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8月22日 El día que sabía que llegaríaNunca se lo diría a nadie, pero lo supo incluso antes de que su hija Susan lo llamase. -¡Mira, papá, viene gente!- dijo, con aquella voz que sonaba como el angelical tañido de una campana, dorada como sus cabellos. La pequeña criatura se acercó correteando hacia su padre para señalarle su descubrimiento, mientras este alzaba sus cansados ojos del infértil huerto en el que llevaba trabajando toda la mañana, como todas las mañanas y las tardes incluso antes del nacimiento de Susan. Antes de la muerte de Carol. Carol... Arnwood musitó una plegaria silenciosa. No debería haberlo sabido, pero lo sabía. Sus encallecidas manos detuvieron el movimiento de la azada un instante antes de escuchar a su maravillosa hija, y tuvo que controlar la infinita lástima que lo invadió para que ella no la viese en sus ojos cuando miró hacia el horizonte. Tres jinetes. -¿Vendrán de la ciudad? ¿Traerán noticias? ¡Seguro que vienen a darte trabajo por el anuncio que pusiste!- Susan abrazó la pierna de su padre, cerrando los ojos en una ilusionada sonrisa. Tres jinetes, con sombreros y gabardinas oscuros y polvorientos. No podía ver sus rostros, pero ya sabía quienes eran, qué querían. -Vamos a hacer una cosa, Sue...les daremos una sorpresa- Arnwood la miró, con sus azules ojos vacíos de toda expresión, ocultos tras una brillante sonrisa. -Vete tras la casa y escóndete en el hueco bajo el árbol. Cuando lleguen, los llevaré hasta allí y diré: "¡os presento al hada del árbol!", entonces aparecerás y se llevarán un buen susto, ¿de acuerdo? La niña miró con cierto recelo a su padre, con ese instinto certero que tienen los niños, pero le devolvió la sonrisa. Dulce, inocente Susan...tan parecida a su madre... -¡Pero sólo cuando yo te de la contraseña! -¡De acuerdo, papá!- respondió, y se fue corriendo hacia la parte trasera de la casa, donde crecía un viejo álamo a cuyos pies yacía la tumba de Carol. Arnwood rezó una breve plegaria, dejó la azada y entró en la casa. El arcón estaba en la despensa, en un hueco tras los barriles de conservas. Arnwood lo sacó y lo desempolvó hasta descubrir su nombre tallado en la madera: C. Arnwood - "Plata". Una multitud de recuerdos se agolpó en su memoria, y el hombre de pelo canoso aferró el crucifijo que Carol le había regalado, pidiendo a su bienamado espíritu fuerzas para afrontarlos y perdón por lo que iba a hacer. Abrió la tapa. Una vieja gabardina oscura ocupaba la mayor parte del arcón. Sobre ella descansaban un resistente sombrero y un cinturón de cuero gastado, en el que había enfundados dos revólveres plateados. Arnwood tomó las prendas. Cuando salió al exterior, los jinetes se encontraban a menos de una milla. Arnwood pudo ver sus rostros, curtidos en cien cacerías, y el brillo de las armas cuando los tres hombres apartaron los faldones de sus gabardinas para tener acceso a sus cinturones. Al fin habían encontrado al legendario Plata, por cuya cabeza aún hoy Saul Schofield ofrecía miles de dólares. Arnwood lanzó una última mirada a la tumba de su esposa y al árbol en el que se escondía su hija, ajena a lo que iba a ocurrir. Pero él lo sabía. Lo había sabido durante los largos años transcurridos desde que conociese a Carol, desde que aquel ángel de cabellos dorados y espíritu inquebrantable lo rescatase de la perdición y le diese una familia, una vida y una esperanza... Sabía que la redención no era suficiente, que no podía escapar eternamente a lo que había hecho en su vida. Sabía que acabaría pagando por cada pecado, por cada bala y cada gota de sangre, por todo el mal que había causado hace tantos años... Sabía que, tarde o temprano, aquel día llegaría... Grey Arkhane 评论 (1)
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