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Top Ten de Visitantes Ilustres del Bastión (Actualizado: Octubre 2009)
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<[-[ El Bastión de los Ahsuui ]-]>Más allá de lo que podemos ver o imaginar,hay ojos y oidos pendientes de nuestros actos... September 18 Beneath These Waves"¡Hacia ti bogo, ballena omnidestructora, pero invencible! ¡Al fin lucho contigo! ¡Desde el corazón del infierno te hiero! ¡Por odio te escupo mi último aliento!" - Moby Dick, Herman Melville
La ballena blanca... Una vez intentó arrebatarme la vida, y pese a no lograrlo fragmentó mi existencia devorando una parte de mi ser. Desde entonces, mis días se han convertido en una constante caza, una incansable búsqueda por encontrar un medio de derrotarla, de someterla, de demostrar que esa criatura inconmesurable y monstruosa puede ser vencida por la voluntad de un simple ser humano. Esa ballena blanca es mi propia vida, y como el mismo Acab, sólo acabaré comprendiendo que nunca pude haberla derrotado, que jamás hubo retribución posible por todo aquello que me hizo perder, cuando me sumerja junto a ella en el olvido... Grey Arkhane August 22 El día que sabía que llegaríaNunca se lo diría a nadie, pero lo supo incluso antes de que su hija Susan lo llamase. -¡Mira, papá, viene gente!- dijo, con aquella voz que sonaba como el angelical tañido de una campana, dorada como sus cabellos. La pequeña criatura se acercó correteando hacia su padre para señalarle su descubrimiento, mientras este alzaba sus cansados ojos del infértil huerto en el que llevaba trabajando toda la mañana, como todas las mañanas y las tardes incluso antes del nacimiento de Susan. Antes de la muerte de Carol. Carol... Arnwood musitó una plegaria silenciosa. No debería haberlo sabido, pero lo sabía. Sus encallecidas manos detuvieron el movimiento de la azada un instante antes de escuchar a su maravillosa hija, y tuvo que controlar la infinita lástima que lo invadió para que ella no la viese en sus ojos cuando miró hacia el horizonte. Tres jinetes. -¿Vendrán de la ciudad? ¿Traerán noticias? ¡Seguro que vienen a darte trabajo por el anuncio que pusiste!- Susan abrazó la pierna de su padre, cerrando los ojos en una ilusionada sonrisa. Tres jinetes, con sombreros y gabardinas oscuros y polvorientos. No podía ver sus rostros, pero ya sabía quienes eran, qué querían. -Vamos a hacer una cosa, Sue...les daremos una sorpresa- Arnwood la miró, con sus azules ojos vacíos de toda expresión, ocultos tras una brillante sonrisa. -Vete tras la casa y escóndete en el hueco bajo el árbol. Cuando lleguen, los llevaré hasta allí y diré: "¡os presento al hada del árbol!", entonces aparecerás y se llevarán un buen susto, ¿de acuerdo? La niña miró con cierto recelo a su padre, con ese instinto certero que tienen los niños, pero le devolvió la sonrisa. Dulce, inocente Susan...tan parecida a su madre... -¡Pero sólo cuando yo te de la contraseña! -¡De acuerdo, papá!- respondió, y se fue corriendo hacia la parte trasera de la casa, donde crecía un viejo álamo a cuyos pies yacía la tumba de Carol. Arnwood rezó una breve plegaria, dejó la azada y entró en la casa. El arcón estaba en la despensa, en un hueco tras los barriles de conservas. Arnwood lo sacó y lo desempolvó hasta descubrir su nombre tallado en la madera: C. Arnwood - "Plata". Una multitud de recuerdos se agolpó en su memoria, y el hombre de pelo canoso aferró el crucifijo que Carol le había regalado, pidiendo a su bienamado espíritu fuerzas para afrontarlos y perdón por lo que iba a hacer. Abrió la tapa. Una vieja gabardina oscura ocupaba la mayor parte del arcón. Sobre ella descansaban un resistente sombrero y un cinturón de cuero gastado, en el que había enfundados dos revólveres plateados. Arnwood tomó las prendas. Cuando salió al exterior, los jinetes se encontraban a menos de una milla. Arnwood pudo ver sus rostros, curtidos en cien cacerías, y el brillo de las armas cuando los tres hombres apartaron los faldones de sus gabardinas para tener acceso a sus cinturones. Al fin habían encontrado al legendario Plata, por cuya cabeza aún hoy Saul Schofield ofrecía miles de dólares. Arnwood lanzó una última mirada a la tumba de su esposa y al árbol en el que se escondía su hija, ajena a lo que iba a ocurrir. Pero él lo sabía. Lo había sabido durante los largos años transcurridos desde que conociese a Carol, desde que aquel ángel de cabellos dorados y espíritu inquebrantable lo rescatase de la perdición y le diese una familia, una vida y una esperanza... Sabía que la redención no era suficiente, que no podía escapar eternamente a lo que había hecho en su vida. Sabía que acabaría pagando por cada pecado, por cada bala y cada gota de sangre, por todo el mal que había causado hace tantos años... Sabía que, tarde o temprano, aquel día llegaría... Grey Arkhane August 20 Nada sigue teniendo sentidoVeo caer un océano de llamas sobre la vieja Catedral. Lenguas de fuego ardiente, espinas del sol del ocaso, lamen lascivas las calles de la ciudad. Todo se desmorona a su paso, y nada sigue teniendo sentido. Mi latir sentenciado a muerte ríe mientras se arroja al precipicio. Dice que es mejor aceptar su trágica suerte a tratar de recuperar lo perdido, porque nada sigue teniendo sentido. Mis dedos raspan el áspero hueso, cálido icor resbala en mis manos. Yo soy Caín y también Abel, pues no recuerdo el rostro de mi hermano, ya que nada sigue teniendo sentido. Me baño en un mar de ceniza negra cuyas mareas tiznan mi piel. Nado entre los cadáveres de accidentes aéreos de aviones que nunca construiré, y me dicen que nada sigue teniendo sentido. Escucho el afilado rumor del tiempo acercarse raudo y siniestro a mi espalda. Mientras vuelvo de nuevo a los campos, corriendo ante hojas afiladas, descubro finalmente que nada sigue teniendo sentido. Grey Arkhane August 16 SoledadLa pesada verja de metal cayó con un sonoro estruendo a
sus espaldas, dejando encerrado al noble en el oscuro cubil. Algunas
esferas de luz latían levemente en el espacio principal del mismo, una
estancia circular de unos veinte metros de diámetro, apenas iluminando el
lugar. El suelo de piedra estaba desgastado y ruinoso, cubierto de paja y
diversos restos de caballo o venado. Una serie de verjas se distribuían a lo
largo de la pared a intervalos regulares adornadas, al igual que aquella por la
que acababa de entrar, por motivos afilados. Tras ellas se encontraban los
cubículos de las bestias que conformaban el primer regimiento de caballería de
la Casa Klyrien de Karond Hrref. Avshrrae aguardó un instante a que sus ojos se hicieran a la penumbra y avanzó hacia una pequeña celda anexa a la entrada que acababa de cruzar. El joven elfo oscuro, hijo menor de la casa gobernante de la pequeña ciudad, había llegado hace poco de una exitosa incursión en el viejo continente. Las bodegas de las ágiles naves de su familia volvían rebosantes de riquezas y esclavos después de una larga temporada ausentes. Avshrrae sonrió: aquel éxito le había reportado numerosos beneficios, y no sólo materiales. Su estatus en la política interna de Karond Hrref había recibido un impulso incomparable, posicionándolo incluso por encima de sus hermanos mayores en la aspiración al gobierno de la ciudadela. Una serie de palancas sobresalían de la pared de piedra en el interior de la celdilla. El noble accionó una de ellas, y una de las jaulas se abrió al fondo de la estancia. Un rugido sordo, como el retumbar de un geiser, se escuchó al fondo de la misma. Cerrando la portilla de la celda y tomando un jugoso pedazo de carne del saco que había traído consigo, salió al encuentro de su montura. El gélido salió de su refugio haciendo retumbar el suelo a cada paso. El gigantesco saurio, de más de cuatro metros de largo, agitó su larga cola e hizo chasquear sus fauces, desentumeciéndose al pasar a la más espaciosa estancia.
-¡Soledad!-llamó el druchii, y arrojó el trozo de carne sangrante delante de la
bestia. Esta se abalanzó hacia la pieza, un muslo entero de caballo, y la
despachó de un par de bocados. Avshrrae cogió otro de su saco, y se acercó
hacia el animal. Lanzó otra considerable pieza de carne al animal y se colocó a pocos pasos de él, para que pudiera verlo. Los ojos rojos, dos minúsculos rubíes en el escamoso rostro verde de la bestia, se enfocaron en él...y ocurrió lo impensable: El animal se plegó sobre si mismo, tensando los poderosos músculos de los cuartos traseros y rugió amenazadoramente al que había sido su dueño y compañero durante tanto tiempo, mostrando sus aterradoras fauces. Avshrrae, tan alarmado como irritado, retrocedió un par de pasos. Sabía que alterar a un gélido acarreaba una muerte casi segura, así que trató de tranquilizarlo con el sonido de su voz y con gestos apacibles. El noble alzó su puño y olisqueó el guante: el penetrante olor de las sustancias que los jinetes de gélido usaban para que sus bestias les reconociesen como compañeros era el mismo de siempre, no había nada mal...¿por qué entonces aquella reacción? -Tranquilo, Soledad...cálmate...vamos, compañero...-el gigantesco lagarto seguía a la defensiva, sin dar atisbos de reconocer a su dueño, observando alerta todos sus gestos y palabras. ¿Tanto tiempo había pasado fuera, tan sólo habían bastado tres meses de ausencia para borrar años de complicidad? Avshrrae entrecerró los ojos. ¿Sería posible que alguien hubiera amaestrado al animal en este tiempo con el fin de asesinarle? ¿Realmente iría a atacarlo? El gélido volvió a rugir, tensándose más aún. El druchii dio un par de pasos atrás, mientras mantenía su mano extendida ante él, en un gesto de apaciguamiento que parecía resultar inútil. Su otra mano se deslizó hacia la empuñadura de la espada que colgaba de su cinturón. El eco entremezclado de un grito de guerra y un tremendo rugido resonó en todos los sótanos de la Torre de la Casa Klyrien cuando el aterrador gélido, una masa de varias toneladas de piel escamosa dotada de poderosas garras y fauces, se abalanzó sobre aquel que lo había criado y cuidado durante tanto tiempo. Grey Arkhane July 27 Voto de SilencioSucede a menudo que la privación nos ilumina también con la noción de la mesura, que la ausencia total nos hace ver por fin la medida en que necesitamos realmente aquello que hemos perdido. Nada nos enseña mejor que el hambre la cantidad de comida que necesitamos, nada mejor que la pobreza los gastos que son realmente imprescindibles...y nada como la muerte para revelarnos el valor real de nuestros afectos. En estos momentos, me he quedado sin voz. La presa de la enfermedad se ha cerrado en torno a mi garganta, apagando mis palabras en el ineludible silencio febril del convaleciente. Durante tres días, en los que cada susurro se convertía en un alegórico infierno repleto de fragmentos afilados y llamas candentes, he vivido privado del habla...y ello me ha enseñado, también, algo sobre el uso de las palabras. He aprendido que esos poderosos símbolos, con los que expresamos ideas y sentimientos, encierran un peligro en si mismos, debido a su cualidad demiúrgica y, al mismo tiempo, a su evidente insuficiencia. A lo largo de nuestra historia, hemos creado palabras para todo lo que nuestra mente era capaz de concebir, así como para todo lo que nuestro corazón y nuestro espíritu eran capaces de albergar. Sin embargo, el tapiz de pensamientos y emociones se teje y deshace a una velocidad mayor de la que podemos reflejar con palabras, y la idea que representa cada una de estas no es más que un minúsculo matiz en una mezcolanza inabarcable de tonos y texturas. Así, las palabras desglosan matices, y con ellas, como pintores más o menos expertos, intentamos construir el retrato de lo que en realidad transcurre en nuestro interior, encontrándonos también con la misma dificultad que el artista: nuestras imágenes, por muy elaboradas que sean, acaban siendo apenas una pobre interpretación de la realidad que las sustenta. Por otra parte, el uso del lenguaje se ha convertido en el pilar de la civilización. Como en el caso del dinero fiduciario, la versatilidad de las palabras para construir realidades que de otro modo resultarían abstractas e inalcanzables ha provocado que finalmente nos hayamos acostumbrado a ponderar las ideas y los sentimientos en función del valor aparente que le otorgan las palabras que los describen, en lugar de su valor bruto(tan difícil de determinar, por otro lado). Todo ello, unido a que dicha versatilidad permite incluso alcanzar el ámbito de lo imaginario, ha acabado construyendo un intrincado laberinto psíquico para todos los dotados del don del habla en el que resulta dificil distinguir, entre la ingente marea de palabras que empleamos a diario, cuáles de estas son realmente imprescindibles, realmente trascendentes. Sumido en este silencio impuesto por las circunstancias, reflexiono sobre este hecho, aprendiendo a reconocer el valor de mis silencios, la futilidad de muchas de las palabras usadas y la inexplicable ausencia de otras no dichas, y me encuentro deseando conocer una mejor manera, más fiel, más exacta, de transmitir lo que mi mente y mi corazón guardan o, al menos, aprender a usar la que ya tengo(esas bellas, peligrosas palabras) en la justa medida de lo correcto. Sabiendo que quizá nunca llegue a conseguirlo me atrevo a desear, apenas por un instante, que mi voz no regrese nunca. Grey Arkhane July 07 Un gesto simpleContemplo paralizado la escena, sumido en el repentino terror de quien acomete por vez primera una responsabilidad grande y terrible. El rostro afable del Padre Thorne le sonrió pese a su estado convaleciente. "Lo harás bien, Vict..." -su voz se ahogó entre toses. "Lo harás bien, Victor" repitió, recuperando nuevamente la sonrisa. En estos momentos me encuentro en un soportal de una de las amplias avenidas de Avranches, una pequeña localidad francesa situada en la bahía de Sant-Michel, a pocos kilómetros del mar. Es un lugar repleto de parques y plazas, desde los que puede admirarse la maravillosa abadía de Mont Sant-Michel, encaramada en su pequeña isla. Un lugar tranquilo, que ahora mismo se encuentra envuelto en una niebla densa y espesa, y sus calles vacías muestran con mudo horror sus cicatrices mientras en sus nichos vacíos sólo resuena la desgarradora polifonía de la guerra. Y ante mis ojos, más de una docena de hombres de mi compañía agoniza en el Jardin des Plantes, abatidos al intentar avanzar hacia el centro de la población por el fuego cruzado de las posiciones defensivas alemanas. Los pocos que quedamos vivos contemplamos enmudecidos la masacre. Sobre mi alma se abate el peso de la responsabilidad. "Pero...pero tan sólo soy un monaguillo..." "Vamos, me has visto hacerlo muchas ve...veces, te sabes los cánticos de memoria..." -Thorne hizo una nueva pausa para toser- "confío en tí, Victor. Eres el único que puede tomar esta responsabilidad en... este momento. Eres el único que puede oficiar la misa" "Estarán todos allí...mirándome" -para aquel niño de catorce años, ser el único capaz de llevar a cabo la celebración más importante de aquella pequeña parroquia católica, a la que asistiría todo el pueblo, resultaba aterrador e inabarcable. Responsabilidad...la carga que Dios delega en los hombros de los hombres, para administrar su Justicia y su Bondad. Incluso aquí, en la máxima expresión del Infierno sobre la tierra, la voz del Altísimo debe ser escuchada, debe llegar a las pobres almas que sufren el martirio ante mis ojos...y debo ser yo, como capellán de la compañía, quién les lleve el consuelo de su Amor. Pero entre sus cuerpos caídos veo alzarse la oscura figura de la Parca, aguardándome como al cordero que soy, presta para entregarme en sacrificio al Mal al que sirven las balas de nuestros enemigos. Y tengo miedo. Con una de las viejas casullas del Padre Thorne sobre sus hábitos de acólito como único símbolo de su extraordinaria potestad, Victor salió al altar, encontrándose con la estupefacta mirada de todos sus convecinos. Tratando de reunir toda la autoridad que pudo en su aún débil voz, anunció la imprevista ausencia del párroco en tan señalado día, pero se vió acallado por el cuchicheo de los feligreses, que llenaba con su sordo rumor cada rincón de la capilla, azotando los miedos del joven monaguillo de nuevo contra él. Tomo aire y cierro los ojos, lanzando una desesperada plegaria a las alturas, mientras mi mano se cierra en torno al crucifijo y la biblia que comparten hogar en mi cinturón con raciones de campaña y bengalas. "A tus designios me encomiendo, Señor..." "Tengo miedo, padre...¿qué debo hacer?" Thorne dejó que sus ojos brillaran con otra de sus radiantes sonrisas antes de responder. Aún con los ojos cerrados, me deshago de mis miedos. Dando un paso, salgo a la plaza. Y tras ese paso, el siguiente, mientras a mi alrededor comienzo a escuchar el murmullo lejano de las ametralladoras al recargarse. Aún con los ojos cerrados, el joven Victor recordó la letra del primer canto litúrgico. Su voz dejó escapar la primera nota. Y tras ella, la siguiente, mientras a su alrededor aún se oían los murmullos de los congregados. Alzo en mis manos la biblia y el crucifijo mientras sigo avanzando hacia mis compañeros caídos, aún con los ojos cerrados. Los que permanecen en el soportal me gritan, pero ninguno trata de detenerme. A mi alrededor comienzo a sentir los impactos errados de los tiradores alemanes. Alzó sus manos hacia el techo de la capilla mientras elevaba su canto a los cielos, aún con los ojos cerrados. Muchos de los asistentes callaron al darse cuenta, y algunos de ellos unieron sus voces a la de Victor, primero débilmente, pero luego cada vez con más fuerza. Las palabras del Padre Thorne vuelven a mi mente una vez más. "Convierte tu carga en un gesto simple" Un gesto simple como una canción dirigida al Señor por una pequeña comunidad. Como una última oración por un alma que abandona este mundo. Abriendo los ojos entre una lluvia de fuego, me arrodillo junto al primero de los cuerpos de mis compañeros, y musito una breve plegaria por su alma. Ninguna bala me hiere. Grey Arkhane May 30 Lo que había perdido"¿Dónde cojones la habré puesto...?" -el susurro irritado surgió de sus labios, mezclándose con la fallidamente silenciosa cacofonía de papeles revueltos, pisapapeles desplazados, cajones abiertos, cajones cerrados, cajones vueltos a abrir, llaves encajando en cerraduras y montones de documentos llevados suavemente de una silla a otra. Las manos de Anselmo rebuscaron en viejas cajas y revolvieron papeles que levantaron una pequeña nube de polvo al ser sacados de su eterno descanso en lo alto de la gran estantería que ocupaba toda una pared del confortable despacho doméstico. La única luz de la estancia era la proveniente de la lámpara del escritorio. Sombras danzantes, como de burlescos diablillos hechos de oscuridad, se escabullían por rendijas y rincones, huyendo del débil pero persistente halo para ir a esconderse en los lugares más insospechados. Anselmo no les prestaba atención. Eran las cuatro y diez de la madrugada cuando despertó alterado por un funesto presagio, de esos que uno sabe que no le dejarán pegar ojo hasta ser resueltos, urgiendo inmediatamente a la acción. En cualquier otro momento, compartiendo un café entre amigos en cualquier bar, quizá se le hubiera ocurrido compararlo con el ruido de un mosquito, capaz de generar la suficiente tensión en el candidato a durmiente como para hacerlo permanecer despierto hasta consumar su caza y captura. Pero en aquel momento, Anselmo sólo podía pensar en encontrar el objeto de su repentina obsesión nocturna. Asaltado por las dudas, se había evadido del abrazo de su esposa y levantado de la cama en un prodigioso alarde de sigilo, había pasado por el servicio y por la cocina(visitas obligadas en toda expedición nocturna que se precie) y, dirigiendo una mirada entre pensativa y somnolienta a la noche de Madrid, se puso a cavilar sobre el paradero de tan valioso bien: ¿En la habitación? Sí, sería lo más probable, pero no quería despertar a Elvira...Miraría en el salón primero, en el despacho...no la habría guardado en la caja fuerte con los documentos del piso, ¿verdad? Cuarenta minutos después, revisaba por segunda vez el escritorio y las estanterías del pequeño habitáculo, sintiéndose cada vez más frustrado con la situación. "Tiene que estar en la habitación, no puede ser de otra manera..." -asiendo el mango de la linterna como si fuera el pomo de una espada, Anselmo dirigió sus pies descalzos por el pasillo, de vuelta a la habitación. Minimizando el ruido emitido por sus movimientos, miró primero en los cajones de la mesita de noche y en las estanterías, atento a posibles cambios en la respiración sosegada de su esposa, que aún dormía en la cama. Nada, allí tampoco...¿no la habría perdido? El repentino temor cruzó por su corazón como una descarga de alto voltaje, haciendo brotar gotitas de sudor frío en su piel, que se condensaron en una única porción de humedad que bajó reptando por su espina dorsal, provocándole un escalofrío. Olvidándose del sigilo, abrió las puertas del armario y empezó a apilar montones de ropa en un rincón. "Cariño...¿qué haces? Son las cinco de la mañana..." -dijo una voz de mujer a su espalda, recién salida de verdes paisajes y recuerdos antiguos, balbuceando las palabras entre ronroneos somnolientos. En quince segundos, se convertirían en rugidos de ira. "La busco..." "¿El qué?" -diez. "Mi alma. No sé donde la puse. La busqué por toda la casa y no está." "Claro que no, amor... Te la pidieron prestada hace unos días..." -Anselmo detuvo el entrópico traslado de ropa. ¿Había oído bien? "¿Prestada? ¿Quién?" "Madrid. Se la llevó mientras estabas con el papeleo..." "Oh, las cuentas de producción..." "Esas." "Cago en diez..." A la mañana siguiente(apenas un par de horas y media después), Anselmo se despidió de Elvira con un beso, correspondido con un desganado golpe de almohada, y salió a la ciudad dispuesto a recuperar lo que había perdido. Grey Arkhane March 17 Time Stand Still..."Morgoth salió, subiendo lentamente desde el trono profundo, y el sonido de sus pisadas era como un trueno bajo tierra. Y salió vestido con una armadura negra; y se erguía ante el Rey como una torre coronada de hierro y el vasto escudo, negro y sin blasón, arrojaba una sombra de nubes tormentosas. Pero Fingolfin brillaba debajo como una estrella; porque la cota de malla era de hilos de plata entretejidos, y en el escudo azul llevaba cristales incrustados; y desenvainó la espada, Ringil, que relució como el hielo." - El Silmarillion, J.R.R. Tolkien
"Tres veces cayó el Rey de rodillas y tres veces se volvió a levantar con el escudo roto y el yelmo mellado." - El Silmarillion, J.R.R. Tolkien
Con cada amanecer, todo ser humano se enfrenta a sus propios miedos, oscuros y terribles. Y así, día tras día, cada uno de nosotros toma la misma decisión: Sucumbir al oscuro manto de la desesperación, o convertirse en la diminuta luz que le plante cara. ¿Qué has elegido tú hoy? Grey Arkhane March 07 La Espada y la PiedraEl hombre llamó a su hijo mayor, mientras el hermano pequeño y la madre de ambos partían por el estrecho camino hacia el pueblo cercano. El sol comenzaba a descender con resplandor de oro viejo, arrojando sus rayos sobre la superficie del viejo lago enclavado entre montes cubiertos de pinos. Una suave brisa primaveral hacía ondular la superficie del agua, agitando las ramas de las coníferas en un sordo rumor. Lannach, apenas un rapaz de dieciséis años, de ojos claros y cabello oscuro, se acercó a su padre con porte serio, abandonando las tareas de cepillar y ensillar al inquieto caballo negro que habría de llevarle al día siguiente al mismísimo palacio del Señor de Ardin. Un pequeño hato descansaba a pocos pasos del animal, el humilde equipaje que el chico había decidido llevar consigo. Los ojos moteados de verde permanecieron tranquilos, mientras un reflejo treinta años más viejo de si mismos los evaluaban desde aquel rostro sereno, curtido con las marcas de una vida larga y ardua. Una sonrisa brilló en ellos, aunque los labios del hombre apenas se movieron. “Estoy orgulloso de ti”, dijo Adfayrn. El chico sonrió abiertamente, sin reparar en el apenas perceptible matiz de tristeza que tintaba la voz de su padre. Hacía unos días, Lannach había escuchado gritos mientras deambulaba por el bosque cercano. Cuando se acercó al lugar del que provenían se encontró con una joven dama, un par de años más pequeña que él, que sollozaba en el recodo de una senda mientras se aferraba la pierna con ambas manos. Cuando se dejó ver, apareciendo entre los arbustos, el rostro de la chica se iluminó como si se hubiera encontrado con un ángel guardián. Entre hipidos le explicó lo que había ocurrido: se llamaba Elaide y era la hija de Derrin, Señor de Ardin. Su caballo la había arrastrado consigo y finalmente tirado al suelo en un arrebato de locura mientras paseaba por las tierras de su padre. Había perdido a su escolta, la caótica carrera la había desorientado y al caer se había torcido el tobillo, impidiéndole andar. Sin pensárselo dos veces, el chico la subió a la espalda y caminó hacia el lugar habitado más próximo que recordaba, una pequeña aldea cercana. Para cuando llegaron, toda la zona estaba llena de ajetreados hombres de armas, quienes los llevaron a presencia del intranquilo padre de la muchacha. Unas horas más tarde, Lannach llegaba a su hogar con un caballo negro, regalo de Elaide, y una carta escrita del puño y letra de Derrin de Ardin, nombrándole primer escudero de su primogénito Drallan. La noticia fue acogida con una mezcla de sorpresa, orgullo y temor, pero nada se discutió al respecto: era una decisión irrevocable. Y no sólo por parte de Lord Derrin: en la mirada de Lannach se podía entrever ese brillo cauto de quién se sabe a punto de emprender grandes tareas. “Ven, siéntate a mi lado”, añadió Adfayrn, dejándole sitio en el viejo banco
de madera que él mismo había fabricado hace tiempo. Desde allí se contemplaba
todo el lago, rodeado de montañas, así como las aldeas cercanas y el sendero que venía desde una de ellas a morir a la humilde casa del
guardabosques. “Mañana será el primer día de una vida nueva para ti, Lannach.
Te enfrentarás a muchas cosas nuevas y sorprendentes, algunas maravillosas,
otras terribles...” Adfayrn hizo una pausa y miró a su hijo. “Pasará mucho
tiempo antes de que vuelvas, si alguna vez llegas a hacerlo...pero me gustaría
que te llevases algo de este lugar, algo que siempre te recuerde al hogar en el
que naciste.” El grupo de jóvenes escuderos se escabulló por las callejuelas vacías de Kaer Luthein. Las cuatro figuras embozadas en capas se apresuraron de portal en portal, aprovechando los recodos y nichos envueltos en sombras para esconderse de las patrullas de la milicia que rondaban la vieja ciudad. “¡Vamos, Athrwys!”, apremió entre susurros una de las figuras a la última de ellas, algo retrasada con respecto a sus compañeros. Cuando llegó a su altura, una disculpa salió de las profundidades de la capucha de tela, bajo la cual se dejó entrever el rostro de rasgos aniñados, pelo pajizo y profundos ojos azules del más joven de los escuderos. Dagonet, el instigador de aquella aventura nocturna, le dedicó una sonrisa, a medias tranquilizadora y a medias feroz, propia de su carácter despreocupado hasta el extremo de la insensatez pero en el fondo amable. “Ya queda poco”, dijo, “la plaza se encuentra a un par de manzanas.” El prudente Bedwyr y el cuarto escudero cruzaron sendas miradas sombrías. Se habían escapado del barracón donde habían alojado a la servidumbre que acompañaba a los participantes del prestigioso torneo de Luthein, celebración que desde hacía años se llevaba a cabo con motivo del Caregan Swyn, el Ritual de la Piedra, al que acudían numerosos caballeros y nobles de todos los feudos cercanos. Si les cogían fuera de las dependencias que tenían asignadas, el castigo sería terrible. Dagonet, con un largo historial de peripecias similares, lo sabía bien, y sin embargo parecía ser al que menos le aterraba tal posibilidad. Tras esquivar a un par de grupos más de guardias, los cuatro escuderos llegaron a su destino. El cielo nocturno estaba despejado y plagado de estrellas, pero la luna nueva les proporcionaba una cobertura idónea. La plaza era amplia, como si la aglomeración de casas que constituía la ciudad hubiera decidido respetarla por alguna razón desconocida. En el ambiente se respiraba una sensación de quietud impropia de la urbe que los rodeaba, como si en el corazón de aquella encrucijada habitase el recuerdo imperecedero del profundo bosque que una vez cubrió aquel lugar, custodiado por los pocos y ancianos árboles que todavía crecían en el jardín de su centro. Entre ellos aún se conservaban las gastadas ruinas de un olvidado templo, los restos de columnas y altares desperdigados entre los setos, cubiertos de hiedra y enredaderas. La neblina nocturna flotaba a su alrededor, acabando de perfilar la atmósfera mágica que parecía impregnar en todo momento la vieja plaza. Los cuatro adolescentes se contagiaron del silencio reinante, y con expresiones de muda expectación en sus rostros contemplaron su objetivo. En mitad de los árboles y las viejas ruinas, alzándose entre jirones de niebla, se encontraba la roca del Caregan Swyn, un oscuro bloque irregular de poco más de metro y medio de altura. Y clavada en él, destellante aún en la noche oscura, rodeada de un halo propio, se encontraba la Espada. Según la tradición, el misterioso druida Myrllin Emrys, principal consejero del antiguo Rey Uthyr, el Monarca Dragón, había clavado la espada del rey en aquella roca a su muerte, profetizando el fin de los largos conflictos fratricidas que asolarían el Reino durante los siguientes años con el momento en el que el heredero legítimo del trono lograse desenfundarla de nuevo. Desde aquel día, todos los nobles de la región, e incluso otros llegados de tierras lejanas, trataron de hacerse con ella. No obstante, el arma se había aferrado tercamente a la roca durante años, sin que ninguno de los que intentaron extraerla lograse explicar cómo. Con el paso de los años, aquella costumbre se había convertido en una festividad anual, en la que numerosos caballeros se enfrentaban a la espada en la piedra en una ceremonia vigilada por los sacerdotes de la ciudad, y participaban en torneos y banquetes organizados para distender la frustración de aquellos eternos aspirantes. Los cuatro escuderos se habían conocido en uno de aquellos banquetes, y rápidamente habían hecho buenas migas. La noche anterior, Dagonet les había revelado su plan: “La noche antes de partir hacia Kaer Luthein, una visión del futuro se me reveló mientras dormía. Contemplé al Viejo Reino unificado de nuevo, gobernado por un rey sabio y poderoso, tan brillante como el legendario Uthyr. En el sueño, una voz me decía: Dagonet, tú habrás de propiciar la llegada de esta nueva era de paz...en tus manos reside la responsabilidad de que la Espada sea blandida de nuevo. Entonces supe que debía intentarlo...debía tratar de tomar la espada de la piedra. Pero ni los sacerdotes ni Sir Cryowan me permitirán jamás acercarme a ella...así que tendré que intentarlo cuando nadie pueda impedirlo.” La seriedad y la convicción con la que Dagonet pronunció aquellas palabras, tan impropias de su carácter normalmente juerguista y disperso, encendió un fuego en el corazón de sus tres compañeros, que prometieron acompañarle a pesar del evidente riesgo. Ahora, los cuatro se encontraban frente al objetivo de su alocada empresa. Como sombras, se deslizaron hacia el centro de la plaza, traspasando las gruesas cadenas que cercaban el pequeño jardín y acercándose al centro de las ruinas, con todos sus sentidos alerta para detectar la menor presencia de posibles guardias. “Una noche agradable para pasear, ¿no es cierto?” La voz les hizo pegar un
brinco. Bedwyr dejó escapar un corto grito de terror. Un anciano de largos
cabellos, envuelto en una túnica grisácea, se había materializado a su espalda
de forma repentina, surgiendo desde detrás de una vieja encina. Dagonet soltó
una maldición. Los cuatro zagales intentaron escabullirse a la carrera, pero de
algún modo el anciano los agarró a todos, sentándolos bruscamente en el césped
húmedo. Aterrados, se encontraron frente a frente con los rasgos severos del
anciano. Durante un largo instante, las miradas del viejo y del delgado joven se enfrentaron. Los otros tres podían sentir la magnitud del silencioso duelo tras aquellas miradas, del juicio que tenía lugar en la mente del anciano sobre la sinceridad de aquellas palabras y sobre qué debería hacer con ellos a continuación... Algo apenas perceptible cambió en el rostro del anciano tras ese momento, y
su mueca de enfado se transformó en un gesto de introspección, de reflexión.
Uno a uno, volvió a mirar a los cuatro escuderos. Todos sin excepción sintieron
como sus almas quedaban expuestas ante aquellos ojos grises y antiguos,
cargados de una sabiduría insondable como un pozo profundo. Con un gesto de la mano, se apartó a un lado, dejando el camino libre frente a ellos hasta el arma que yacía encerrada en la roca. Los cuatro se levantaron, aún indecisos sobre las intenciones de aquel extraño personaje, y poco a poco se acercaron al objeto. Dagonet fue el primero en acercar sus manos a la espada. Sus dedos temblaban al acercarse. Rodeó la empuñadura de la misma, y apoyó firmemente los pies, tomando aire. Cuando se impulsó hacia arriba, su cuerpo se dobló en un quiebro extraño. La
espada no se movió un ápice, pese al tremendo tirón. Dagonet lo intentó otro
par de ocasiones, hasta caer abrazado a la piedra, ahogando un sollozo. Una
mano se posó en su hombro, y al girarse pudo ver a Bedwyr a su lado. “Inténtalo tú, Adfayrn...”, dijo, dirigiéndose a una de ellas. El joven Adfayrn se sacudió las manos, y se acercó al arma. Vista de cerca, hacía justicia a su leyenda: Era un arma sólida y recia, cuya hoja, de una palma de grosor, brillaba plateada a la luz de las estrellas, resaltando el intrincado grabado de su filo: “Scalyburn”. Una fuerza invisible hizo que se le pusieran los pelos de punta cuando las yemas de sus dedos rozaron el cuero de la empuñadura, como si la propia espada tuviese voluntad propia y estuviera midiendo la de aquel que se atrevía a posar sus manos en ella. Adfayrn sintió un tirón en su mente cuando cerró sus manos alrededor del mango, una garra invisible aferrando su espíritu, estudiándolo, valorándolo... Durante una fracción de segundo, sintió miedo. Luego, simplemente dejó que aquella fuerza observara libremente lo que había en su interior: La vida de un simple chico de las montañas, sencillo, honrado y laborioso, sin nada que esconder o rehuir. Al instante siguiente el arma se hizo más liviana, y Adfayrn tuvo la terrible certeza de que la roca la había liberado. Su mente se proyectó repentinamente hacia el futuro, hacia lo que ocurriría si extraía aquel arma de su lecho de piedra. Contempló todo el poder y la gloria de un reino brillante y majestuoso, ganados en el clamor de la batalla, con el favor de los dioses y de los hados. Vio al Reino unido bajo una sola corte, bajo un único estandarte, bajo la tutela de un único rey, tan grande como lo había sido el legendario Uthyr. La figura de aquel monarca, noble e imponente, vestida en blanco y oro, se giró hacia él, mostrándole sus propios rasgos en un futuro al alcance de su mano. Las manos enfundadas en guanteletes dorados le ofrecieron el arma que ahora empuñaba en las suyas propias. “Tómala”, dijo una voz muy parecida a la suya en su mente, “tómala y cumple con tu destino”. El joven escudero contempló la espada que le ofrecían, y luego el rostro de aquella versión futura de si mismo. Y, de repente, supo que no era aquel el futuro que deseaba. De su corazón desapareció un peso en el que hasta ahora no había reparado, y se dirigió a si mismo una sonrisa sincera. Las manos de Adfayrn se separaron de la espada, abandonándola en su pétrea
prisión. El siguiente en intentarlo fue Athrwys. Y lo que ocurrió a continuación se convirtió en la mayor leyenda del Reino...
“¡P...Pero...! ¿El Adfayrn de tu relato...?” El hombre sonrió ante el
estupor de su hijo. Lannach se sumió en sus propios pensamientos, contemplando cómo el sol poniente bañaba en cálidas llamas el horizonte. A su lado, Adfayrn cerró los ojos para sentir la última brisa del día sobre su rostro. A lo lejos, las siluetas de su esposa y su otro hijo se acercaban por el camino, de vuelta a casa, acompañados por un pequeño grupo de personas. Aquella noche celebrarían con un pequeño banquete la partida de Lannach, una última despedida por parte de aquellos a quienes dejaría atrás a la mañana siguiente... “Padre...” “Lannach... No quiero ni necesito más Camloth que aquel sobre el que ya gobierno...” Grey Arkhane January 01 Sobrevivir al fin del mundo[Stream of Consciousness] Athan se limpió la frente cubierta de ceniza con un gesto de la mano enguantada, contemplando el desolador paisaje que se extendía ante él. La tímida luz del sol se colaba pálida por entre la perenne capa de deshilachadas nubes grises que a jirones colmaban el cielo y parte de la tierra, como una omnipresente niebla musgosa y enfermiza. Hacía frío, pero el joven de ropas grises ya estaba acostumbrado: Últimamente todos los días eran así, iluminados por aquel sol helado y enmascarado, cuyos rayos no dejaban calidez alguna en la piel de su rostro al deslizarse perezosos por ella. Bajo aquel desapacible clima se extendía lo que había sido la ciudad de Matteram, uno de los pocos centros urbanos de gran tamaño del país y capital del mismo. Hasta hace dos semanas, cerca de cinco millones de personas habitaban sus atestadas calles, llenando de frenética vida sus rascacielos, sus monumentales plazas y sus amplias avenidas. Incluso desde la distancia, Matteram rugía como una bestia mecánica con el rumor de miles de coches que circulaban como sangre por sus arterias, envuelta en el hálito pardo de su nocivo aliento. Ahora, por lo que Athan sabía, no debían de quedar más de mil almas en toda la ciudad, y los dioses sabrían cuántas de ellas seguirían pudiendo considerarse humanas... Desde donde se encontraba, sólo las nubes bajas e insanas rodeaban la metrópoli, secundadas por un silencio sepulcral. El joven de la capucha gris alejó los funestos presagios de su cabeza murmurando una breve plegaria, se ajustó las gruesas gafas, recogió el bastón de avellano y prosiguió su camino por la abandonada autopista. Habían pasado catorce días desde el Suceso. ***** Todo fue peor en las grandes ciudades, donde ya antes, bajo el sordo murmullo del discurrir constante de la gran maquinaria colectiva que formaba la sociedad urbana, podía respirarse el sutil aroma del odio, emergiendo a la superficie en pequeñas volutas de violencia, de barbarie, a veces tan claras (“joven muere asesinada por su pareja”, “detenidos cuatro adolescentes en relación con el homicidio de varios sin techo”...¿cuántas veces se habían visto titulares como aquellos?) y en otras ocasiones más sutiles (esas veladas ruindades que siempre supe encontrar en los ojos de los que me rodeaban, y que traicionaban la corrupción bajo sus brillantes fachadas). Todos esos pequeños indicios deberían habernos avisado, deberían habernos hecho ver... pero como de costumbre estuvimos ciegos, y quienes debieron ser nuestros ojos se habían ido convirtiendo, con el paso de los siglos, en la peor de las vendas que nos impedían mirar. Y entonces, ocurrió. El Suceso, se lo llamó, como si darle un nombre más claro le diera aún más poder, lo hiciera aún más terrible...como si hubiéramos podido eludir las consecuencias de lo sucedido evitando recordarlo o hablar de ello...pero ocurrió, y lo ocurrido vino a cambiar nuestra visión de todas las cosas, desde las más pequeñas en nuestro entorno inmediato a las más grandes, como nuestra historia, nuestro concepto del progreso y los pilares en los que habíamos decidido construir nuestra sociedad. El Suceso vino a despojarnos de cualquier venda, y con los ojos claros colocó un espejo ante cada uno de nosotros, obligándonos a mirar. Pocos pudieron soportar lo que vieron. ***** El mundo se había derrumbado. La civilización había sucumbido de un solo golpe bajo el peso de lo que se había negado a querer ver desde hacía siglos. Pero las ciudades habían permanecido intactas, como cuidadas necrópolis, testigos mudos de una gloria ya extinta. Athan penetró en las calles de Matteram, sigiloso y atento. Ignoró la destrucción evidente a su alrededor, así como la multitud de cadáveres que yacían desperdigados por los rincones. En su largo viaje había tenido tiempo para acostumbrarse a aquel dantesco espectáculo. Hace un año hubiera paseado despreocupadamente por aquellas plazas que ahora evitaba, refugiándose en soportales y callejones, estudiando atentamente cada lugar antes de decidirse a transitar por él. Inconscientemente, jugueteaba con el silbato que llevaba colgado al cuello. Experiencias recientes le habían enseñado que las jaurías de perros callejeros podían llegar a ser muy peligrosas, y aquel silbato de ultrasonidos resultó útil en más de una ocasión. Conocía bien aquella zona, había vivido en ella unos cuantos años. Recordando lo que sabía del lugar, evitó los centros comerciales. Había cosas peores que perros merodeando, y no eran tan sencillas de ahuyentar. Ni siquiera se molestó en regresar a su vieja residencia. Era un lugar conocido, un refugio seguro...en otro tiempo. Las Universidades habían sido en todos lados el foco de auténticos baños de sangre tras el Suceso, y Athan sabía que no encontraría descanso en su viejo cuarto. Golpeteó suavemente el aparato de radio que colgaba de su cinturón y se puso uno de los auriculares. Las frecuencias de radio se habían convertido en el bote salvavidas de los supervivientes, la manera de encontrarse unos a otros, perdidos en aquella gran isla desierta en la que se había convertido el mundo de la noche a la mañana. Captó una frecuencia débil, un estertor inconexo en un mar de estática. Siguió moviéndose, tan atento a la señal como a lo que le rodeaba, siempre en busca de esos sutiles signos que delatasen la presencia de alguna amenaza. <<khzgghh...Ars Mobilzhxjj Lupus Sanctzzzkhhh...Akjhhhbile Lupzzzhh...>> “Ars Mobile Lupus Sanctum” Era un lugar. Deducir cuál no le llevó demasiado tiempo, tras consultar sus mapas y descartar un par de opciones fruto de las referencias cruzadas. Se dirigió hacia allí, paseando en silencio por las calles impregnadas del olor de la muerte. ***** El Suceso...Nadie sabe en qué consistió realmente. No hubo un gran destello, ni una lluvia de fuego y sangre, ni el sonido de trompetas celestiales. Simplemente, despertamos. Nos dimos cuenta de todo en lo que nos habíamos equivocado, como individuos y como sociedad. Del poco bien que habíamos obrado. Y de todo el mal que habíamos causado. Todo el mundo (¡hasta el último de nosotros!) supo de repente lo que éramos, lo que podríamos haber sido y en qué nos habíamos convertido en lugar de ello. Hubo gritos de rabia por todo el planeta, que ahogaron cualquier otro sonido durante largas horas, en las que todo el mundo se convirtió en una marea de emociones desatadas, descarnadas, que engulleron como una gran ola las mentes, los corazones y las almas de toda la humanidad. Yo también grité. Y lloré. Y miré con ojos vacíos el mundo mientras trataba de asimilar todo lo que entonces supe, tratando de encontrar una razón, una justificación, un sentido...pero no lo encontré. No lo había. Simplemente había ocurrido. Las reglas habían cambiado, pero yo seguía en el juego. Podía quedarme allí encogido, esperando a que el mundo volviese a ser algo conocido, a que algo me despertase de aquella aterradora pesadilla, o levantarme y aprender a vivir de nuevo... Transcurrieron largas horas antes de que pudiese reducir todo lo que azotaba mi mente a esa simple elección, largas horas navegando entre la razón y la locura. Sin embargo, una vez fui capaz de plantearla, la elección fue sencilla de tomar, pues ya me había enfrentado a ella hace años. Lo primero que vi al salir de mi cuarto fue a mi padre, sentado en el suelo de la cocina, con el cadáver de mi madre entre los brazos. La sangre formaba un charco a su alrededor mientras murmuraba entre sollozos algo acerca de mentiras y vidas que no nos pertenecían. Sus últimas palabras me resultaron ininteligibles, y sólo recuerdo el desconsuelo aterrador y enloquecido que encontré en su mirada cuando con un cuchillo se rebanó su propio cuello. Horrorizado, salí a la calle, y contemplé el fin del mundo. Sin saber muy bien cómo, sobreviví a las primeras horas. Y a los primeros días. Aprendí a contemplar el mundo de nuevo, bajo las nuevas circunstancias que lo regían, pero hubo una verdad que adquirió un terrible peso en mis futuras acciones: El Suceso nos había transformado a todos. Pero no de la misma manera. ***** El viejo teatro de la calle San Francisco había sido un edificio elegante en uno de los barrios céntricos de Matteram, un recuerdo de la época floreciente del cine. Athan cruzó la fastuosa entrada del edificio hasta el vestíbulo principal, asegurando la zona con un rápido vistazo. El lugar estaba vacío. Totalmente vacío. No había ni un solo cadáver, ni restos de violencia. Alguien se había encargado de retirar los cuerpos de las víctimas. El muchacho sonrió. Había conocido sitios como aquel en su ciudad natal, puntos de encuentro para los refugiados, donde los supervivientes eran recogidos por miembros de ciertos grupos que se habían formado a raíz del Suceso, y que trataban de encontrar una manera de sobrevivir al caos reinante, de buscar un modo de adaptarse a las circunstancias, de vivir bajo los nuevos tiempos que el cambio había traído a la fuerza. Athan se adentró en el edificio, cruzando el hall y dirigiéndose a la sala principal. Lo recibió una penumbra densa, débilmente iluminada por unas pocas luces de emergencia. Cuando sus ojos se adaptaron a la escasa luz, pudo ver que estaba tan vacía como el resto del edificio. Avanzó entre las filas de asientos hacia el escenario, extrañado de no encontrar a nadie. ¿Sería este el punto de reunión adecuado? Quizá hubiera algún mensaje en el escenario, o en la sala del proyector... Un repentino chasquido sacó a Athan de sus pensamientos, obligándole a mirar hacia el escenario. Un cadáver colgaba de una soga, balanceándose obscenamente delante de la pantalla. El joven se dio cuenta con horror de la macabra sonrisa que había sido forzada en el rostro del muerto. Un siseo animal se escuchó en las sombras a su alrededor, y Athan comprendió que había caído en una trampa. El resplandor de la bengala que encendió iluminó a una veintena de siluetas humanoides, de rasgos contraídos y ojos vidriosos, que detuvieron bruscamente su avance, cegadas de manera repentina por la intensa luz. El muchacho aprovechó entonces para lanzarse hacia la puerta de incendios, huyendo a la carrera por las calles de Matteram. ***** ¡No! ¡No puedo dejar que me atrapen, todo depende de...! Tras él, la calle se llenó de gritos salvajes, llenos de furia, en los que se mezclaban reminiscencias de voces humanas con alaridos propios de bestias. El joven corrió hacia un parque cercano. Allí podría despistarlos, tratar de confundirlos entre la maleza y los árboles, quizá encontrar un refugio...con algo de suerte, podría perderlos. Algo golpeó el suelo junto a él, pero Athan no se volvió a mirar qué le habían arrojado, traspasando a la carrera la alta verja negra del olvidado parque. Los pensamientos golpeaban inconexos su mente, recordándole todo lo que estaba en juego. El Suceso trajo un nuevo orden, la forma de concebir el mundo que teníamos hasta entonces se volvió inútil, errónea...porque ahora sabemos algo más, algo que trastoca todos los esquemas que conocíamos... Una mirada fugaz le reveló que apenas cinco de aquellos seres le seguían por la amplia avenida de entrada al parque. Apenas cinco, pero le ganaban terreno. En un rápido quiebro, se adentró entre los árboles sin reducir la velocidad. Son necesarias ideas nuevas, conocimientos nuevos...¡Es imprescindible abandonar lo que ya no sirve, aprender a vivir según lo que ahora nos rodea! ¿Por qué? Nadie comprendió el Suceso, por qué razón vino a cambiar nuestras vidas...pero ocurrió...¿Por qué no pudisteis aceptarlo? Athan escuchó un grito tras de sí, casi a su lado. Se detuvo en seco y
barrió el aire con su bastón. El ser emitió un gruñido al caer derribado. Sus
ojos se encontraron con los de Athan. Era una mujer, de unos treinta años y
cabello castaño rojizo. Le miró con odio, dejando escapar un siseo de ira entre
sus labios. Un resplandor intenso nubló de repente sus ojos, y Athan sintió el
violento impacto a centímetros de su rostro cuando su voluntad se condensó para
defenderlo del agresivo ataque, haciendo rielar el aire con un destello dorado.
Asustado, la noqueó con el bastón y siguió huyendo, escabulléndose entre la vegetación. Pretendeis...seguir igual, aferraros a las viejas reglas de nuestro mundo...¿No os dais cuenta de que no sobreviviremos así, de que ya no se puede volver atrás, de que repetir los mismos errores ahora sólo nos conduciría a la extinción...? Los sonidos de la persecución habían cesado, pero Athan siguió corriendo. Se detuvo durante unos instantes, recuperando el aliento en el nicho de un viejo palacete de música. Nada se oía, pero el joven sabía que aquellas criaturas estaban al tanto de su presencia. Lo mejor sería encontrar un lugar donde esconderse hasta que todo se hubiera calmado... La vieja capilla...no está lejos, y puede que sea un buen lugar... Athan salió a toda prisa por otra de las entradas del parque, en dirección hacia la antigua iglesia, mientras su mente aún pensaba en el reciente encuentro. ¿A qué nos conducirá esto? Vosotros no sobreviviréis sin nosotros... Su sombra se alargó bajo sus pies, súbitamente rodeada por una potente aura anaranjada. El inhumano rugido, como un temblor surgido de las entrañas de la tierra, le hizo estremecerse, y antes de volverse supo que la persecución había concluido... El aire rieló en torno a su cuerpo con tenues destellos dorados, reaccionando a la intensidad del odio que surgía de aquel ser. Athan lo miró por un instante, directamente a aquellos ojos que en otro tiempo habían sido humanos. El aire estalló en furiosas llamas a su alrededor, venciendo con violencia su protección y calcinando su cuerpo, mientras en sus ojos pudo leerse un último pensamiento: ...ni nosotros contra vosotros... Grey Arkhane |
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