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5月30日 Lo que había perdido"¿Dónde cojones la habré puesto...?" -el susurro irritado surgió de sus labios, mezclándose con la fallidamente silenciosa cacofonía de papeles revueltos, pisapapeles desplazados, cajones abiertos, cajones cerrados, cajones vueltos a abrir, llaves encajando en cerraduras y montones de documentos llevados suavemente de una silla a otra. Las manos de Anselmo rebuscaron en viejas cajas y revolvieron papeles que levantaron una pequeña nube de polvo al ser sacados de su eterno descanso en lo alto de la gran estantería que ocupaba toda una pared del confortable despacho doméstico. La única luz de la estancia era la proveniente de la lámpara del escritorio. Sombras danzantes, como de burlescos diablillos hechos de oscuridad, se escabullían por rendijas y rincones, huyendo del débil pero persistente halo para ir a esconderse en los lugares más insospechados. Anselmo no les prestaba atención. Eran las cuatro y diez de la madrugada cuando despertó alterado por un funesto presagio, de esos que uno sabe que no le dejarán pegar ojo hasta ser resueltos, urgiendo inmediatamente a la acción. En cualquier otro momento, compartiendo un café entre amigos en cualquier bar, quizá se le hubiera ocurrido compararlo con el ruido de un mosquito, capaz de generar la suficiente tensión en el candidato a durmiente como para hacerlo permanecer despierto hasta consumar su caza y captura. Pero en aquel momento, Anselmo sólo podía pensar en encontrar el objeto de su repentina obsesión nocturna. Asaltado por las dudas, se había evadido del abrazo de su esposa y levantado de la cama en un prodigioso alarde de sigilo, había pasado por el servicio y por la cocina(visitas obligadas en toda expedición nocturna que se precie) y, dirigiendo una mirada entre pensativa y somnolienta a la noche de Madrid, se puso a cavilar sobre el paradero de tan valioso bien: ¿En la habitación? Sí, sería lo más probable, pero no quería despertar a Elvira...Miraría en el salón primero, en el despacho...no la habría guardado en la caja fuerte con los documentos del piso, ¿verdad? Cuarenta minutos después, revisaba por segunda vez el escritorio y las estanterías del pequeño habitáculo, sintiéndose cada vez más frustrado con la situación. "Tiene que estar en la habitación, no puede ser de otra manera..." -asiendo el mango de la linterna como si fuera el pomo de una espada, Anselmo dirigió sus pies descalzos por el pasillo, de vuelta a la habitación. Minimizando el ruido emitido por sus movimientos, miró primero en los cajones de la mesita de noche y en las estanterías, atento a posibles cambios en la respiración sosegada de su esposa, que aún dormía en la cama. Nada, allí tampoco...¿no la habría perdido? El repentino temor cruzó por su corazón como una descarga de alto voltaje, haciendo brotar gotitas de sudor frío en su piel, que se condensaron en una única porción de humedad que bajó reptando por su espina dorsal, provocándole un escalofrío. Olvidándose del sigilo, abrió las puertas del armario y empezó a apilar montones de ropa en un rincón. "Cariño...¿qué haces? Son las cinco de la mañana..." -dijo una voz de mujer a su espalda, recién salida de verdes paisajes y recuerdos antiguos, balbuceando las palabras entre ronroneos somnolientos. En quince segundos, se convertirían en rugidos de ira. "La busco..." "¿El qué?" -diez. "Mi alma. No sé donde la puse. La busqué por toda la casa y no está." "Claro que no, amor... Te la pidieron prestada hace unos días..." -Anselmo detuvo el entrópico traslado de ropa. ¿Había oído bien? "¿Prestada? ¿Quién?" "Madrid. Se la llevó mientras estabas con el papeleo..." "Oh, las cuentas de producción..." "Esas." "Cago en diez..." A la mañana siguiente(apenas un par de horas y media después), Anselmo se despidió de Elvira con un beso, correspondido con un desganado golpe de almohada, y salió a la ciudad dispuesto a recuperar lo que había perdido. Grey Arkhane 评论 (3)
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