rey de rodillas y tres veces se volvió a levantar con el escudo roto y el yelmo mellado." - El Silmarillion, J.R.R. Tolkien
 



Light fails at dawn
The moon is gone
And deadly the night reigns

Deceit

Finally I've found myself
In these lands
Horror and madness I've seen here
For what I became a king of the lost?
Barren and lifeless the land lies

Lord of all Noldor
A star in the night
And a bearer of hope
He rides into his glorious battle alone
Farewell to the valiant warlord

The Fate of us all
Lies deep in the dark
When time stands still at the Iron Hill(2x)

I stand alone
Noone's by my side
"I'll dare you
Come out
You coward
Now it's me or you"

He gleams like a star
And the sound of his horn's
Like a raging storm
Proudly the high lord
Challenges the doom
Lord of slaves he cries

Slowly in fear
The dark lord appears
"Welcome to my lands"
"You shall be damned"

Lord of all Noldor
A star in the night
And a bearer of hope
He rides into his glorious battle alone
Farewell to the valiant warlord

The Fate of us all
Lies deep in the dark
When time stands still at the Iron Hill
(2x)

The iron crowned
Is getting closer
Swings his hammer
Down on him
Like a thunderstorm
He's crushing
Down the Noldor's
Proudest king

"Under my foot
So hopeless it seems
You've troubled my day
Now feel the pain"

Lord of all Noldor
A star in the night
And a bearer of hope
He rides into his glorious battle alone
Farewell to the valiant warlord

The Fate of us all
Lies deep in the dark
When time stands still at the Iron Hill(2x)

The Elvenking's broken
He stumbles and falls
The most proud and most valiant
His spirit survives
Praise our king
Praise our king
Praise our king
Praise our king


Con cada amanecer, todo ser humano se enfrenta a sus propios miedos, oscuros y terribles. Y así, día tras día, cada uno de nosotros toma la misma decisión: Sucumbir al oscuro manto de la desesperación, o convertirse en la diminuta luz que le plante cara.

¿Qué has elegido tú hoy?

Grey Arkhane


3月7日

La Espada y la Piedra

 

 

El hombre llamó a su hijo mayor,
mientras el hermano pequeño y la madre de ambos partían por el estrecho camino hacia el pueblo cercano. El sol comenzaba a descender con resplandor de oro viejo, arrojando sus rayos sobre la superficie del viejo lago enclavado entre montes cubiertos de pinos. Una suave brisa primaveral hacía ondular la superficie del agua, agitando las ramas de las coníferas en un sordo rumor.

Lannach, apenas un rapaz de dieciséis años, de ojos claros y cabello oscuro, se acercó a su padre con porte serio, abandonando las tareas de cepillar y ensillar al inquieto caballo negro que habría de llevarle al día siguiente al mismísimo palacio del Señor de Ardin. Un pequeño hato descansaba a pocos pasos del animal, el humilde equipaje que el chico había decidido llevar consigo.

Los ojos moteados de verde permanecieron tranquilos, mientras un reflejo treinta años más viejo de si mismos los evaluaban desde aquel rostro sereno, curtido con las marcas de una vida larga y ardua. Una sonrisa brilló en ellos, aunque los labios del hombre apenas se movieron.

“Estoy orgulloso de ti”, dijo Adfayrn. El chico sonrió abiertamente, sin reparar en el apenas perceptible matiz de tristeza que tintaba la voz de su padre.

Hacía unos días, Lannach había escuchado gritos mientras deambulaba por el bosque cercano. Cuando se acercó al lugar del que provenían se encontró con una joven dama, un par de años más pequeña que él, que sollozaba en el recodo de una senda mientras se aferraba la pierna con ambas manos. Cuando se dejó ver, apareciendo entre los arbustos, el rostro de la chica se iluminó como si se hubiera encontrado con un ángel guardián. Entre hipidos le explicó lo que había ocurrido: se llamaba Elaide y era la hija de Derrin, Señor de Ardin. Su caballo la había arrastrado consigo y finalmente tirado al suelo en un arrebato de locura mientras paseaba por las tierras de su padre. Había perdido a su escolta, la caótica carrera la había desorientado y al caer se había torcido el tobillo, impidiéndole andar. Sin pensárselo dos veces, el chico la subió a la espalda y caminó hacia el lugar habitado más próximo que recordaba, una pequeña aldea cercana. Para cuando llegaron, toda la zona estaba llena de ajetreados hombres de armas, quienes los llevaron a presencia del intranquilo padre de la muchacha.

Unas horas más tarde, Lannach llegaba a su hogar con un caballo negro, regalo de Elaide, y una carta escrita del puño y letra de Derrin de Ardin, nombrándole primer escudero de su primogénito Drallan. La noticia fue acogida con una mezcla de sorpresa, orgullo y temor, pero nada se discutió al respecto: era una decisión irrevocable. Y no sólo por parte de Lord Derrin: en la mirada de Lannach se podía entrever ese brillo cauto de quién se sabe a punto de emprender grandes tareas.

“Ven, siéntate a mi lado”, añadió Adfayrn, dejándole sitio en el viejo banco de madera que él mismo había fabricado hace tiempo. Desde allí se contemplaba todo el lago, rodeado de montañas, así como las aldeas cercanas y el sendero que venía desde una de ellas a morir a la humilde casa del guardabosques. “Mañana será el primer día de una vida nueva para ti, Lannach. Te enfrentarás a muchas cosas nuevas y sorprendentes, algunas maravillosas, otras terribles...” Adfayrn hizo una pausa y miró a su hijo. “Pasará mucho tiempo antes de que vuelvas, si alguna vez llegas a hacerlo...pero me gustaría que te llevases algo de este lugar, algo que siempre te recuerde al hogar en el que naciste.”
“¿Qué, padre?”
“Una historia...”


 
 

El grupo de jóvenes escuderos se escabulló por las callejuelas vacías de Kaer Luthein. Las cuatro figuras embozadas en capas se apresuraron de portal en portal, aprovechando los recodos y nichos envueltos en sombras para esconderse de las patrullas de la milicia que rondaban la vieja ciudad.

“¡Vamos, Athrwys!”, apremió entre susurros una de las figuras a la última de ellas, algo retrasada con respecto a sus compañeros. Cuando llegó a su altura, una disculpa salió de las profundidades de la capucha de tela, bajo la cual se dejó entrever el rostro de rasgos aniñados, pelo pajizo y profundos ojos azules del más joven de los escuderos.

Dagonet, el instigador de aquella aventura nocturna, le dedicó una sonrisa, a medias tranquilizadora y a medias feroz, propia de su carácter despreocupado hasta el extremo de la insensatez pero en el fondo amable. “Ya queda poco”, dijo, “la plaza se encuentra a un par de manzanas.”

El prudente Bedwyr y el cuarto escudero cruzaron sendas miradas sombrías. Se habían escapado del barracón donde habían alojado a la servidumbre que acompañaba a los participantes del prestigioso torneo de Luthein, celebración que desde hacía años se llevaba a cabo con motivo del Caregan Swyn, el Ritual de la Piedra, al que acudían numerosos caballeros y nobles de todos los feudos cercanos. Si les cogían fuera de las dependencias que tenían asignadas, el castigo sería terrible. Dagonet, con un largo historial de peripecias similares, lo sabía bien, y sin embargo parecía ser al que menos le aterraba tal posibilidad.

Tras esquivar a un par de grupos más de guardias, los cuatro escuderos llegaron a su destino. El cielo nocturno estaba despejado y plagado de estrellas, pero la luna nueva les proporcionaba una cobertura idónea. La plaza era amplia, como si la aglomeración de casas que constituía la ciudad hubiera decidido respetarla por alguna razón desconocida. En el ambiente se respiraba una sensación de quietud impropia de la urbe que los rodeaba, como si en el corazón de aquella encrucijada habitase el recuerdo imperecedero del profundo bosque que una vez cubrió aquel lugar, custodiado por los pocos y ancianos árboles que todavía crecían en el jardín de su centro. Entre ellos aún se conservaban las gastadas ruinas de un olvidado templo, los restos de columnas y altares desperdigados entre los setos, cubiertos de hiedra y enredaderas. La neblina nocturna flotaba a su alrededor, acabando de perfilar la atmósfera mágica que parecía impregnar en todo momento la vieja plaza.

Los cuatro adolescentes se contagiaron del silencio reinante, y con expresiones de muda expectación en sus rostros contemplaron su objetivo. En mitad de los árboles y las viejas ruinas, alzándose entre jirones de niebla, se encontraba la roca del Caregan Swyn, un oscuro bloque irregular de poco más de metro y medio de altura. Y clavada en él, destellante aún en la noche oscura, rodeada de un halo propio, se encontraba la Espada.

Según la tradición, el misterioso druida Myrllin Emrys, principal consejero del antiguo Rey Uthyr, el Monarca Dragón, había clavado la espada del rey en aquella roca a su muerte, profetizando el fin de los largos conflictos fratricidas que asolarían el Reino durante los siguientes años con el momento en el que el heredero legítimo del trono lograse desenfundarla de nuevo. Desde aquel día, todos los nobles de la región, e incluso otros llegados de tierras lejanas, trataron de hacerse con ella. No obstante, el arma se había aferrado tercamente a la roca durante años, sin que ninguno de los que intentaron extraerla lograse explicar cómo.

Con el paso de los años, aquella costumbre se había convertido en una festividad anual, en la que numerosos caballeros se enfrentaban a la espada en la piedra en una ceremonia vigilada por los sacerdotes de la ciudad, y participaban en torneos y banquetes organizados para distender la frustración de aquellos eternos aspirantes. Los cuatro escuderos se habían conocido en uno de aquellos banquetes, y rápidamente habían hecho buenas migas. La noche anterior, Dagonet les había revelado su plan: “La noche antes de partir hacia Kaer Luthein, una visión del futuro se me reveló mientras dormía. Contemplé al Viejo Reino unificado de nuevo, gobernado por un rey sabio y poderoso, tan brillante como el legendario Uthyr. En el sueño, una voz me decía: Dagonet, tú habrás de propiciar la llegada de esta nueva era de paz...en tus manos reside la responsabilidad de que la Espada sea blandida de nuevo. Entonces supe que debía intentarlo...debía tratar de tomar la espada de la piedra. Pero ni los sacerdotes ni Sir Cryowan me permitirán jamás acercarme a ella...así que tendré que intentarlo cuando nadie pueda impedirlo.” 

La seriedad y la convicción con la que Dagonet pronunció aquellas palabras, tan impropias de su carácter normalmente juerguista y disperso, encendió un fuego en el corazón de sus tres compañeros, que prometieron acompañarle a pesar del evidente riesgo. Ahora, los cuatro se encontraban frente al objetivo de su alocada empresa.

Como sombras, se deslizaron hacia el centro de la plaza, traspasando las gruesas cadenas que cercaban el pequeño jardín y acercándose al centro de las ruinas, con todos sus sentidos alerta para detectar la menor presencia de posibles guardias.

“Una noche agradable para pasear, ¿no es cierto?” La voz les hizo pegar un brinco. Bedwyr dejó escapar un corto grito de terror. Un anciano de largos cabellos, envuelto en una túnica grisácea, se había materializado a su espalda de forma repentina, surgiendo desde detrás de una vieja encina. Dagonet soltó una maldición. Los cuatro zagales intentaron escabullirse a la carrera, pero de algún modo el anciano los agarró a todos, sentándolos bruscamente en el césped húmedo. Aterrados, se encontraron frente a frente con los rasgos severos del anciano.
“¿Pero por qué precisamente por aquí, digo yo, eh...?” Ninguno de ellos logró articular palabra. Todos miraban boquiabiertos a la terrible figura que, apoyada en su bastón, les taladraba con una escrutadora mirada. “Vamos, responded, alguno...¡tú, por ejemplo!”, dijo, señalando al inquieto Bedwyr.
“Yo...esto...nosotros...” miró alternativamente a un lado y a otro, como queriendo escapar de los terribles ojos del anciano.
“Los dioses nos han encomendado la tarea de tomar la Espada de la piedra, y restituir la gloria del Reino.” Todos miraron a Athrwys. Una expresión decidida se reflejaba en el rostro del discreto escudero a la escasa luz del lugar. Con aquellas palabras, su voz transmitió la fe en la nobleza de la misión en la que se habían embarcado que aquellos cuatro chicos albergaban en sus corazones, de manera sencilla y orgullosa, como retando a aquel anciano a ponerla en duda.

Durante un largo instante, las miradas del viejo y del delgado joven se enfrentaron. Los otros tres podían sentir la magnitud del silencioso duelo tras aquellas miradas, del juicio que tenía lugar en la mente del anciano sobre la sinceridad de aquellas palabras y sobre qué debería hacer con ellos a continuación...

Algo apenas perceptible cambió en el rostro del anciano tras ese momento, y su mueca de enfado se transformó en un gesto de introspección, de reflexión. Uno a uno, volvió a mirar a los cuatro escuderos. Todos sin excepción sintieron como sus almas quedaban expuestas ante aquellos ojos grises y antiguos, cargados de una sabiduría insondable como un pozo profundo.
“Ya veo...”, susurró pensativo, “en tal caso, adelante, futuros sires... si tal es vuestro derecho, reclamad el destino que os corresponde.”

Con un gesto de la mano, se apartó a un lado, dejando el camino libre frente a ellos hasta el arma que yacía encerrada en la roca. Los cuatro se levantaron, aún indecisos sobre las intenciones de aquel extraño personaje, y poco a poco se acercaron al objeto. Dagonet fue el primero en acercar sus manos a la espada. Sus dedos temblaban al acercarse. Rodeó la empuñadura de la misma, y apoyó firmemente los pies, tomando aire.

Cuando se impulsó hacia arriba, su cuerpo se dobló en un quiebro extraño. La espada no se movió un ápice, pese al tremendo tirón. Dagonet lo intentó otro par de ocasiones, hasta caer abrazado a la piedra, ahogando un sollozo. Una mano se posó en su hombro, y al girarse pudo ver a Bedwyr a su lado.
“Todo era un sueño, nada más que un sueño...”
“Aún no lo sabes, Dagonet... nos has traído contigo, quizá tu visión aún tenga sentido, y tu presencia un propósito...” Bedwyr sonrió a su amigo, y miró hacia las otras tres figuras que los rodeaban.

“Inténtalo tú, Adfayrn...”, dijo, dirigiéndose a una de ellas.

El joven Adfayrn se sacudió las manos, y se acercó al arma. Vista de cerca, hacía justicia a su leyenda: Era un arma sólida y recia, cuya hoja, de una palma de grosor, brillaba plateada a la luz de las estrellas, resaltando el intrincado grabado de su filo: “Scalyburn”. Una fuerza invisible hizo que se le pusieran los pelos de punta cuando las yemas de sus dedos rozaron el cuero de la empuñadura, como si la propia espada tuviese voluntad propia y estuviera midiendo la de aquel que se atrevía a posar sus manos en ella. Adfayrn sintió un tirón en su mente cuando cerró sus manos alrededor del mango, una garra invisible aferrando su espíritu, estudiándolo, valorándolo... Durante una fracción de segundo, sintió miedo. Luego, simplemente dejó que aquella fuerza observara libremente lo que había en su interior: La vida de un simple chico de las montañas, sencillo, honrado y laborioso, sin nada que esconder o rehuir.

Al instante siguiente el arma se hizo más liviana, y Adfayrn tuvo la terrible certeza de que la roca la había liberado.

Su mente se proyectó repentinamente hacia el futuro, hacia lo que ocurriría si extraía aquel arma de su lecho de piedra. Contempló todo el poder y la gloria de un reino brillante y majestuoso, ganados en el clamor de la batalla, con el favor de los dioses y de los hados. Vio al Reino unido bajo una sola corte, bajo un único estandarte, bajo la tutela de un único rey, tan grande como lo había sido el legendario Uthyr. La figura de aquel monarca, noble e imponente, vestida en blanco y oro, se giró hacia él, mostrándole sus propios rasgos en un futuro al alcance de su mano. Las manos enfundadas en guanteletes dorados le ofrecieron el arma que ahora empuñaba en las suyas propias. “Tómala”, dijo una voz muy parecida a la suya en su mente, “tómala y cumple con tu destino”.

El joven escudero contempló la espada que le ofrecían, y luego el rostro de aquella versión futura de si mismo. Y, de repente, supo que no era aquel el futuro que deseaba. De su corazón desapareció un peso en el que hasta ahora no había reparado, y se dirigió a si mismo una sonrisa sincera.

Las manos de Adfayrn se separaron de la espada, abandonándola en su pétrea prisión.
“No...no puedo...”, dijo, volviéndose a sus compañeros y a aquel misterioso anciano, que parecía sonreírle de manera cómplice y un tanto extrañada, como si averiguase lo que en realidad había ocurrido y respetase su decisión, sin ser capaz de entenderla completamente.

El siguiente en intentarlo fue Athrwys. Y lo que ocurrió a continuación se convirtió en la mayor leyenda del Reino...


 

 

“¡P...Pero...! ¿El Adfayrn de tu relato...?” El hombre sonrió ante el estupor de su hijo.
“Si, fui yo...”
“¿Y Athrwys...?¿Fue...?¿Tú...?”
“Aquel joven escudero se convirtió en Athrwys el León, el reconocido heredero de Uthyr, aquel que blandiendo su espada Scalyburn unificó el Reino bajo la corte de Camloth, acabando con largos años de guerras entre casas nobles y pequeños feudos. Dagonet finalmente tuvo razón, llevando a aquel muchacho a su destino... Yo serví a su lado durante los años que siguieron a aquella noche, fui nombrado caballero y combatí en muchas de las batallas que Athrwys hubo de librar para traer la paz al Reino. Y cuando llegó el momento, cuando otros más entregados, más valientes y brillantes que yo estuvieron allí para apoyar al nuevo rey, me retiré a Ardin, donde conocí a tu madre...”
“...”

Lannach se sumió en sus propios pensamientos, contemplando cómo el sol poniente bañaba en cálidas llamas el horizonte. A su lado, Adfayrn cerró los ojos para sentir la última brisa del día sobre su rostro. A lo lejos, las siluetas de su esposa y su otro hijo se acercaban por el camino, de vuelta a casa, acompañados por un pequeño grupo de personas. Aquella noche celebrarían con un pequeño banquete la partida de Lannach, una última despedida por parte de aquellos a quienes dejaría atrás a la mañana siguiente...

“Padre...”
“Dime”
“Tú pudiste... pudiste haber gobernado el Reino.” Lannach le miró a los ojos. Adfayrn esperó en silencio a que su hijo formulase la pregunta. “¿Por qué no tomaste la Espada?”
El hombre se tomó un momento para meditar su respuesta. Desde el camino, su esposa les vio y les saludó con la mano. La alegre risa del hermano de Lannach podía oírse desde allí. Adfayrn sonrió y devolvió el saludo a los recién llegados, antes de volverse hacia su hijo y abarcar con un gesto la pequeña cabaña al pie del lago bajo el ocaso.

“Lannach... No quiero ni necesito más Camloth que aquel sobre el que ya gobierno...”

Grey Arkhane

 
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